Una noche de camino no la cambio por ná

  • Devoción. Cuando faltan cinco minutos para la medianoche se apagan casi al unísono las luces, comienzan a acallarse las voces, los cantes, las guitarras y se reza el rosario

Son las once y media de la noche y una suave brizna de aire mece las oscuras copas de los pinos que pueblan la Pradera de San Isidro de Cartaya. A lo lejos, algunos haces de luz se filtran entre las sombras de la noche y sonidos de palmas, guitarras, tamboriles, voces de cante y murmullos de todo tipo anuncian que la soledad nocturna del bosque está siendo rota por un hecho extraordinario.

Un acontecimiento que se repite y que a la vez se reestrena cada año por estas mismas fechas en el recinto romero cartayero, justo detrás de la blanca ermita de San Isidro Labrador, Patrón de los agricultores. Se trata de una noche del camino, de las que están disfrutando estos días miles de personas de toda España en su peregrinar hasta la aldea almonteña. Es la primera de las cuatro pernoctas que cada año viven los devotos de la Virgen del Rocío de Isla Cristina en su lento y animado caminar hacia el reencuentro con la Blanca Paloma.

Un auténtico campamento romero se ve al traspasar la línea imaginaria circular que conforman la treintena de vehículos que, entre carretas, carrozas, manolas o charrés, conforman la comitiva isleña, apreciamos el bullicio de los peregrinos que tras un largo día de camino recorriendo las localidades de la Costa Occidental onubense, y tras una merecida cena, se aprestan, aparcando a un lado el cansancio, a asistir al tradicional rezo del Santo Rosario con el que las 600 personas que componen la comitiva de la filial número 43, de las 108 que participan en la romería de El Rocío, despiden a partir de la medianoche el día, que a su vez da paso a la jornada que acaba de nacer.

En plena ebullición rociera y cuando ya tan sólo faltan cinco minutos para la media noche se apagan casi al unísono las luces que iluminan tanto la parte central del extenso círculo formado por las carretas como las del interior, comienzan a acallarse las voces, los cantes, las guitarras y el murmullo que hace tan sólo unos segundos emanaba de cada rincón de la acampada.

Es entonces cuando cientos de personas comienzan a acercarse lentamente al centro del círculo, que pasa a adquirir el protagonismo de la noche, el reluciente y recién remozado Simpecado de la Virgen del Rocío, que sólo iluminado por la tenue luz de varias velas confiere a la escena un halo de misterio y recogimiento. No en vano el Simpecado es para los rocieros la prueba más evidente de la compañía y la presencia de la Blanca Paloma.

El frío arrecia y cada vez son más los que al ritmo de la gaita y el tamboril, que son los únicos sonidos que trascienden hacia la oscuridad de la pradera, se concentran en torno al Simpecado ataviados con ponchos, pañuelos en el cuello o envueltos en mantas, en espera de que los responsables de la hermandad y la hermana mayor Pepa Sosa, inicien al rezo del Santo Rosario. Un acto que junto a la misa matinal de romeros y el Ángelus del mediodía, constituyen los momentos de más fervor y mayor exteriorización de los sentimientos rocieros de todas las personas que participan en cualquier camino rociero. Casi todos los que cada año tienen la oportunidad de participar de estas intensas vivencias, el rezo del Santo Rosario es el más emotivo por el misterio que confiere la noche. Coinciden en señalar que las noches del camino "tienen algo especial". Para Manuela Frigoded, con 22 caminos a sus espaldas, estas noches "son para vivirlas y cada uno las vive de forma diferente". Y añade que "existen tantas noches de camino como peregrinos y noches". Esta confesa rociera señala que "son momentos para compartir las vivencias del día, para recibir a los amigos que sin estar haciendo el camino se acercan a pasar un rato y para disfrutar, vivir intensamente cada uno de sus efímeros segundos". Francisco Javier Morgado, que fue hermano mayor de Isla Cristina en 2008 y lleva ya 19 caminos ininterrumpidos, tiene recuerdos de peregrinaciones "más y menos duras, calurosas y frías, con y sin lluvia, buenas y menos buenas…", las noches del camino son "muy rocieras", "tienen algo que te envuelve, hay que vivirlo porque no se puede describir con palabras".

Este año falta uno de los principales ingredientes de las noches del camino: las candelas, que tradicionalmente salpican la acampada y la candela, con mayúsculas. Iluminan durante toda la noche al Simpecado y calienta a aquellos que de madrugada montan guardia.

El presidente, Paco Amorós, dice que este año el retraso con el que se celebra la romería "hace que nos metamos en pleno mes de junio, lo que hace que esté ya activado el Plan Infoca contra incendios". Acatando y respetando la normativa, Amorós se consuela sustituyendo el calor de las hogueras "por la intensa devoción que todos los que estamos aquí sentimos por la Virgen del Rocío".

Así, y entre el sonido de las plegarias y los rezos de los devotos, salpicadas por las salves rocieras que casi en silencio interpreta el tamborilero y por las sevillanas que con fervor dedican a la Blanca Paloma los componentes del grupo cartayero Entre pinares y marisma, va transcurriendo lenta y pausadamente un Rosario que al final abre la noche rociera, las puertas a un nuevo día de ilusiones y sueños para los miles de peregrinos que estos días se dirigen a la aldea almonteña. Ya lo decía la letra que abría la famosísima sevillana que Los Romeros de La Puebla incluyeron en 1991 en su disco Orilla de Cantares: "Una noche en el camino, yo no la cambio por ".

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