Algunos pregones callejeros

  • Malabaristas del lenguaje: pregonaban "¡perdiceees!" y vendían papas asadas. Otros lañaban lebrillos o atirantaban colchonetas y, los domingos, "La Goleada, oiga, con la victoria del Granada"

EL pregonero del pueblo era el anunciante de noticias que convenía conocer "por orden del señor alcalde" y, por eso, las "hace saber"; el vendedor ambulante lo imitaba y su habilidad estaba en el ingenio del eslogan y en la gracia de su grito para captar clientes. No había motos con escapes libres ni taladradoras en las aceras. Sólo en silencio sonaban las melódicas flautillas de los afiladores callejeros que amolaban los cuchillos con la rueda de una bicicleta. Pero el que más me asombraba era aquel malabarista del lenguaje que pregonaba a voces "¡perdiceeees!" y lo que vendía eran papas asadas junto a las Bodegas Castañeda.

Se me viene a la cabeza uno que con voz cascada y algo metalizada, tal vez por una mezcla bien dosificada de 'caldo gallina' y vino de La Sabanilla, gritaba lo de "el hierro vieo, las camas vieas". Era una especie de recogedor ambulante de muebles viejos, que tuvieran algún componente de hierro o metal que pudiera aprovechar. Se cruzaba a menudo con su pariente, aquél que aseguraba que "se atirantan y se arrecortan las colchonetas", velando así por el mejor descanso de sus clientes. Los domingos por la noche, a la salida de los cines, se anunciaba "La Goleada, con la victoria del Granada", preparada a toda prisa en la imprenta Rosillo.

El más solicitado por las amas de casa era el hojalatero. Con su caja de herramientas al hombro y su cestillo metálico chamuscado restañaba la olla con el milagro de unas gotas de estaño fundido, garantizando que el recipiente se rompería por cualquier lado menos por donde pasó su mágico arreglo. Mayores habilidades demostraba el 'lañaor', que gritaba "se lañan los lebrillos", frágiles recipientes de barro vidriado, en donde igual se lavaban los pies del abuelo que las enaguas de la niña.

Hubo un pregonero entrañable: aquel anciano del sombrero marrón descolorido tirando a pardo; tal vez, un regalo del padre a su regreso de la guerra de Cuba; vendedor de bellotas dulces, bellotas mágicas porque, según él, "cortan la diarrea como con la mano", expresión poco fina pero sin duda muy gráfica y totalmente convincente. A lo mejor fue el inventor del Tanagel. Sin embargo, me caía peor ese otro descarado del puesto de la Pescadería que, apostado sobre su blanco mostrador de mármol nevado, susurraba bajo cuerda aquello de "mirarme la pescá; fresca y gorda mi pescá". Solía, el muy sinvergüenza, hacer coincidir su pregón con el paso de alguna señora. No me hacía ninguna gracia. Porque, además, si no le compraban continuaba pregonando a voces otro pescado: la japuta.

¡MORAAPOLIBRAMORAAA!

De los pueblos cercanos venía el de los higos isabeles recién cogidos y servidos en brillantes hojas de higuera bien trenzadas; las mismas que utilizaba el otro que gritaba algo raro en su pregón. Sabíamos lo que vendía pero no logramos descifrar lo que decía, porque unía con rapidez las sílabas, se comía algunas letras y sonaba algo así como "moraapolibraamoraaa". El pregonero había congelado su pregón y todavía ofrecía sus exquisitas moras "por libras", cuando la libra era una antigua medida de peso castellana reservada ya sólo para el chocolate. Pero eso no quita para reconocer que aquellas enormes moras estaban exquisitas, aunque acababan siendo el terror de las madres que, todavía sin lavadoras, se valían sólo del jabón Lagarto y la gracia de sus manos.

Eran lejanos veranos de chumbos gordos y dulces, de 'raspaos' de hielo con granadilla, de polos napolitanos. Eran inviernos de almendras calentitas sacadas de aquel artilugio plateado con su chimenea siempre humeante; de garrapiñadas en el perol de cobre; de castañas asadas apiladas en cucuruchos de papel de estraza. Castañas calentitas que vestían de luto las uñas pero aliviaban sabañones.

Se acabaron aquellos pregones debajo de mi ventana: el garbancero que cambiaba crudos por tostados medidos en un celemín o botellas y alpargatas por globos de colores.

Como pregones hubo muchos y el espacio es corto, seguiremos otro día citando a más pregoneros que usted seguro recordará. Por eso redondeo lo relatado con el ripioso pareado de continuará.

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