Poética sin vuelo

Las Tres líricas japonesas, de Igor Stavinsky (1913), los Haiku que compusiera en 1922 el español Roberto Gerhard, o los 7 Haiku que compuso, en 1952, John Cage, son parte de la tradición sonora del haiku japonés desde la vanguardia musical, tres compositores que tuvieron, a su vez, una estrecha relación con el teatro, forman parte de la historia de la música y de la escena.

Yo cocino y él friega los platos tiene una interpretación al piano en directo de la pieza de Cage y coreografías para sumarle. Sin embargo, tiene muy poco que ver con la definición que dan los poetas japoneses del haiku como lo que está ocurriendo en este lugar, en este momento. Ni rastro del fogonazo de vida recuperado a través del instante, la imagen cotidiana que pasa casi desapercibida, que nombra otra percepción o atención mediada por el silencio y la ralentización. Hay una puesta en escena de Cage sin Cage, ni rastro del happening o la no-intencionalidad que postulaba como práctica para el encuentro arte-vida.

Lo que sí contiene es una dosis de cotidianidad anecdótica, simple, que refiere al encuentro y desencuentro amoroso ella-él. Sobre suelo blanco, ya tantas veces visto en las propuestas de danza contemporánea de los últimos años, un piano de cola al fondo y dos intérpretes, con el vestuario intercambiado, nos vienen a danzar su pequeña dificultad cotidiana para decirse uno mismo junto a (o bien, en) otro.

Él con vestido vaporoso corto, ella en ropa interior y americana, inventan una coreografía narrativamente pobre a la que poco importa que suene John Cage de fondo, juegan a los inseparables, a voy y vengo, sí pero no, con poco vuelo poético.

Falta fuerza expresiva en la ejecución de los intérpretes, tal vez, porque no llegan a transmitir una complicidad escénica que se imponga como haiku real, una complicidad en el mismo lugar y tiempo escénico compartido que se instale como pequeña verdad.

La cotidianidad referida en fragmentos textuales como "dónde coño he dejado el coche", sencillamente, no necesita de ese lugar, no precisa de la escena. Se une a otros amagos absurdo-chistosos diseminados por la pieza.

El espectáculo incorpora pequeños motivos orientales, decorativos y domésticos, entre el blanco minimalista propio del diseño, coreografías con cerezas, un manojo de cañas nombrado como la planta de la hierbabuena que se seca, un espacio rectangular de arena roja: todo un conjunto de elementos que se suman a la música o se incorporan a la coreografía sin articulación narrativa. La pieza no consigue trascender la domesticidad más anecdótica e insustancial, en el marco de una pretensión vanguardista y poética.

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