La novela de Bloomsbury

  • Impedimenta publica una narración inequívocamente autobiográfica de Leonard Woolf donde describe sus orígenes

Se habían conocido en los inicios del siglo, cuando Leonard compartía con el hermano de Virginia -el malogrado Thoby- las aulas de Cambridge, pero pasó más de una década hasta que Mr. Woolf, a la vuelta de su estancia de siete años en Ceilán -donde trabajó al servicio de la administración colonial-, le pidió en matrimonio. "Voy a casarme con Leonard Woolf: un judío sin un céntimo", le confió Virginia a una amiga. "Eres la única persona que conozco a la que puedo imaginar siendo su esposo", le dijo Vanessa, la hermana de la novia, al pertinaz pretendiente. Se casaron en agosto de 1912, no sin reticencias por parte de Virginia, que dejó claro desde el principio que las relaciones sexuales no le interesaban en absoluto. Ambos protagonizaron una de las más hermosas historias de amor que puedan imaginarse.

Leonard Woolf sobrellevó con lealtad inquebrantable la frialdad de su esposa, la acompañó en sus frecuentes crisis depresivas y estimuló sin descanso el genio de Virginia, que alentaba en una mujer extraordinariamente vulnerable. Antes de que viera la luz la primera novela de su mujer -Fin de viaje (1915)-, él mismo, que luego abandonaría los territorios de la ficción para entregarse a la teoría política, publicó un par de novelas estimables: Una villa en la jungla (1913), inspirada en su experiencia colonial, y Las vírgenes sabias (1914), una narración inequívocamente autobiográfica donde describía con todo detalle sus orígenes familiares, sus relaciones con las hermanas Stephen -tal era el apellido de soltera de Virginia Woolf- y el ambiente intelectual del grupo de Bloomsbury.

Había comenzado a escribirla durante el viaje de novios, mientras Virginia trabajaba en el embrión de su mencionada primera novela. Cuando apareció publicada, dos años después, el impacto fue tremendo. "Nos has concebido como caricaturas despreciables de las que sentir lástima", le escribió la madre. Ni ella ni sus hermanos le perdonaron nunca a Leonard -salvando las distancias, puede pensarse en las sátiras de Woody Allen- una recreación apenas velada que los presentaba como judíos ignorantes y provincianos, frente a la aristocracia espiritual encarnada por los sofisticados amigos de Cambridge. En su empeño por ser aceptado, Harry Davis, trasunto del autor, reniega de sus raíces judías e incluso se avergüenza de ellas, no en vano la sociedad inglesa de esos años -empezando por la propia Virginia Woolf- era moderadamente antisemita. Es encomiable el ejercicio de sinceridad del narrador, que muestra sin pudor sus complejos, pero no resulta extraño que su familia digiriera mal tanta franqueza. Respecto a las dos hermanas, llamadas aquí Katharine y Camilla, el protagonista -al contrario que en la realidad- renuncia al amor que siente por la segunda (Virginia) para casarse con una chica de su entorno, Gwen, después de dejarla embarazada. Como el propio Leonard de esos años, Harry siente una atracción ambigua por ese mundo que no le corresponde por nacimiento, del que traza un retrato seductor y agridulce. Sin ser una gran novela, Las vírgenes sabias es un libro imprescindible para comprender la atmósfera de Bloomsbury, la compleja personalidad de Leonard Woolf y la prehistoria de una relación, la del autor con Virginia, extrañamente perdurable.

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