La insostenible estela de los festivales de verano

Imagen nocturna del Dreambeach. Imagen nocturna del Dreambeach.

Imagen nocturna del Dreambeach.

Han transcurrido ya casi cinco décadas desde los pioneros macrofestivales de verano que en aquel entonces sirvieron para exteriorizar unos pujantes movimientos sociales, en los que las jóvenes generaciones deseaban contraponer unos valores propios a los imperantes en las sociedades neoliberales. Era la época de consolidación del espíritu hippy: paz, amor libre, contacto con la naturaleza, droga… actuaban como banderas reivindicativas frente a la conformista burguesía de los países más avanzados. Hoy ya son míticos los nombres de los festivales de la Isla de Wight, Woodstock… que reunieron a cientos de miles de personas para escuchar a The Who, Joe Cocker, Joan Baez… ¿Pero qué queda de aquella época tan ilusionante como utópica? Muchos de aquellos jóvenes sucumbieron al encanto de las drogas, otros se integraron y abrazaron la sociedad capitalista de la que tanto abjuraron, y unos pocos, ya marcados en su rostro los surcos del tiempo, sobreviven en Christiana, suburbio autónomo de Copenhague que, a modo de reserva india, sirve de atractivo turístico y para la compra de droga blanda.

También habría que preguntarse qué quedó de aquellos primeros festivales. Resulta evidente que no podemos generalizar, aunque lo que sí es cierto es que el frescor de esas primerizas convivencias fue perdiéndose con el paso del tiempo pero perduró como forma de expresión de una convivencia en torno a la música como denominador común. En el caso de España la distancia con Europa y Estados Unidos en la década de los 60 se medía en unidades astronómicas. Estábamos asistiendo al tardofranquismo, con una economía que empezaba a despegar amparada por el plan de estabilización del año 1959, una emigración del campo a las ciudades y hacia otros países europeos, y una juventud deseosa de un porvenir mejor y de emanciparse de una rígida disciplina y moralismo familiares.

Era la época del espíritu hippy: paz, amor libre, contacto con la naturaleza, droga…

Este liviano repaso histórico pretendo que sirva para situarnos en el estatus quo de los actuales festivales musicales en España y, en concreto, del que me ha tocado en suerte padecer muy cerquita de mi lugar habitual de veraneo. El festival en cuestión se denomina Dreambeach y se caracteriza, entre otros rasgos, por ser de música electrónica. Las señas de identidad de la música en directo, donde uno de sus máximos atractivos era poder disfrutar en un ambiente distendido e informal de los artistas admirados, se han sustituido por los Diyeis, versión actualizada de los pinchadiscos discotequeros, que manejan con soltura las mezclas musicales electrónicas que tanto atractivo poseen para las generaciones digitales 2.0. No requieren de un grupo musical bien acoplado ni de una voz cuidadosamente entrenada y cuidada, solo de un trabajo previo frente al ordenador y de muchos vatios de potencia sonora, aunque los mejor cualificados suman cuantiosas cifras a su cuenta corriente.

Pero qué precio ambiental hay que pagar para que el evento tenga lugar. Ese es mi centro de interés. El festival ha cumplido su quinto aniversario y qué mejor excusa para prolongarlo este año durante cinco días y cinco noches de tortura para los que solo buscamos en verano un mínimo de reposo y tranquilidad. Tras un breve paso por la localidad de El Ejido, el festival regresó al término de Cuevas del Almanzora, entre las localidades de Villaricos y Palomares (aquel famoso lugar por recibir el impacto de tres bombas de hidrógeno norteamericanas hace 50 años).

Su celebración ha supuesto desbrozar de todo rastro de vegetación unos dos kilómetros de franja costera no urbanizada (¡!), parcelarla para las tiendas de campaña y aparcamiento de coches, iluminación, wc portátiles, puestos de bebida con materiales desechables, construcción de inmensas carpas y escenarios, y unos equipos capaces de transmitir el sonido electrónico a kilómetros de distancia. Más allá de este impacto, ya de por sí considerable, ¿qué otras consecuencias posee para el medio natural y social?

En uno de los episodios más siniestros de nuestra agresión reciente a la fauna, el Presidente de la República Popular China, Mao Tsé Tung, ordenó eliminar los gorriones de su territorio por considerarlos una competencia desleal en la recolección del trigo. Una de las armas utilizadas fue hacer toda clase de ruidos para impedirles dormir y que murieran por agotamiento. Imagínense qué aves pudieron hacerlo durante las cinco noches de festival.

Los desplazamientos en coche para asistir al festival, los residuos plásticos generados sin ningún tipo de control y con el viento como aliado para esparcirlos por tierra y mar, algún que otro acto vandálico, la contaminación acústica sobre los oídos de los asistentes que está produciendo una generación de jóvenes con un umbral de audición cada vez más elevado…

Cuando hablamos los educadores de las bondades del aprendizaje cooperativo, en donde varios estudiantes son capaces de sumar ideas, argumentos o creatividad, nos olvidamos de que en eventos como éste el gregarismo de algunos jóvenes actúa en sentido contrario, son capaces de verter residuos sin miramientos, beber hasta la extenuación, relajar los hábitos higiénicos y nutricionales…

Y qué papel juegan instituciones como los ayuntamientos en todo esto, por qué ese interés en albergar festivales en su término, qué beneficios inconfesables obtienen, ¿no consideran siquiera la mala imagen que para el turista estable supone soportar el nivel de ruido que se genera, el movimiento descontrolado de personas o la suciedad que se dispersa por doquier?

Realmente los que creemos en las bondades de una Educación Ambiental que opere positivamente en la Escuela, en la Familia o en los Medios de Comunicación, eventos como éste nos hacen perder la esperanza de revertir la agónica situación en la que el Planeta en el que convivimos tenga algún tipo de viabilidad.

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