crítica flamenco

¿Poeta?, ¿dónde?

Poeta en Nueva York. Baile: Rafael Amargo y Olga Llorente (solistas); Luis Ortega y Adrián Sánchez (invitados); Estíbaliz Barroso, Eva Boucherite, Antonio Correderas, Vanesa Gálvez, Cristina Gómez, Lucia Garrido, Sandra Hita, Yolanda Jiménez, Frida Madeo, Joaquín Mulero, Yolanda Rodríguez, Loli Sabariego, Juan Carlos Quesada, Miguel Valles y Fran Vílchez (cuerpo de baile). Músicos: Eduardo Cortés y Diego Franco (guitarra); Maite Maya y Carmina Cortés (cante); Mónica Fuentefría (violín); Antonio Maya (cajón); Edith Salazar (voz y piano); Maria La Coneja y Toni Maya (colaboración especial). Lugar y fecha: Teatro del Generalife. Lunes, 20 de julio de 2015. Aforo: Lleno.

Cuando un espectáculo se hace largo, además de que puede ser largo, algo está fallando. Poeta en Nueva York ha sido como el viaje prolongado de aquellos tiempos, que podría haber desembocado en cualquier otro lugar, porque nada -aparte de las maravillosas voces en off que recitan los poemas (Joan Crosas, Marisa Paredes y Cayetana Guillén Cuervo)- nos centra en la Gran Manzana ni en el texto de Federico. Puede ser una lectura muy particular, pero es arriesgado jugar así con la buena fe del espectador.

Una docena de poemas del libro de García Lorca sirven para argumentar un rimero de piezas sueltas. La obra en sí, recargada y ambiciosa, está llena de detalles y de buenos momentos coreográficos, en los que podemos destacar piezas que carecen de intención y se apartan diametralmente del flamenco, como pueden ser En la cabaña de farmer, que es una recreación folclórica de Manuel Segovia, con música de Berrogüeto y Carlos Núñez; o Cielo vivo, la escena de una bailarina con tutú negro bajo las cuerdas de lo que podría ser un tendedero. Me quedo igualmente con algunas intervenciones solistas, como La aurora por peteneras o Muerte y ruina, recitado por Cayetana Guillén Cuervo, con intención claramente clásica.

Aplaudimos también la farruca, que nos recuerda a la de Manolete, justo antes de la incursión gallega, y Vuelta a la ciudad, donde se entremezclan los cantes de labor con las tonás y los martinetes, antes de pasar a la soleá, bulerías y jaleos.

No sé qué pintaba una boda gitana al más puro estilo entre Norma y paraíso de los negros; al igual que se me escapan los desnudos frente al espejo y su descontrol. Es curioso que en los temas más acertados de la función no interviniera su protagonista. Rafael Amargo se repetía en su discurso. Bailar sus propias palabras ya está visto, aunque no queda mal. Seguir bailando el silencio bajo otras voces ya es redundante y no aporta nada nuevo.

Otros momentos a tener en cuenta podrían ser la Oda a Walter Whitman, recitada estremecedoramente por Joan Crosas bajo un fondo de jazz, mientras tres bailarines colorean la escena; el Pequeño vals vienés, más tétrico que esperanzado, al que no tenemos más remedio que comparar con la innegable obra maestra de Enrique Morente (como tampoco podemos compara esta apuesta con el Poeta en Nueva York propuesto por Blanca Li en 2008; o el final, demasiado prolongado, de la Huida de Nueva York y el Son de negros en Cuba, con trasfondo caribeño, el mar proyectado y una apuesta por los perdidos tangos del petaco.

No me voy sin alabar el cuidado vestuario de Antonio Belart y sobre todo el montaje audiovisual creado por el director de cine Juan Esterlich que dimensiona una obra que se deja ver si no se profundiza demasiado; que tiene gran presencia de artistas granadinos, aunque demasiado estentórea la intervención especial de Maria La Coneja y Toni Maya; que cuenta con un armazón musical, dirigido por Edith Salazar, bastante aceptable, saturado sin embargo en más momentos de los deseados; que goza de bastantes años de rodaje, desde 2002, cuando lo que este ciclo se merece es un estreno.

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