¿Dos amigos llamados Federico y José Antonio?

  • Jesús Cotta publica 'Rosas de plomo', un ensayo sobre la relación entre Lorca y el líder de Falange

La amistad entre el poeta Federico García Lorca y el fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, existió, por más que la historiografía haya pasado de puntillas sobre ella, según el escritor y profesor Jesús Cotta, que la pone de relieve en el ensayo biográfico Rosas de plomo. Amistad y muerte de Federico y Jose Antonio es el subtítulo del ensayo en el que Cotta ha trabajado durante cinco años y que ha merecido el Premio de Biografía Histórica Stella Maris, el sello barcelonés que lo publica y lo dota de 6.000 euros.

Cotta sostiene que fueron "dos seres libres, clarividentes, atípicos e inclasificables, dos revolucionarios patriotas y cristianos, tan amigos de la tradición como del progreso, tan antimarxistas como defensores de los pobres, dos personalidades afines y, al final de sus vidas, amigas". Y añade: "Los azules mataron a un cristiano patriota como ellos, y los rojos mataron a un revolucionario antimarxista como ellos. Los bandos enemigos mataron a dos amigos en nombre de ideologías que hoy siguen negando la posibilidad de esa amistad. Los testimonios que de ella dan fe son escasos y sorprendentes, pero arrojan sobre ambos una nueva luz que los limpia de etiquetas y suciedades políticas".

De esa amistad, dice Cotta, han pervivido dos testimonios: el de Gabriel Celaya, en las notas de su diario incluidas en Poesía y verdad, donde dice que el propio Lorca le contó que era amigo de José Antonio, y el de Luis Rosales, que se lo confesó a Ian Gibson en una entrevista privada que el historiador tuvo la prudencia de grabar. Gibson no le dio crédito a ese testimonio porque -afirma Cotta- "nos quiere vender a toda costa el mito del poeta frentepopulista y, desde luego, si algo le estropea el plan, es esa amistad". "El mito de Lorca creció, creció y creció hasta aplastar a Rosales, sobre quien pesó la culpa de no haber hecho lo suficiente por salvar la vida de su amigo", y Rosales debió ocultar aquella amistad para no dañar la figura del poeta ni hacerse más daño a sí mismo, sostiene Cotta.

"Sentar en una mesa a Federico y a José Antonio sigue siendo una provocación hoy", asegura el autor. Otros que no dejaron pruebas documentales pero sí hablaron de aquella amistad fueron Salvador Dalí y Pepín Bello, continúa Cotta, que lamenta que los posibles testigos de los encuentros entre Federico y José Antonio "han muerto, y en vida callaron por el daño que pudieran hacer".

En el verano de 1934 ambos coincidieron en un café, José Antonio le envió una nota escrita y Federico, antes de poder contestarla, comprobó que José Antonio se había ido, señala Cotta, que también reseña la petición de Primo de Rivera a su amigo Felipe Ximénez de Sandoval para que le presentara a Lorca, y la petición que, en sentido inverso, le hizo Lorca a Agustín de Foxá. Francisco, hermano del poeta, cuenta en Federico y su mundo que la subvención para La Barraca (concedida por el socialista Fernando de los Ríos y que el Gobierno de la CEDA trató de anular) fue salvada por la mediación de José Antonio, y fue otro falangista, Alfonso Ponce de León, quien pintaba los decorados de la compañía de teatro.

Esa ausencia de sectarismo, ese ser "ideológicamente impuros" es lo que le costó la vida a ambos, dice Cotta, que tras revisar una extensa bibliografía que adjunta en su libro, puede pasarse media hora estableciendo coincidencias entre ambos. La más cruel de esas ellas, el presentimiento de ambos de que serían asesinados: "Verás como me matan antes que a José Antonio", le dijo Lorca a Ximénez de Sandoval.

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