Más vale tarde que nunca

Para Bettye Lavette cada nueva actuación es una revancha, una oportunidad que la vida le ofrece para escupir en la cara de una industria musical que durante la mayor parte de su carrera anduvo ninguneándola. Es la suya una historia ejemplar que corre paralela a la de algunos de los sellos claves en el devenir del propio rock and roll desde los 60. En el ocaso de su sinuoso camino ha obtenido por fin el reconocimiento que tantas veces tuvo al alcance de la mano pero que por fatales detalles del destino se mostró esquivo con ella hasta la crueldad. Como les sucede a esos ciclistas gregarios que se esfuerzan en las largas etapas de transición de las grandes vueltas y que recorren escapados cientos de kilómetros para ser engullidos por el pelotón cuando tienen la meta a la vista y con ella ven cómo su nombre desaparece por tan sólo unos metros del palmarés de la ronda. Así de cerca de la gloria ha estado en varias ocasiones la cantante de Michigan. No en vano realizó en su día grabaciones para compañías como Roulette o Motown entre otras muchas. Sirva de ejemplo la publicación, hace un par de años, del álbum que grabó originalmente a principios de los 70 para Atlantic Child of the seventies. Un disco que se ha mantenido en el limbo durante treintaytantos años y que, decían algunos, podía haberla hecho tan grande como Aretha Franklin. Ahora todo es diferente. Su destino cambió cuando el coleccionista francés Gilles Petard la rescató de los circuitos menores y de la mano del productor Joe Henry, publicó hace ahora tres años el sobrecogedor I've got my own hell to raise, un álbum en el que la autoría de todos los temas correspondía a mujeres compositoras y cuyo contenido estaba en consonancia con el desgarrador título. El viernes en el Majuelo tras Choices, de su último trabajo y la versión de Joy de Lucinda Williams aparecida en el disco antes mencionado, comenzó un repaso por algunos de los temas más antiguos de su carrera. Desde My man - He's a lovin' man, Souvenirs, o You'll never change de los primeros 60, hasta Let me down easy y Right in the middle (of falling in love) de su etapa Motown o He made a woman out of me, uno de los clásicos de sus grabaciones en directo. Con el acompañamiento de una banda más inclinada por la garra del rock sureño que por el ritmo del soul, dejó para el final dos canciones confesionales en las que puso todo el corazón: Battle of Bettye, de su último disco y la conmovedora Close as I'll get to heaven, un conjuro contra la violencia sufrida en carne propia, que con todo el poso de los lamentos del blues fue de lo más ovacionado de la noche. Aún se guardó para los bises I do not want what I haven't got de Sinéad O'Connor y Sleep to dream de Fiona Apple. Puede que no sea un impulso muy noble, pero el resentimiento siempre es genuino pues no puede fingirse, y a los artistas de sensibilidad siempre les hace aflorar la creatividad. Especialmente si no tienen pudor para desnudar su alma sobre el escenario. En eso consiste el soul, ¿no?

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