Una actualización de Fausto

  • Arnost Lustig firma una novela angustiosa, aterradora, memorable, sobre el Holocausto

Arnost Lustig. Trad. Patricia Gonzalo. Impedimenta. Madrid, 2012. 163 páginas. 16,95 euros

En el sobrecogedor documental Noche y niebla de Resnais (1955), asistimos a una doble -quizá triple- fantasmagoría. Las imágenes en blanco y negro de los campos de exterminio nos remiten un mundo clausurado y brutal que no es el nuestro. Luego, las secuencias en color muestran esos mismos lugares, diez años después, cubiertos por una maleza frondosa y apacible. En el paso de unas imágenes a otras, parece que la Historia se suspende. Nuestro mundo se ofrece colorido y suave como una campiña. La barbarie, sin embargo, ha sido recluida en una gama de grises. La voz del narrador, irónica y benevolente, agrava la sensación de extrañamiento. No existe, pues, una conexión entre el ayer y el hoy. No hay un hilo de culpa, de dolor, entre una imagen y otra. De este modo, Resnais prueba el poder hipnótico del cine y las formas fraudulentas de la asepsia. Ésa es la virtud de Mefistófeles. Ése es talento demoníaco de Bedirch Brenske, el oficial del III Reich que protagoniza estas páginas.

¿Pero es Bedrich, realmente, el protagonista de Una oración por Katerina Horovitzová? Hay dos razones para decir que no. La primera, y más obvia, es que la novela de Lustig narra las vicisitudes de un grupo de judíos adinerados, con pasaporte norteamericano, que se disponen a ser canjeados por altos mandos del ejército nazi en poder de los aliados. La segunda es de carácter literario. Brenske, esbozado apenas por el novelista, es principalmente una voz. Una voz persuasiva, invasiva, esperanzadora, de la que sólo conocemos su destreza para justificar, con impecable retórica, el horror circundante. A pesar de lo que ven sus víctimas (las altas chimeneas, las torres de vigilancia, el fuego y la ceniza), este oficial transmite cierta normalidad con su obsequiosa diligencia burocrática. Si los prisioneros hacen lo que se les pide, todo culminará con éxito. En caso contrario, Brenske teme imponderables de todo orden, que quizá malogren la operación en marcha. El mito quiere que Fausto pague con su propia alma el amor juvenil de Margarita. El precio que habrán de pagar estos judíos es, obviamente, su fortuna. Así lo dictamina el ideario nazi, que ha asimilado la usura, la riqueza, con la naturaleza hebraica. Victor Klemperer, en La lengua del Tercer Reich, ya analizó esta torsión del idioma, que diluye la brutalidad en inocuos silogismos. También Erich Fromm, en El miedo a la libertad, muestra cómo las masas escogieron la seguridad, la grandeza imperial, en perjuicio de la justicia y libre arbitrio. De modo similar, los hombres persuadidos/amenazados por Brenske, escogerán creer en lo improbable. A su favor está la lógica mercantil y la sugestión del dinero. En contra, y sin que ninguno lo advierta, la arrogante vileza del Mein Kampf, donde se los prefigura, ineludiblemente, como culpables.

Chomsky llamó a esta cuestión "el problema de Orwell". Es decir, cuáles son las estructuras, las argucias del idioma, que permiten engañarnos tan eficazmente. La moderna publicidad ha desarrollado estas técnicas de modo sistemático. Bedrich Brenske, por su parte, extenderá ante sus víctimas una delicada trama de ruegos y amenazas, de los que se deriva, en última instancia, una esperanza. Pero si Brenske ocupa el lugar de Mefistófeles (suasorio, indesmayable, enigmático), Fausto es, sin duda, el grupo de judíos que esperan girar un cheque contra su propia vida, salvado, de paso, la tímida hermosura de Katerina Horovitzová. Mientras dure ese trato, en apariencia mercantil, la realidad se mantendrá en suspenso. Y todo el horror que los rodea, patente e ineludible, se filtrará por la ordenada rendija del lenguaje. Resnais demostró este espejismo, esta quiebra de lo real, con los mecanismos del cine; Lustig, superviviente de varios campos de exterminio, lo hace con una novela angustiosa, aterradora, memorable.

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