El ritual flamenco de El Barrio

  • José Luis Figuereo, el cantante del sombrero, repasa dos décadas de música en la Plaza de Toros con temas memorables como 'Ángel Malherido', 'La calle del Amor' o 'Una historia'

Corría el año 96 y en las fiestas flamencas privadas, esas en las que los aficionados previsores compran una botella entera para invitar y pasar la noche, se comenzaron a colar las canciones de El Barrio. Yo sueno flamenco o Yo ya no creo en el amor, entre palmas, un cajón, una guitarra y las voces más o menos afinadas de los cantaores improvisados, fueron los primeros temas que prendieron en el corazoncito de muchos aficionados. Después llegaría un aluvión de música, de temas, de hallazgos, pero lo que no ha cambiado en estos 20 años es el sombrero que porta José Luis Figuereo y esa comunión íntima que consigue con su público. A estas alturas, aparte de Pablo Alborán o Alejandro Sanz, es el único artista español que puede programar un concierto en la Plaza de Toros de Granada y que el manager no esté a punto de un infarto mirando el ritmo de venta de entradas. 

El Barrio ha sido apenas un susurro en los grandes medios, pero es un vendaval sobre el escenario y hace ya años que milita en la champions de los cantantes patrios, capaz de mirar de tú a tú a Joaquín Sabina o a Fito y los Fitipaldis. Lo volvió a demostrar ayer en Granada, en los primeros pasos de su gira Tour 20, con la que celebra dos décadas de un éxito incontestable que pasa por llevar el flamenco al siglo XXI, con letras que algún fan en estado de paroxismo ha llegado a comparar con Lorca. Sí es cierto que ha conseguido crear imágenes de gran belleza, que sus discos supuran rigor, que entre su público se desdibujan las clases sociales...

El Barrio comenzó su concierto en 1996, con Yo sueño flamenco, la canción que daba título a su primer disco en el que aparecía sentado en una silla con zapatos de bailaor, chaleco, una indescriptible camisa de lunares- igual que la que utilizó ayer al principio del concierto- y un sombrero que ya nunca le abandonó. Era su carta de presentación, justo en el lugar que ocupó durante años como tocaor de acompañamiento. Pero a partir de ahí dejó la silla de enea para siempre, dejó la guitarra y se puso de pie como un frontman del flamenco. "Buenas noches Granada, es un honor estar aquí", dijo el cantante que pidió un aplauso por toda la gente que le apoya en Granada desde hace 20 años.  "Me gusta vivir aquí porque me gusta escuchar la campanas de la Torre de la Vela cuando me voy a dormir", continuó ante la convención de sombreros que tenía por público.  

José Luis Figuereo continuó con la bulería Calla, calla, una suerte en la que se adentra en cada disco, como una manera de no perder jamás de vista que, pese al componente experimental y de fusión que tiene su música, se sostiene porque hunde sus raíces en lo más jondo de la cultura popular, como cuando a un victorioso general romano se le susurraba "mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre" durante su paseo triunfal. 

El Selu, como también es conocido este gaditano que llegó a trabajar en los Astilleros, es de los  pocos artistas que, en cualquier momento, puede dejar el micrófono a los presentes sin temor. Los cerca de 10.000 espectadores se sabían las letras mejor que él. Después de Truco llegó Mal de amores, otro de esos temas inevitables en las reuniones flamencas 'clandestinas' en las que el que toca el cajón tiene su momento de gloria. Crónicas de un gay, El Coco, La calle del amor, El Recuerdo o Crónicas de una loca fueron el preámbulo a uno de esos temas que le han llevado a ser el digno heredero de Triana, Ángel Malherido, con el que consigue crear la perfecta atmósfera de un concierto de alto voltaje. 

Y pese a cantar más de 20 temas, muchos se quedaron con las ganas de escuchar una canción en concreto, de abrir una ventana al tiempo pasado, a un lugar de la memoria. Con todo, sonaron hits indiscutibles como Yo me voy al mundo, Buena bonita y barata, Medley baladas, La fuente del deseo, Una historia, Mi amor es para los públicos... Y aquí llegó la canción con la que lleva cerrando los últimos años sus conciertos, Los barrieros, el gran momento de hermandad de los seguidores del señor con sombrero, como cuando se da la paz en la misa. Pero cuando muchos enfilaban ya los vomitorios  comenzó a sonar He vuelto. Después se fue, pero dejó tras de si miles de fotos del concierto colgadas en el Facebook y, sobre todo, un recuerdo imborrable en la memoria de los espectadores.

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