El año que vivimos peligrosamente

  • Pocas luces y muchas sombras en el año cinematográfico 2008: a la pobre cosecha de títulos de calidad se une la paulatina desaparición de la diferencia de las salas de exhibición locales

Se da la circunstancia de que cuatro de las mejores películas estrenadas en España en 2008 no han llegado a la cartelera local. Hablamos de La cuestión humana, de Nicolas Klotz, La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel, La duquesa de Langeais, de Jacques Rivette, y El cant dels ocells, de Albert Serra. Filmes en la periferia de la producción comercial, muestras de las derivas estéticas más interesantes del cine contemporáneo, ejercicios singulares de escritura cinematográfica que aún busca nuevas formas para hablar de la exterioridad del mundo y la interioridad del ser, de la Historia y sus herencias más siniestras, del silencio o la epifanía.

Granada se ha quedado definitivamente fuera de juego de capital cinéfila española, marginada por las cada vez más timoratas políticas de distribución, que apenas ponen en circulación unas cuantas copias de sus títulos de más riesgo, y por una no menos desconcertante estrategia de exhibición que no parece pujar precisamente porque esos títulos lleguen a la ciudad en favor de la inclusión de grandes éxitos comerciales estrenados innecesariamente en versión original subtitulada.

Las numerosas ausencias de nuestra cartelera semanal respecto a la de Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Zaragoza o Málaga son escalofriantes y, así, hemos tenido que asistir a la pérdida en la gran pantalla de títulos que sí se han podido ver en otras ciudadas semana tras semana, como Il Divo o My Blueberry Nights.

Si a todo ello le sumamos el desplazamiento de la cinefilia a otros canales de recepción, una flagrante falta de iniciativa pública y privada para tratar el fenómeno cinematográfico con algo más de rigor que el de los saraos institucionales y también, por qué no decirlo, la paulatina dimisión de un público poco exigente que parece contentarse con lo que hay, tendremos como resultado un panorama descorazonador apenas salvado por las contadas perlas de la oferta comercial y el azar que quiso acercarnos alguna de las mejores propuestas realizadas desde los márgenes.

Podríamos hablar así de la vital y testamentaria Las horas del verano, de Olivier Assayas, estrenada casi de tapadillo, o de JCVD, divertimento autoparódico a costa de un reciclado Jean Claude Van Damme. Fugazmente también pasaron por cartelera Leonera, de Pablo Trapero, poderosa cinta carcelaria incomprensiblemente maltratada por exhibidores y público; o Rebobine, por favor, deliciosa fábula metacinematográfica de Michel Gondry.

Con ganas nos quedamos de ver Alexandra, de Sokurov, elegíaco canto a las madres (rusas y universales); Cinturón Rojo, de David Mamet, sobrio e irregular thriller moral; o el emotivo documental Regreso a Normandía, de Nicolas Philibert. Por no hablar del rechazo general a Tiro en la cabeza, de Jaime Rosales, apuesta (formal y política) demasiado incómoda para los paladares nacionales, que se olvidaron pronto de los Goyas de La soledad (¿o es que alguien pensaba que servían para algo?).

Tampoco Hollywood ha sido bien tratado por la cartelera. La noche es nuestra, de James Gray, intenso policial shakesperiano, pasó sin pena ni gloria, mientras que la comedia made in Judd Apatow, el más estimulante descubrimiento del cine norteamericano de las últimas temporadas, volvió a toparse con el muro de los títulos españoles imposibles (Paso de ti, Hermanos por pelotas, Superfumados) para seguir espantando a los no avisados. Más suerte tuvieron la delirante Tropic Thunder, de Ben Stiller, hilarante, festiva y canalla autoparodia sobre las entrañas del negocio del cine, o Zohan, licencia para peinar, en la que la alianza Apatow-Sandler encontró fechas e incorrección propicios para atraer al público veraniego. También con su comedia menor Quemar después de leer los Coen encontraron su segundo hit de la temporada, una película que concentra las esencias del cine de los hermanos mucho mejor que la aclamada, estilizada y oscarizada No es país para viejos.

Y en tiempos de nostalgia neoclásica, palabras mayores para Pozos de ambición, a pesar de sus momentos de pretenciosa ampulosidad no siempre bien domeñada por un Paul Thomas Anderson empeñado en ser el nuevo gran director norteamericano; y un poco de mesura, ahora que el tiempo nos pone en perspectiva, para valorar el filme al que el boca-oreja ha convertido en sleeper de la temporada, Antes que el diablo sepa que has muerto, entretenido, vibrante y vistoso thriller sobre cuyo reconocimiento parece haber pesado más el prestigio histórico de su director, el veterano Sydney Lumet, que los verdaderos logros de la cinta al margen de su efectismo narrativo.

Gloria absoluta, al fin, para Wall-E, de Pixar, prodigio de abstracción y depuración expresiva a través de la tecnología, entretenimiento familiar inteligente y adulto, única película por la que ha merecido la pena sufrir los rigores de los multicines en un año que, ciertamente, no pasará a los anales.

Y para veteranos en activo y con ideas frescas, Manoel de Oliveira, tan hipócritamente celebrado en su centenario como invisible en las pantallas. ¡A su salud, maestro! Y que veamos la próxima, aunque sea en DVD.

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