A bote pronto

Juan Alfredo Bellón

Ceros

NO seré yo quien haga balance del año que termina. De aquí no se va nadie creyendo haberle ajustado las cuentas a las escurriduras del 2007 con mi ayuda. Además, no es el año el que muere sino nosotros mismos, montados en el corcel del tiempo (al paso, al trote o al galope) huyendo siempre desde un pasado irrefutable hacia el futuro descorazonador. Por eso, el almanaque tampoco acaba con diciembre; sí termina la mano que le arrancaba diariamente las hojas, el brazo que la empuñaba y el corazón que lo impulsó como si, al hacerlo, fuera escribiendo su testamento vital: no somos nadie, nada, agujeros negros, ceros a la izquierda. Incluso, antes de ser ceniza, el primer miércoles de Cuaresma, somos residuos de la nada. Y más, cuando nos reunimos por Navidad.

Además, nos pasa lo que a los erizos: si se juntan, se pinchan; si se separan, tienen frío, también, sobre todo, por estas fechas. Y si no, que lo digan quienes concluyeron la Nochebuena discutiendo agriamente a pesar de la fuerza de la sangre, o quizá por eso; y quienes juraron en silencio, apretando los dientes, no acudir otro año al aquelarre familiar: o quienes se prometieron no volver a pulirse en un santiamén la paga extraordinaria; ni acabar con las existencias domésticas del bicarbonato; ni atiborrar armarios y despensas de regalos inútiles; ni admirar, como los tontos, solo las cosas que llevan etiqueta.

Así también nos lo dejó escrito en sus versos Pedro Salinas, para quien el Gran Cero era el nombre de la bomba nuclear a la sombra de cuyo hongo creció desde los años cuarenta el escenario apocalíptico de una recién desnacida Humanidad, hija del equilibrio inestable entre dos amenazas contrapuestas, al fin resueltas con el triunfo de un dios imperante único y verdadero: el becerro dorado del mercado global.

De ahí los ritos festivos en un año tan opulento: la moda de echarles virutillas de oro de veintitrés quilates (a precio de platino) a los platos navideños presentándolos de forma suntuaria con el señuelo de ser costumbre oriental y que su ingestión tiene efectos nutritivos, mágicos y sanatorios. Y al revés (échale ceros al pavo) convertir más de dos mil euros de vellón en un kilo de angulas, serpientillas de estuario en cuya cazuela, antaño, al mojar pan, apenas obteníamos más sabor que el de la guindilla y los ajos fritos. Y qué decir de la mirada azul y fucsia de las quisquillas motrileñas, a trescientos euros, como pajarillos volanderos, unas gambas tan raras de color y tan por las nubes.

Nosotros, como ceros a la izquierda; y ellos, a la derecha, tan poderosos, tan ufanos.

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