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Rafael Padilla

Ya es hora

Alas voces del PP, que vienen reclamando desde hace meses el adelanto de las elecciones generales, se unen ahora otras en el mismo sentido, surgidas en el propio seno del PSOE. Con todo, hasta el instante en que esto escribo, la doctrina oficial se mantiene inalterable: en la coyuntura económica que sufrimos, sería perjudicial para España abrir el siempre agrio frente electoral; quedan reformas muy importantes que realizar, tal vez sólo posibles para un Gobierno que se sabe amortizado y que, por tanto, trabaja sin hipotecas; Zapatero está dispuesto a agotar su papel de víctima propiciatoria e intentará culminar el ajuste exigido por Bruselas, sin ceder un minuto del tiempo que se le otorgó.

Razones aparentemente altruistas que, sin embargo, resultan objetables a partir de dos consideraciones bien distintas. La primera se refiere a la propia coherencia del razonamiento: es más que dudoso que quien no supo -ni quiso- diagnosticar la crisis y que tampoco, deviniendo en innegable, ha conseguido estructurar medidas efectivas para su encauzamiento, lo logre en los pocos, aunque cruciales, meses que le restan. Su credibilidad interna y externa está tan mermada que, aun concediéndole sinceridad al argumento, se me antoja inconsciente, voluntarista y peregrino. La segunda, menos crédula, tiene que ver con la intoxicación partidista que en realidad esconde: parece más cierto que tanto presunto "espíritu de sacrificio" persigue, al cabo, alejar esa cita fatídica del desastre de las municipales, establecer un espacio temporal que quiebre, o lo procure, la dinámica de voto que las urnas acaban de explicitar.

No se agotan ahí los inconvenientes del empecinamiento. Se intuye imposible, por ejemplo, cualquier margen de maniobra sin los necesarios apoyos parlamentarios. Contra lo que asegura el gabinete socialista, no está nada claro que CiU y PNV continúen apoyando a la minoría mayoritaria. Leyes esenciales, como la de Presupuestos, corren el riesgo de no ser aprobadas, con el correspondiente deterioro de nuestra imagen exterior. Tampoco se percibe fácil la convivencia entre un presidente que tendrá que seguir apretándonos el cinturón y un candidato, Rubalcaba, obligado a conformar una oferta menos onerosa. Ni lo es, desde luego, afrontar con semejante debilidad dos retos tan complejos como urgentes: ordenar el caos financiero de las Comunidades Autónomas y responder con inexcusable firmeza al desafío -consentido- de Bildu.

Háganlo de la forma que estimen menos traumática. Si noviembre les atrae por aquello del paro veraniego rebajado, sea entonces. Pero háganlo cuanto antes. Al país no le queda un pase. Dejen que el pueblo, en esta encrucijada maldita, exprese, sin algaradas ni experimentos, en la sana y serena normalidad democrática, su voluntad sobre cómo ha de gestionarse su futuro. Ése que, para su desgracia y la nuestra, a ustedes ya no les pertenece.

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