Raimi se pone sus ropas de los 80

Terror, EEUU, 2009. Dirección: Sam Raimi. Guión: Sam Raimi, Iván Raimi. Intérpretes: Alison Lohman, Justin Long, Jessica Lucas, Lorna Raver, David Paymer, Adriana Barraza. Cines: Ábaco, Al-Ándalus Bormujos, Arcos, Cineápolis, Cineápolis Montequinto, Cinesa, CineZona, Los Alcores, Metromar, Nervión.

Junto a la generación de realizadores de los 70 -los Spielberg, Allen, Coppola, Scorsese, Lucas, etc.- emergió una generación de espectadores poscinéfilos y de críticos que, hartos de aventuras "deconstructivas" o cansados de disimular, se entregaron al cine de género en todas sus variantes y escalas, recuperando la vieja serie B, admirando los juegos de maestría que los más grandes de la generación de los 70 hacían al renovar y fundir los géneros con el cine autorial o aplaudiendo como autores a artesanos que extremaban el descaro de las viejas y modestas producciones sobre todo de terror. John Carpenter con La noche de Halloween (1978) y Sam Raimi con Posesión infernal (1981) fueron dos de los nombres primeros y más representativos de estos juegos menores y divertidos que aquella crítica harta de pedanterías o cansada de disimular que no le interesaba el cine como mero juego y diversión elevó a más de lo que eran.

Desde entonces han pasado 30 años y las carreras de estos directores han demostrado la realidad de lo que eran: ingeniosos y hábiles artesanos. No es poco; pero es más de lo que se dijo que eran. Películas estimables (Darkman), macabramente divertidas (El ejército de las tinieblas), lamentables (Rápida y mortal) o hechas como para hacer olvidar sus orígenes con mayor (Un plan sencillo) o menor (Entre el amor y el juego) fortuna, fueron haciendo la filmografía de Raimi hasta que Premonición (2000) y la trilogía de Spiderman (2002-2007, que le valió ser acusado por los críticos frikinéfilos de venderse a la industria) le devolvieron, en for mato serie B o superproducción, a sus orígenes. Al primer filón, el del terror modesto con tintes gore, pertenece Arrástrame al infierno.

Con ella Raimi parece querer reencontrarse con el joven realizador de Posesión infernal. Pero el tiempo no pasa en balde. Ha perdido fuelle y sobre todo capacidad lúdica para sumergirse en el disparate con la convicción del jugador. Cuenta una historia con posibilidades, y más en los tiempos que corren: una vieja gitana maldice a una joven empleada de banca al no renovarle una hipoteca, condenándola a ser devorada por el infierno. Como desde los tiempos de Orfeo y Eurídice es sabido que los poderes infernales nunca sueltan a una presa, la película tratará de la infructuosa lucha de la joven para no acabar allí donde la maldición la ha condenado a estar para toda una ardiente eternidad.

Raimi apunta sus antiguas maneras en algunos gags de humor negro, en la descarada inverosimilitud de ciertos planteamientos y en momentos de gótico enloquecido como la profanación de la tumba en la noche de tormenta. Pero le falta gas. Lo que más se le agradece, paradójicamente, es el tratamiento clásico de la imagen sobre todo en la primera mitad de la película. La cámara no salta, los planos se mantienen y el montaje no zapea. Un descanso. Raimi se ha puesto sus ropas de los 70 y los 80. Y lógicamente no le quedan del todo bien. Aunque tampoco tan mal como me quedarían a mí.

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