Una pieza menor sobre la anormalidad del hombre

Teatro-danza. Idea original: Gabriela Carrizo y Franck Chartier.Compañía: Peeping Tom. Creación, danza e intérpretes: Seoljin Kim, Hun-Mok Jung, Marie Gyselbrecht, Jos Baker, Sabine Molenaar, Eurudike De Beul. Dramaturgia: Hildegard De Vuyst, Nico Leunen. Iluminación: Filip Timmerman, Yves Leirs. Composición de sonido: Juan Carlos Tolosa, Glenn Vervliet. Dirección: G. Carrizo y F. Chartier. Teatro Alhambra. Fecha: 16 de diciembre.

Después de la espléndida trilogía formada por Le jardin ('El jardín'), Le salon ('El salón') y Le sous sol ('El sótano'), de la que sólo hemos podido ver aquí, en el Teatro Alhambra, las primeras dos obras, ahora que acudimos con entusiasmo a una nueva pieza, 32 rue Vandenbranden, la compañía de teatro-danza belga Peeping Tom decepciona. Ofrece un espectáculo irregular que sube a escena un discurso sobre la a-norma-lidad del individuo y sus normas de convivencia. El programa de mano añade que la pieza se pivota creativamente sobre la película La balada de Narayama, del japonés Shohei Imamura.

El número 32 de la Calle Vandenbraden son tres casas prefabricadas alumbradas por una sola farola y los seis seres aislados que conviven allí, entre las nieves tormentosas y el viento de la alta montaña. Un gran telón de fondo convexo muestra el cielo esférico poblado de nubes y claroscuros, se prolonga en un suelo escénico cubierto de nieve. La escenografía inventa un lugar inhóspito para subrayar una cotidianidad amarga y una norma de convivencia cruel.

Lo decepcionante de la pieza es una dramaturgia que hila escenas de una narratividad un tanto vacua, aburrida, junto a imágenes sueltas de gran fuerza narrativa y un par de coreografías francamente poéticas. Cinco jóvenes -entre los que hay una pareja, una embarazada, su enamorado- junto a una mujer anciana, una suerte de matriarca ancestral, son los seres que habitan esta calle. Los interpretan cuatro bailarines, una contorsionista y una mezzosoprano.

Las escenas e imágenes se proponen simultáneamente dentro y fuera de las casitas prefabricadas o roulottes: la espalda desnuda de la matriarca aseándose, el divertimento solitario de un joven cantando frente al espejo un karaoke, el linchamiento a la joven embarazada. Más poéticas son otras tantas: el vendaval que sale y se desata al abrir la puerta de una caravana y que echa a volar a los personajes, el dueto de la pareja que reproduce la precisión del péndulo móvil que dice del encuentro amoroso consentido entre dos, o el momento más intenso, espléndido de la escena que coreografía una bronca de pareja que se inicia con un ofrecimiento sexual de ella a él. Se funden en una suerte de coito-rueda de pelea como una mecánica tortuosa de la subjetividad. Claro, que menos interesante es la dramaturgia que les lleva a parar hasta esa escena. Quedan imágenes poéticas, dejan un poso amargo y también, algo de muermo.

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