Cuaderno deDisidencias

El amor es un perro del infierno

  • Bukowski, el padre del 'realismo sucio', vuelve a la actualidad tras la reedición de dos volúmenes de poesía, inéditos en castellano, y la aparición de una miscelánea que reúne artículos, ensayos, relatos y memorias

Probablemente no fuera Dios, salvo que Dios sea un borracho de suburbio. Más bien se asemejaría a su opuesto. Un sindiós. Un outsider. Pero, al igual que ocurre con Dylan (que no era, por cierto, santo de su devoción), a veces tiene cierto aire. Alguna semejanza. Por fuera es una especie de deidad tronante. En la intimidad posiblemente sea sólo un hombre tierno, horrorizado ante la vida. Charles Henry Bukowski Junior (Andernach, 1920-Los Ángeles, 1994), Hank para los amigos, Chinaski para otros, que dejó un epitafio entre lacónico y ambiguo -Don´t try [Ni lo intentes]-, resucita quince años después de su muerte por leucemia en Los Ángeles, su ciudad, su universo, gracias a la reedición de dos de sus míticos volumenes de poemas, inéditos en español, y a la salida de imprenta de una miscelánea de textos que rescatan relatos, artículos, memorias y destellos de su sentido de la escritura, marcada por la efectividad y por su brutal sinceridad. Lírico y crudo. Sin medias tintas.

Trabajó de cartero hasta los 50. Se convirtió en escritor profesional por terror. Un vendedor de artículos de oficina, John Martin, fundador de la editorial Black Sparrow Press, le ofreció 100 dólares al mes durante lo que le quedaba de existencia si se ponía sólo a escribir. Estas cosas sólo ocurren en América. En Europa su obra ha tenido bastante más predicamento que en Estados Unidos, país donde no figura en las antologías académicas ortodoxas. Como si éste fuera requisito válido para la posteridad. O para tener lectores. A los doctorandos acaso no los tenga de su parte, pero seguidores le sobran. Prueba de ello es que empezó, lleno de desesperación y de angustia, escribiendo en cuartuchos decrépitos y alquilados, de pensión, en Bunker Hill; y terminó en una apacible casa suburbial de San Pedro, municipio de la región metropolitana de Los Ángeles.

¿Entre medias? Un sinfín de "noches llenas de ratas y de días como cuchillas de afeitar" a los que logró sobrevivir -explica él mismo- con dos armas: un diminuto transitor, donde la música clásica a ratos ponía algo de paz en mitad de la guerra cotidiana; y una máquina de escribir que, cuando no estaba empeñada, le servía para recomponer los trozos quebrados del reverso del sueño americano. Un paraíso que tiene bastante más de infierno que de otra cosa. Prisión sin puertas de la que escapaba gracias a la ingesta masiva de alcohol (el vicio no lo mató, pero estuvo cerca) y al desamor que perseguía por ciertos bares -el Frolic Room, en Hollywood Boulevard es un buen ejemplo-, a los que dedicó un poemario salvaje: Love is a dog from hell [El amor es un perro del infierno]. "Hasta que no vivas y bebas entre ellos nunca conocerás de verdad a los abandonados de América", escribe en La escena de L.A. Contándose a sí mismo se convirtió en su mejor cronista. Todo está en sus textos. La angustia vital, el horror de la pobreza sorda que consiste en no encontrar nunca un lugar donde sentarse, donde poder descansar un rato; la certidumbre de la vacuidad de la existencia diaria y la defunción por anticipado que supone llevar una vida insípida, absurda, repetitiva y sin horizontes. "El optimismo es algo nauseabundo", decía.

Bukowski no se va por las ramas. Su estilo, aparentemente demasiado explícito, es sin embargo magistral en la utilización de la elipsis poética. Su tema es, con variantes, casi siempre el mismo: la lucha del individuo por sobreponerse a las circunstancias conociendo de antemano que no hay nada que hacer. El heroísmo que consiste en resistir sujeto al palo mayor del barco en plena tempestad sabiendo además que el capitán, en contra del tópico, hace tiempo que dejó la nave a su suerte. Nada que no pase todos los días. Al final, queda el viento en el rostro, y una vaga esperanza: un incendio en un bosque siempre empieza gracias a una chispa.

Su poesía se construye con sensaciones. Por ejemplo: la evidencia de que la rutina es un fracaso suave. O que la derrota, el derrumbe, es la norma que guía la existencia de la mayoría de seres. Sabiduría tácita. Su forma de mirar es capaz de encontrar lirismo en un atasco -coches moviéndose como un dinosario agonizante- o metaforizar estampas de colegio, cuando cualquiera de los niños que todos hemos sido alguna vez no imaginábamos lo que la vida haría con nuestros sueños. Muchos de esos niños, desafiantes, son los que encuentra años después en una fonda para indigentes. Poemas sobre la felicidad del trabajador medio -tener dos horas para comer en la jornada laboral-, lamentos sobre el golpe en el estómago que supone la muerte de "aquellos que nos ayudaron a resistir", reflexiones sobre la necesidad de encontrar certezas en mitad de una vida de cartón, falsa y frágil, y ahogados cantos a la rebeldía, interior o exterior, eso poco importa, frente a humillaciones cotidianas. "Ser mortal vuelve raro a un hombre: le impide ser un lacayo". Bukowski describe el mundo que ha conocido. El mundo real. Donde, como dejó dicho García Lorca, "la vida no es noble, ni buena, ni sagrada". Su visión rebosa verdad. "Construimos nuestro propio infierno y después culpamos a los demás (...) La muerte no es nada, amigo. Lo realmente duro es la vida".

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