Por sus enemigos los conoceréis

  • El Joker le tiene la guerra declarada a Batman desde hace una vida. Su aparición oficial fue en 'La leyenda de Batman' (1940), el nacimiento oficial del Hombre Murciélago y de su antagonista

Según un planteamiento común, el superhéroe representa al Bien y el supervillano al Mal. Y sin embargo, no siempre es tan sencillo o maniqueo. En ocasiones, el malvado de la función es un retrato en negativo del héroe, un reflejo ambiguo en el espejo turbio de la vida, un doble perverso. Por sus obras los conoceréis, dice un Evangelio; también por sus enemigos. Pues si los atributos del héroe nos dicen quién es él, sus rivales personifican lo que no es, lo que no quiso ser, lo que ha evitado. En los campos de batalla de la ficción, al héroe se le conocerá por sus hazañas tanto como por sus contrincantes (Además, el éxito de éstos entre el público lo beneficiará, pues una rivalidad como dios o el diablo manda es un requisito sine qua non para la continuidad de cualquier serie). Retomemos el caso de Batman. Su éxito se basa en su propio carisma, quién lo duda, pero también en el de sus oponentes. Y entre éstos, El Joker ocupa un lugar de honor.

El Joker le tiene la guerra declarada a Batman desde hace una vida. Su aparición oficial fue en La leyenda de Batman (1940), en la cual, como ya sabemos, se narraba además el nacimiento del Hombre Murciélago. La historieta está firmada por Bob Kane, pero cierto rumor, persistente, concede la paternidad del personaje a un tal Jerry Robinson. La trama es simple; el interés está en los detalles. Veamos: Ya anochecido, El Joker interrumpe las emisiones de radio de la ciudad y lanza un desafío a la audiencia: a medianoche asesinará al millonario Henry Claridge y robará el famoso diamante que lleva su apellido.

A pesar de la vigilancia policial, la amenaza se cumple. El potentado cae fulminado a la hora señalada con una grotesca sonrisa en los labios -un hallazgo ciertamente inquietante- y en vez del diamante Claridge aparece una falsificación y un naipe con un 'joker' (en español: comodín) como tarjeta de visita. Luego sabremos que, al lanzar el órdago, El Joker hablaba a partir de hechos consumados: había inyectado un veneno a su víctima que actuaría a medianoche y el diamante estaba ya en su poder.

En consonancia con su naturaleza espectacular, al Joker le interesa el aspecto teatral del crimen, la puesta en escena, la representación. Como al propio Batman, en definitiva, ¿o es que para combatir la injusticia era imprescindible vestirse de murciélago? La diferencia es que Batman pone sus muchos recursos al servicio del Cosmos y de la vieja consigna de que el Mal siempre paga, mientras El Joker pone los suyos al servicio del Caos y de la revancha: Quien ríe el último, afirma, ríe dos veces. Tras su primer encontronazo, el héroe rinde los debidos honores al contrario. El Joker logra escapar y Batman exclama: "Por fin he encontrado un adversario a mi medida". ¡Y tanto! El personaje, que permanecerá cosido a sus pies como una sombra durante décadas, se las hará pasar canutas incontables veces y llegará al extremo de arrebatarle el protagonismo en alguna ocasión, como en La broma asesina (1988), uno de los mejores cómics de la serie.

Esta novela gráfica -cuyo título original, The Killing Joke, podría traducirse asimismo como "Una broma para morirse de risa"- parte de un guión de Alan Moore, recién salido de la revolucionaria Watchmen, y cuenta con un portentoso trabajo gráfico de Brian Bolland, auténtico artífice del proyecto. El libreto, menos alambicado que otros, es típico de Moore: la trama abraza apasionadamente cierta imaginería y la lleva hasta sus últimas consecuencias para que el relato se dinamita a sí mismo. La broma asesina se presenta como un duelo de voluntades, un duelo dialéctico.

El Joker prepara una trampa al comisario Gordon, buen amigo de Batman, para demostrar que basta un mal día para que el hombre más cuerdo reviente. El Hombre Murciélago tendrá que detenerlo. Tendrá que desmentirlo. Moore-Bolland exacerbaron la conducta sádica del Joker, abundando en su lado monstruoso, pero le confirieron un aura patética que, sin justificarlo, lo humaniza. Batman sorprende en El Joker semejanzas incómodas: son el haz y el envés de una misma moneda. El supervillano le sirve como advertencia; le recuerda en qué puede convertirse un hombre devorado por su propia máscara. Y la victoria no es un consuelo. Quien ríe el último puede morir con una sonrisa en los labios.

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