La discreción no basta

Los que tenemos memoria histórica musical hemos considerado al Patio de los Arrayanes como sede de los recitales estelares del Festival. Así que es normal que los que hemos podido disfrutar en este recinto único de tardes y noches inolvidables de Elisabeth Schwarzkopf, Jessye Norman, Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza, Andrés Segovia, Walter Giesenkin, Wilhem Kempff, Rubinstein y tantos nombres y conjuntos de primera categoría, tenemos que lamentar que este escenario haya quedado reducido a la mínima expresión -en cantidad y calidad- en el Festival.

El único concierto programado -aparte de los que ofrezcan los profesores del curso Manuel de Falla- ha sido el del Petersen Quartett, que ha contado con el protagonismo de la soprano Christiane Oelze, en los 'arreglos' que Aribert Reimann ha realizado, primero, de seis lieder de Schuman, para voz y cuarteto de cuerda, y de otros ocho de Mendelssohn.

Es normal que autores de hoy intenten 'reescribir' músicas de otros tiempos y en distintos formatos para los que fueron pensadas. Pero siempre que aporten algo decisivo que enriquezca, no que deforme el original. Y en los dos casos -en especial el último- Aribert Reimann no logra más que un simple experimento, interesante pero desconsolador. Siempre es mejor un original que una mala traducción, sobre todo cuando está en juego el mundo espiritual del lied, donde voz y piano son parte de un mismo diálogo, para un texto, una sugerencia y una emoción. Hace falta el genio de un Ravel para dar una nueva dimensión, con su orquestación portentosa, a los pianísticos Cuadros de una exposición, de Mussorgski, por ejemplo. Lo malo es quedarse a medio camino.

El Petersen Quartett cumplió su misión dignamente. Destacó su bella sonoridad, su perfecto ensamblaje, pero le faltó plenitud y rotundidad. Hasta el Cuarteto en La mayor', op. 41, num. 3, de Schumann resultó, dentro de su perfeccionismo instrumental, demasiado banal, para lo que exige una partitura de tanta exquisitez, pero también de tantos contrastes y profundidad.

Christiane Oelze cumplió también su papel vocal, en estos bellísimos lieder, que no tenían el complemento natural pianístico, sino el cuarteto 'transfigurado' por Reimann. Su voz es cálida e intimista, pero su actuación resultó insustancial, salvo algunos destellos de intensidad dramática, sobre todo en la última parte. La simple discreción en el patio de los Arrayanes, con los mencionados antecedentes históricos, es casi frustrante.

La fría reacción del público revelaba el tinte de la jornada, donde ni el romanticismo de los autores, unido a la sugerencia del recinto, alcanzaba los niveles ideales, tantas veces logrados en este lugar de ensueño.

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