El espinoso encanto de la burguesía

Drama, Francia, 2009, 90 min. Dirección: Mona Achache. Guión: Mona Achache, a partir de la novela de Muriel Barbery. Fotografía: Patrick Blossier. Música: Gabriel Yared. Intérpretes: Josiane Balasko, Garanche Le Guillermic, Togo Iwaga, Anne Brochet, Ariane Ascaride. Cines: Cinema 2000.

La publicidad y la promoción no nos lo ponen fácil. El erizo, adaptación del best-seller de Muriel Barbery La elegancia del erizo (Seix Barral), viene avalada por uno de esos lemas que provocan un sudor frío en la nuca: "la película que recoge el testimonio de Amélie" (Fotogramas). Salvando las distancias, y apaciguando el tono de postal antigua de la popular e insufrible cinta de Jean-Pierre Jeunet, saludada desde Les inrockuptibles como el paradigma del cine lepeniano, la primera película de Mona Achache también parece estar destinada a conquistar al gran público con su retrato de soledades urbanas y neurosis familiares lo suficientemente ameno como para suscitar identificaciones para todas las edades con su mensaje bienintencionado disfrazado de drama agridulce sobre las enfermedades de la vida contemporánea.

Se trata aquí, como en la novela, de contar los entresijos y falsedades del universo burgués (convenientemente caricaturizado), a través de la historia de una niña sabionda y repipi (Garance Le Guillermic) que observa el mundo que le rodea con una enorme sensibilidad creativa (ella filma, corta, colorea y cita a Freud) desde los peldaños de la escalera del lujoso bloque de apartamentos en el que vive con su acomodada familia. Junto a ella, la portera del edificio, una mujer huraña y fea que lee a Tolstoi y ve películas de Ozu en la intimidad (Josiane Balasko, suyos serán todos los premios), y el nuevo vecino japonés (Togo Igawa) que acaba de mudarse al edificio, un tipo exquisito, solitario y afable, conforman el triángulo esencial de relaciones de una película de tono oscilante y amabilidad consentida (la codificada música de Gabriel Yared está siempre ahí, indicándonos por dónde van los tiros y las emociones) que pretende darnos algunas lecciones morales sobre la convivencia (de clases) y otros asuntillos de nuestro tiempo tales como la incomunicación familiar, los prejuicios sociales o, simplemente, los anhelos de un reducto de libertad lejos del mundanal ruido. Todo ello, claro, está, filtrado a través de ese sentimentalismo adulto a la francesa que hace pasar por intelectual, fino y culto algo que, en el fondo, no lo es tanto.

Este erizo sin pinchos se desplaza así con un exceso de autoconsciencia (la elocuencia de la niña, grabada y voceada desde la cámara de vídeo que lleva siempre encima, se nos antoja una licencia de difíciles tragaderas) y con la voluntad de no molestar nunca con sus leves apuntes críticos sobre un tiempo en el que las neurosis han sustituido a los afectos primarios.

Habrá quien piense que su final, que busca cortocircuitar esa placidez con un socorrido zarpazo del azar, deja un cierto sabor agridulce que invita a la reflexión. No es, nos tememos, sino la calculada lógica sentimental que termina por redimirnos a todos en un mismo paño de lágrimas. Por si acaso.

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