'Taxi a Gibraltar' Carrera a ninguna parte

Una imagen de 'Taxi a Gibraltar', con Dani Rovira. Una imagen de 'Taxi a Gibraltar', con Dani Rovira.

Una imagen de 'Taxi a Gibraltar', con Dani Rovira. / M. H.

En Todo por un largo, librito escrito por Roger Gual sobre la producción de Smoking room, el autor daba cuenta de un episodio cuanto menos kafkiano: filmada y montada la película, los directores –el propio Gual y Julio Wallovits– se sentaron a una mesa de reuniones donde los gerifaltes de una productora trataron de hacerles ver que la película tenía un problema. Por lo visto, la cinta no había puntuado adecuadamente en los tests de palabras que la empresa había determinado imprescindibles en los estudios de mercado previos al lanzamiento comercial y debía reformularse.

Gual y Wallovits –cuentan– agradecieron el informe y decidieron marcharse por donde habían llegado. Tras ello, Smoking room siguió camino por manos más humildes que la condujeron, casualmente, a este mismo festival.

Pese a compartir destino, la anécdota se antoja tristemente en las antípodas de lo que debió suceder durante el proceso de escritura de Taxi a Gibraltar: ya en unos pocos minutos el libreto zascandilea por todos los aspavientos imaginables para parecer moderna. León Lafuente (Dani Rovira) apenas ha arrancado su taxi cuando tiene un conflicto con un conductor de Uber, se ha presentado como víctima de la gentrificación hipster y bromea frecuentemente sobre el destino del Brexit y Gibraltar.

En el sesudo brainstorming de despacho, se intuye, no tuvo tiempo de filtrarse Green book, y el recuerdo reciente de la ganadora del Oscar se vuelve particularmente punzante cuando, tratándose de una road movie, se compara la puesta en escena de Farrelly con la monotonía visual de Flah. No colabora al conjunto un guión tosco y predecible, repleto de clichés sobre españoles, argentinos, el entorno rural y los gibraltareños. Y pese a la esforzada solvencia de Rovira en el rol de cuñado sensible, Taxi a Gibraltar se revela inevitablemente como un artefacto de oficina zafio, descoordinado, con graves desaguisados de verosimilitud y tono, al que ni las hechuras industriales de dramedia y telefilme confieren solidez alguna. “La gente se cansa de los boludos”, se lamenta el antagonista argentino. De las boludeces más bien.

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