Viaje al interior de 'Iberia'

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Recital: Luis Fernando Pérez (piano). Programa: 'Iberia', de Isaac Albéniz. Lugar: Patio de los Arrayanes. Fecha: Lunes, 6 de julio de 2009. Aforo: Lleno.

No está siendo demasiado pródiga ni generosa la celebración en España del centenario de la muerte de Isaac Albéniz. Aparte de su obra pianística -que no puede circunscribirse sólo a Iberia, aunque sea la más importante-, está su producción sinfónica, desde Catalonia, a Pepita Jiménez o Merlín, de la serie inacabada de la trilogía del Rey Arturo. Tuvo razones más que suficientes para exiliarse de un país, donde, como hoy, sus fuerzas más o menos vivas, alardean de saber de todo, para ocultar su supina ignorancia. Me remito al artículo que publiqué en Granada Hoy el pasado 17 de mayo con motivo del centenario del compositor titulado Albéniz, la pasión andaluza, y que pueden encontrar en internet.

Así que me limitaré al meollo del recital de Luis Fernando Pérez, en su 'revisión' de Iberia, la obra más importante y universal escrita para piano por autor español. En ella están todas sus pasiones y amores por aquella España desdeñosa, pero que él sentía en lo más profundo de su ser. En este caso, diría mejor por una Andalucía -y por qué no decir Granada- que llevaba en el corazón, como el símbolo más auténtico del ser ibérico. No es, pues, casualidad que excepto alguna página, como Lavapiés, todo gire alrededor de sugerencias o estampas andaluzas. Pocos pianistas se atreven con Iberia, conscientes de que pueden tropezar con un mecanismo endiablado que, a veces, puede resultar insuperable. Por eso parecen inevitables, y hasta disculpables, tropiezos en la pulcritud de los acordes que se suceden a distintos planos y ritmos, en el mecanismo técnico, en la inmensidad del caudal sonoro que ni siquiera explican los comentaristas en sus textos, y para qué decir, el calvario que representa para el intérprete.

Luis Fernando Pérez la abordó con gran dignidad -pese a algunos fallos mecánicos puntuales de poca trascendencia-, pero sobre todo con un sentido más intimista y musical, menos aparente y 'folclórico', más debussyano, si cabe la comparación entre dos concepciones tan diversas. Quizá se sintió más firme y comunicativo en los dos últimos cuadernos -Albéniz le puso el subtítulo en francés, no sólo porque vivía en el país galo, sino como represalia al idioma que no le dio el cobijo que merecía su talento-, donde resultó especialmente elocuente El Albaicín, una esencia del barrio cubista, arrítmico en su paisaje externo, pero profundo y enigmático en su interior. En toda la interpretación hubo delicadeza, expresividad, ensimismamiento, juego brillante entre emociones y pinceladas sutiles y arrebatos, estos más comedidos y no siempre logrados en toda su pulcritud. Sí fueron brillantes y arrebatadoras Lavapiés y Eritaña. Pero lo importante quedó en la lectura más íntima que nos ofreció de Iberia, quizá una de las más personales y auténticas que hemos escuchado.

Luis Fernando Pérez fue pródigo en obsequios. Las referencias albenianas de Navarra -terminada por Granados- y Mallorca, que recuerda, la presencia de Chopin; la que, según el pianista, no podía faltar a Falla, al tocar en Granada, en este caso la célebre Danza del Molinero, de El sombrero de tres picos, o uno de esos cálidos aires argentinos, de Gustavino. Recital notable, más logrado en el acercamiento al interior de la Iberia que lo protagonizaba, que de la exaltación virtuosista. Lástima que Albéniz haya pasado un tanto de puntillas, como decía al comienzo, en el centenario de su muerte. ¡Hay tanto que descubrir y homenajear aún, sobre todo en Granada, a la que dedicó más de 20 obras de incalculable valor! Incluso los Cursos Manuel de Falla deberían haber planteado, desde el perfil crítico y musicológico, la obra completa de Isaac Albéniz y su significado en la música española y universal.

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