Al expirar una vida, otra se inspira tras un trasplante pulmonar

  • Quienes esperan un trasplante de pulmón pasan meses conectados a una bombona de oxígeno hasta veinticuatro horas al día · Tras la intervención comienza una vida nueva marcada por la autonomía y la alegría de vivir

A Antonio Caballero le encanta el fútbol. De niño solía jugar sus partiditos, como tenía dificultad para respirar mientras corría cumplía la digna función de portero. En 1997, con 56 años de edad, por fin, y tal y como él siempre quiso pudo correr la camiseta junto a sus otros compañeros. Este cambio de posición en el juego lo marcaron unos pulmones. A Antonio Caballero lo trasplantaron el 5 de febrero de 1997 y desde entonces según cuenta ha cambiado su vida en todos los aspectos. "De no poder caminar ni ducharme sólo, a hacer una vida autónoma e independiente. Ando 12 kilómetros diarios y hago dos viajes al año junto a mi mujer", manifiesta.

El viaje hacia la vida en un trasplante pulmonar, como en toda historia narrativa, consta de tres actos. El principio (la espera del órgano), el desarrollo (el operatorio y posoperatorio), y el desenlace (la nueva vida).

Óscar Bonifacio es del grupo sanguíneo A positivo y se encuentra en el inicio de la trama, "a la expectativa de que lleguen los órganos", dice. Tiene 39 años, nació en Buenos Aires (Argentina) y reside en Melilla desde el 2004. A partir de que en septiembre de 2008 entrara en la lista de trasplantados vive en un apartamento de acogida en Córdoba, lejos de su mujer e hijos. Oscar argumenta que es la única forma "de estar cerca del hospital para cuando llegue el momento. Si estando en Melilla me avisan no puedo trasladarme y encontrarme aquí en menos de 3 horas, el tiempo es clave para poder realizarse la operación". En esta ciudad andaluza, el Hospital Universitario Reina Sofía es uno de los seis que realiza este tipo de operación en España. Óscar expresa estar preocupado en dos sentidos, por no ver a su mujer e hijos desde hace tres meses y por la enfermedad. Pese a que ahora le acompaña una bombona de oxigeno las 24 horas del día explica optimista que está agradecido por su vida. "A mí me sobrevino una sarcoidosis en el estadio 4 que derivó en un enfisema pulmonar a los 34 años, en el mejor momento de mi existencia. Entonces era árbitro de la 2º división A de la liga de fútbol profesional de Argentina. Y Atleta desde los 14 años, una trayectoria que me permitió conocer 11 países, sobre todo, de Suramérica. Hasta los 34 años disfruté muchísimo. Esto es como una prueba de Dios y la acepto". Ahora unos pulmones nuevos le permitirán prolongar sus años para que su cuerpo, una vez más, pueda llegar a la meta de una carrera.

Natalio Fernández y Sara Rodríguez están en el siguiente tramo, en el desarrollo de la historia. Natalio es natural de Chipiona (Cádiz), tiene 57 años y lo operaron el pasado 25 de febrero. Sara es de Antequera (Málaga), tan sólo tiene 19 años y la intervinieron hace un mes y medio. Según ésta última que padece una fibrosis quística que le atacó, sobre todo, el páncreas y los pulmones, desde hace dos años cada 15 días tenían que hospitalizarla. Tomaba 66 dosis diarias de medicación, no podía andar, ni siquiera hablar, no podía ir al instituto, ni tampoco tomar un café con sus amigas. "Te encuentras tan desesperada, tan mal, que esperas el trasplante con todas tus ganas pese a que haya riesgos", expone la joven.

Natalio y Sara estuvieron esperando 8 meses, y ambos escucharon ese timbre del teléfono, "esa llamada diciéndote que hay unos órganos para ti. Crees que nunca te va a tocar , pero te toca", revela Natalio. Cuando llamaron al gaditano desde el Hospital Reina Sofía estaba sentado en el salón de su chipionera casa junto a su mujer, e incansable compañera, María. Dos horas y media después y, tras 285 kilómetros en coche, estaba ya en el centro hospitalario. Lo afeitaron, se tumbó en la mesa quirúrgica, "la última imagen que recuerdo antes de la intervención es la de las enfermeras andando de un lado a otro", describe Natalio. A Sara la llamaron el 11 de marzo a la 5 de la tarde, y cuando colgó el teléfono le dijo a su madre "haz las maletas que nos vamos". Antes de marcharse de Antequera besó a sus primos, a sus tíos, y familiares, "estaba todo el tiempo riéndome. Creo que eran los nervios porque estaba ocurriendo lo que había deseado". Cuando despertó de la operación narra que vio a persona vestidas de azul, y pensó que había muerto y que aquello era el cielo. Preguntó a una de esas personas azules, una enfermera, "me dijo que todo bien. Cuando entraron mi madre y mi padre a la UCI entendí que estaba a salvo". Actualmente, Natalio y Sara viven en unos pisos de acogida. Durante tres meses tienen que acudir diariamente al hospital cordobés para hacer la rehabilitación.

Todos ellos desean que dentro de unos años puedan decir como Antonio Caballero, en el desenlace de su historia, "llevo 14 años trasplantado y me encuentro muy bien. Todas las noches rezo por la persona que me dio los pulmones y, también, por su familia. Gracias a su tremenda generosidad hoy continúo viviendo".

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