La elegía del siglo XX

  • En 2010 se cumplen 75 años de la publicación de 'Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías', uno de los mayores poemas escritos por Federico García Lorca

"¿Cómo?", exclamó asombrado al escuchar la noticia. "¿Que Ignacio vuelve a los ruedos?". Luego sentenció: "¡Está anunciando su propia muerte!". Aquel día de 1934, Federico García Lorca no podía haber sido más profético. Tan sólo unas semanas después, el 11 de agosto, su amigo, el torero, autor dramático, mecenas y hasta ex presidente del Real Betis Balompié, Ignacio Sánchez Mejías, era cogido de muerte en la plaza de toros de Manzanares, corneado por un toro llamado... Granadino. 48 horas después dejaba de existir y se convertía en la figura central de uno de los mejores poemas de la literatura española: la elegía lorquiana Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Este año se cumplen los 75 años de su primera lectura pública.

No eran las "cinco en punto de la tarde", como escribiría García Lorca en el arranque de su poema, sino unos minutos más tarde, tal vez las cinco y diez, cuando se produjo el percance. Sánchez Mejías, de 43 años, esperaba sentado en el estribo de la barrera al primer toro de la tarde, Granadino, de la ganadería Ayala. El torero había llegado a la corrida en sustitución de Domingo Ortega. No lo hacía con gusto: sabía que la plaza de toros de Manzanares no contaba con una buena enfermería en caso de percance, pero al final aceptó e hizo el paseíllo.

Sánchez Mejías, que había tomado la alternativa en 1919 de la mano de su cuñado, Joselito El Gallo, considerado como uno de los mejores toreros de todos los tiempos, y con Juan Belmonte como testigo, tenía fama de duro, de arriesgado, de hombre serio en la plaza. Y era costumbre suya comenzar sus faenas con la muleta sentado en el estribo.

Fue así como lo encontró el toro. Lo enganchó fieramente y se lo llevó hasta los medios. La cornada era gravísima y Sánchez Mejías lo sabía. Por eso pidió que lo llevasen inmediatamente a Madrid. Por desgracia, la ambulancia tardó demasiado y el viaje a Madrid se hizo muy penoso. La pierna se gangrenó. Dos días después, el torero moría sin remedio.

Hombre de mundo y aventurero, Sánchez Mejías era el amante de Encarnación López Júlvez, La Argentinita, y hombre de una gran sensibilidad literaria. Fue uno de los impulsores del encuentro en Sevilla en homenaje a Luis de Góngora que daría origen a la Generación del 27 y pronto se haría íntimo amigo de poetas como Federico García Lorca o Rafael Alberti. Él mismo escribió un par de obras de teatro, como Sinrazón, de corte freudiano. Y, por encima de todo, estaba lleno de vida y energía.

Por eso su muerte supuso un mazazo tan profundo para Federico García Lorca. Moría, para él, un ser inmortal. Desaparecía alguien que no podría desaparecer nunca. Lorca rápidamente se puso a escribir su elegía para el amigo muerto que era, ante todo, una elegía para cualquier ser humano ante el hecho de la muerte.

Lorca estuvo trabajando intensamente en el poema durante siete meses. Hizo algunas lecturas en privado de sus primeros bocetos. Pero sería el 12 de marzo de 1935, en el Teatro Español, cuando sonarían por primera vez los ecos de sus versos.

La compañía de Margarita Xirgú celebraba las cien primeras representaciones de la obra de Lorca Yerma y quiso rendir un homenaje al poeta. Éste subió al escenario y, después de recibir largamente el aplauso del público, pidió que se bajasen las luces y extrajo unas cuartillas del bolsillo de su chaqueta. Ordenó silencio con la mano y comenzó a recitar: "A las cinco de la tarde... Eran las cinco en punto de la tarde".

Muchos años después, en 1997, en una cena privada en Granada, Rafael Martínez Nadal, a quien Lorca había entregado su manuscrito de la obra El público en Madrid, en 1936, por si le pasaba algo, recordaba cómo Lorca recitaba aquel poema. "No lo hacía como lo hacen los actores de ahora", comentaba. "No era una letanía, sino un poema que iba in crescendo cada vez más. Yo recuerdo que Federico gritaba y hasta golpeaba las mesas con los puños cuando decía: '¡Y el gentío rompía las ventanas/a las cinco de la tarde!". No es de extrañar, pues, que el público quedara petrificado la noche en que Lorca lo leyó por primera vez.

El poeta granadino estaba en la plenitud de su creación artística en 1934. Había dejado de prodigarse en la escritura de poemas (salvo con la excepción del Diwan del Tamarit) para concentrarse en los dramas teatrales. Pero la muerte de Sánchez Mejías lo devolvió a la poesía de un puñetazo. Y en esa elegía Lorca vertió toda su sabiduría, su perfección artística.

Las metáforas del Llanto son, sencillamente, espeluznantes. Versos durísimos como pedernales en los que Lorca enlaza la tradición casi medieval de las letanías poéticas y los romances, con un verso repetido insistentemente, con las vanguardias del siglo XX. Las cuatro partes en que se divide el poema se asemejan a la estructura de una sinfonía en la que los dos primeros movimientos serían fuertes y violentos y los dos últimos contendrían la melancolía de un adagio para, al final, cerrar el poema casi en un susurro desvanecido.

Hay momentos estremecedores en el Llanto: "La vaca del viejo mundo", escríbía Lorca en la segunda parte, La sangre derramada, "pasaba su triste lengua/sobre un hocico de sangres/derramadas en la arena/ y los toros de Guisando/ casi muerte y casi piedra/ mugieron como dos siglos/ hartos de pisar la tierra".

La angustia lorquiana por la muerte de Sánchez Mejías es, ante todo, la angustia lorquiana por la propia muerte. Para el poeta, en toda muerte, por natural que fuese, siempre había un poso de violencia, un acto descarnado. Y en el caso de una vida sesgada a los cuarenta y tres años (Lorca tenía 36 cuando escribió la elegía), esa violencia resultaba extremadamente amarga: "Porque te has muerto para siempre", repetía incensantemente en la última parte de la obra, Alma ausente.

El final con que se cerraba su homenaje al torero sevillano ha sido ampliamente utilizado posteriormente para describir al propio Lorca, que no sabía que él mismo iba a estar también muerto apenas un año después: "Tardará mucho en nacer, si es que nace/ un andaluz tan claro, tan rico de aventura./ Yo canto su elegancia con palabras que gimen/ y recuerdo una brisa triste por los olivos".

Nuevamente, el poeta granadino volvía a ser terriblemente premonitorio en sus poemas con respecto a su propio destino trágico y violento, a su propia muerte.

El Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías tuvo inmediatamente una tremenda repercusión en el mundo de las letras y la cultura. Se convirtió en un clásico e impresionó vivamente a muchos poetas y músicos del siglo XX. El compositor francés Maurice Ohana pidió permiso a La Argentinita, a quien Lorca dedicaba el poema, para ponerle música. Fue así como entró en la dimensión de la música clásica.

Recientemente, el cantaor granadino Enrique Morente, que ha dedicado gran parte de su carrera a interpretar a García Lorca (y ahí queda el disco Omega como uno de sus grandes logros) se ha embarcado en la idea de traducirlo al flamenco en un curioso experimento sonoro. La misma influencia tuvo en la directora teatral Pilar Távora, que decidió convertirlo en una obra para el escenario. Llanto es también el poema que recita el actor Andy García en la película Muerte en Granada, de 1997, para arrancar y terminar la historia. Y es que tardará mucho tiempo en escribirse, si es que se escribe, una elegía tan brutal, tan llena de amargura.

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