Algo huele a podrido en Oxford

Un joven bonaerense, con una beca para estudiar en Oxford, alquila una habitación en casa de Mrs. Eagleton, una anciana como las que debe de haber millones en el mundo; una nieta, Beth, vive con ella. La fatalidad pone sus ojos bovinos en el chico y, al poco de llegar, descubre el cadáver de su casera, asfixiada con un cojín. Por suerte, nadie sospecha de él. Desde el principio, ciertos indicios apuntan a un sinuoso plan en contra de Arthur Seldom, un amigo de los Eagleton, quien también acude al lugar del crimen, dice, advertido por una nota anónima. Es como si hubieran querido atraer la atención de Seldom, una eminencia en el campo de la Lógica que en un ensayo dedicó un capítulo a los asesinos en serie; es como si hubiera un reto oculto en el homicidio. Estas hipótesis sólo las corroboraría un nuevo asesinato, que no tarda en llegar. Seldom suele visitar a un conocido en el hospital; pues bien, días después aparece otro anónimo seguido de la muerte del paciente que compartía cuarto con el amigo del matemático. No será la última víctima. En este género, como se sabe, no hay dos sin tres, ni tres sin cuatro.

En 2003, Guillermo Martínez ganó el premio Planeta Argentina gracias a Los crímenes de Oxford -en su país se editó con el título de Crímenes imperceptibles-, una novela muy amena y bien escrita, lo que, en estos tiempos y al menos para mí, ya es un punto a favor. A medio camino entre Jorge Luis Borges, por lo que tiene de desafío intelectual, y Agatha Christie, por la pátina británica, el escritor propone una intriga con ramificaciones filosóficas sobre la fragilidad de toda certeza y el triunfo último de una verdad azarosa, cuando no arbitraria. Aunque en ningún momento pierda fuelle, no obstante, Martínez se muestra más interesado por los delicados equilibrios, las sutiles equivalencias de la trama que por las emociones de sus personajes, algo que no ocurre en las ficciones de Borges ni en las de Christie. La adaptación de Alex de la Iglesia, en colaboración con Jorge Guerricaechevarría, intenta solventar el desperfecto y replantea, incluso corrige, las relaciones entre los protagonistas. Las diferencias son numerosas y notables. Y es que si el escritor pensaba en Borges, el cineasta se decanta por Alfred Hitchcock.

Podría hablarse de una completa reescritura fílmica del texto. De la Iglesia y Guerricaechevarría introducen cuantiosas novedades en el original, unas menores, muchas decisivas. Entre las primeras, el cambio de nacionalidad del protagonista -que pasa a tener un nombre, Martin, y a ser norteamericano- responde a intereses comerciales, no dramáticos: un yanqui tiene más tirón que un argentino. Tampoco tiene consecuencias la alteración del tempo narrativo: la novela es la evocación de unos hechos ocurridos en el pasado, el film una historia en tiempo presente. Más significativo, como digo, es el dibujo de los personajes y de sus vínculos. Martin deja de ser un simple estudiante: está en Oxford con el objetivo de que el insigne Arthur Seldom dirija su tesis doctoral; Mrs Eagleton y Beth no son abuela y nieta, sino madre e hija, siendo la primera una viejecita odiosa que le hace la vida imposible a la segunda, una rubita reprimida -así, se justifica el rencor que Beth, en el libro, siente hacia la anciana-; Lorna, la novia inglesa del protagonista, ya no es una chica independiente y apasionada de las novelas policíacas, sino una ex-amiguita de Seldom, con lo que la admiración de Martin por el profesor se tiñe de rivalidad y celos.

Alex de la Iglesia imprime su personalidad en la historia (la hace suya, según la jerga crítica) y la siembra de esos elementos morbosos y grotescos, tan de su gusto, latentes en la historia. Así, el film perdería en circunspección lo que gana en intensidad. Lamentablemente, el largometraje se desinfla en su último tercio y la espiral de misterio se deshace; no sucede lo mismo con la novela, que mantiene su encanto, incólume, hasta la última página. Se da una curiosa paradoja, quizás me sienta más atraído por el planteamiento de De la Iglesia, pero reconozco que la labor última de Guillermo Martínez es más satisfactoria. (Post scriptum: En el libro hay un pequeño error de lógica: Dino Buzzati no pudo concebir la historia de Siete pisos durante su estancia en Oxford en 1967, según se sostiene en el capítulo octavo, pues dicho relato estaba ya incluido en el volumen Los siete mensajeros, de 1942).

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