Crítica de Cine cine

Spielberg lee un cuento en voz alta

mi amigo el gigante

Fantástica, EEUU, 2016, 115 min. Dirección: Steven Spielberg. Guion: Melissa Mathison. Fotografía: Janusz Kaminski. Música: John Williams. Intérpretes: Mark Rylance, Ruby Barnhill, Rebecca Hall, Jemaine Clement. Cines: Cinema 2000, Kinépolis, Serrallo Plaza, ArteSiete Alhsur.

Esperado encuentro entre Steven Spielberg y Roald Dahl. A Spielberg no hace falta presentarlo. Desde hace 41 años nos entretiene, divierte y asombra. Es un buen amigo de muchas horas de cine al que nos gustaría verle rematar mejor sus faenas. Como hizo en las que para mí son algunas de sus películas más logradas: Tiburón, En busca del Arca perdida, Parque Jurásico o Lincoln. Roald Dahl, polifacético escritor y guionista, debe su fama sobre todo, aunque no solo, a sus relatos infantiles, muchos de ellos llevados al cine: Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate, James y el melocotón gigante o este El Gran Gigante Bonachón publicado en 1982 y llevado al cine en versión animada en 1989.

En el universo Spielberg la lealtad para con su infancia es un factor clave de veracidad emocional. Desgraciadamente -es el caso de Hook- las emociones más puras no siempre dan buen resultado en la pantalla. Pero hasta en sus obras más fallidas con relación al original admirado por el director, caso de su citada incursión en el universo de Peter Pan, ese impulso primero de compartir con el espectador lo que a él le fascinó dota a las películas de una conmovedora sinceridad. Este cuento de Dahl es uno de sus favoritos y lo leyó una y otra vez a sus siete hijos. Otra vez el pago de una deuda de amor. Y otra vez un resultado que, aun siendo más que estimable, no es redondo. Porque Spielberg, además de con las obras que adapta, se mide consigo mismo.

La infancia de Spielberg guarda pesares de los que se escabullía leyendo y viendo películas. En casi todas sus obras (no solo en las fantásticas: recuerden la relación entre padre e hijo en Atrápame si puedes) hay infancias rotas por el divorcio de sus padres o por desajustes con la realidad. En este caso el entronque es evidente. El niño presumiblemente triste que se refugia en la fantasía que fue Spielberg se dejó fascinar por el cuento escrito por un hombre triste (Dahl lo creó tras perder a uno de sus hijos) en el que dos inadaptados se unen en un combate triunfal. Ella es una niña distinta a las demás, huérfana, triste y necesitada de cariño. Él es un gigante distinto a los demás, melancólico y raro porque no le gusta alimentarse de humanos. Su lucha contra los ogros devoradores de niños permitió a Dahl derrotar en la ficción la muerte que no pudo vencer en la realidad.

El mérito mayor de esta película es ignorar los videojuegos, las máquinas digitales de superhéroes y sus efectismos para hacer una pausada recreación digital-artesanal de las ilustraciones clásicas de los libros de cuentos. Como si filmara lo que un niño imagina mientras un adulto se lo lee. Tiene un arranque hipnótico, verdaderamente mágico. Una primera hora extraordinaria, digna del mejor Spielberg. Un armazón visual deslumbrante. Está el Londres que soñamos quienes amamos esa ciudad hecha de palabras. Mark Rylance, digitalmente agigantado, crea un complejo tipo de ogro bondadoso y la pequeña Ruby Barnhill es la niña perfecta para un cuento. Hay una genial y divertida participación de Isabel II como personaje. Y un soberbio John Williams. Y sin embargo, mediado el metraje no fascina lo que debería. Y lo peor es que no sé decirles por qué. Tal vez esa maldición que, de Peter Pan a Tintín, hace que Spielberg se enfríe cuando toca lo que más ama. Pese a todo, no dejen de llevar a sus hijos. Quizás tengan mejores ojos para verla. Y se desintoxiquen de videojuegos y superhéroes.

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