"Hay pocas historias en el mundo, y tienen códigos y una forma de contarse"

  • La última novela del autor madrileño, 'El emblema del traidor', una historia sobre traición, amor y venganza en la Alemania de entreguerras, se ha hecho este año con el premio Ciudad de Torrevieja de Novela

En la rueda de prensa posterior a la concesión del premio Ciudad de Torrevieja, Juan José Armas Marcelo recordó la anécdota de una historia corta que reunía las claves de una buena novela -religión, sexo, misterio y nobleza-. El microcuento resultante era el siguiente: "Ay, Dios mío -dijo la señora duquesa-. Estoy embarazada y no sé quién es el padre". El emblema del traidor, la última obra ganadora de este certamen, cumpliría de sobra estos requisitos. La historia de Juan Gómez-Jurado, ambientada en la Alemania de entreguerras, ilustra el alto precio que se puede llegar a pagar por descubrir una verdad.

-Con poco más de treinta años, sus novelas han sido publicadas en cuarenta países y tiene un millón de lectores. Acaba de ganar el Torrevieja. Aunque asegura que todo es poco más que una feliz casualidad, no puedo creer que no sea ambicioso.

-Bueno, yo tengo dos ambiciones principales. Primero, pasar tiempo con mis hijos, cosa que las promociones y demás hacen cada vez más complicada. Y lo segundo, sentarme a leer en un sillón y ver películas y que me dejen en paz. Eso es lo que único que ambiciono. De verdad. Me dedico a lo que quiero, que es contar historias. Esa es la intención que ha estado siempre, lo demás, el éxito, es casualidad.

-Por eso también el periodismo, imagino, por el gusto por contar historias...

-Claro, eso lo hacemos todos. De hecho, lo más fastidiado es inventárselo.

-Destaca el proceso de documentación en el que se sumergió. Para ambientar mejor la historia, se plantó en Munich...

-Sí. Hago que mi protagonista femenina naciera y viviera en el piso en el que estuvo Hitler... En la novela aparecen personajes históricos pero de pasada, como hacía Hitchcock en sus películas. El proceso histórico condiciona a los personajes, pero no es inherente a su historia... Para mí, lo más importante, es que todo el escenario en que se van a mover los personajes sea lo más realista posible. La Alemania de la República de Weimar es un periodo bastante desconocido y resulta, probablemente, la época más crucial de la historia del siglo XX, ya que es la que da lugar a la II Guerra Mundial. Se vivió una crisis como puede llegar a ser la actual, si no la paramos a tiempo... De hecho, yo cada vez que miro el Euríbor pienso en Weimar... Lo que me gusta, en definitiva, es hacer que los personajes se muevan en un contexto en el que el lector también pueda aprender.

-¿Ha visto 'Mondovino'?

-No.

-Es un documental sobre la 'parkerización' en el sector vinícola. Los vinos se calibran según cierto gusto y, si un viñedo aspira a ser tenido en cuenta, ha de obedecer estos vectores. Se consiguen vinos buenos pero se pierde gran parte de su personalidad...

-Sí, este es un debate eterno. Precisamente, en el Qué leer de este mes escribo un artículo sobre la 'receta' para hacer un best-seller. Pero la verdad es que no hay una fórmula. Hay muy pocas historias en el mundo, y esas historias tienen su manera de contarse y sus códigos. Amor, venganza, renacimiento. La gracia de todo esto está en cómo lo cuentas. A ver a qué te recuerda la siguiente historia: una población que vive en el agua, o del agua, topa con un monstruo enorme que empieza a devorar a la gente del lugar. ¿A qué te recuerda?

-Pues no sé... ¿al minotauro?

-Sí, ¿ves? Yo pensaba en Beowulf, pero es exactamente la misma historia. Una vez que sabes algo de morfología del cuento y de los arquetipos jungianos, comprendes mucho más cómo van las cosas. Pero una vez sabes hacer eso, tienes que aliñarlo tú y combinar los elementos y demás. El enfrentamiento con el monstruo, por ejemplo, que aparece en algo tan universal como Caperucita Roja te lo encuentras luego en El silencio de los corderos. Pero no es tan fácil hacerlo medianamente bien, claro. Si no, escribiríamos libros como churros.

-Dice ser de los que creen en la transpiración más que en la inspiración. ¿Aún después de la anécdota que dio origen a El emblema del traidor?

-Sí, pero... al fin y al cabo, la anécdota se podía haber quedado allí. La historia del capitán González y su rescate en el mar hace sesenta y muchos años fue un punto de partida, pero acabó ocupando cuarenta páginas del libro. Las otras cuatrocientas y mucho me tocaron a mí. Y eso es lo más difícil, a pesar de que se necesita una idea de la que partir: uno se sienta a escribir y no espera a nadie, y mientras hay que trabajar y conseguir que el lector se involucre, y que la intriga se mantenga, y el lector llegue al final y no tenga ni idea de qué va a ocurrir.

-¿Y qué pretenden transmitir esas 500 páginas?

- La mayor parte el escritor es el último en enterarse de lo que quiere decir, llega a ello a través de los lectores. Además, todo aquel que intenta vender una moto me produce una cierta desconfianza. No soy amigo de moralejas, aunque sí es cierto que esta historia tiene peso moral y emocional. Sobre todo, viene a decir que la venganza puede tener un precio superior a lo que uno al fin obtiene.

-"¿Qué pasa luego?", ¿es ese el mantra?

-La clave es que cada vez que hay un punto y aparte, el lector sea incapaz de apartarse. Que sufra un poco, un sufrimiento bueno. Esa era la forma que tenía mi padre de contarme cuentos y, en lugar de eso, lo que conseguía era mantenerme despierto... Ahora, con mis hijos, lo que compruebo es que mi padre tenía bastante más imaginación que yo.

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