Ayer y Hoy

Benito Prieto y su patético Cristo crucificado

  • El polémico pintor del crucificado más dramático de toda la pintura universal fue nombrado Hijo Adoptivo de El Padul

  • Junto al patético Cristo aparece una anacrónica foto del presidente Kennedy

El Cristo de Kennedy. El Cristo de Kennedy.

El Cristo de Kennedy. / R. G.

Pinto a Cristo con esa tenacidad porque soy un loco de su figura y desearía consagrar mi vida a grabarla en el alma de los hombres”. Así se expresaba el pintor de Ribadeo en una entrevista que hace más de 50 años le hizo en Granada nuestro buen amigo Gil Craviotto.

Prieto Coussent había nacido en 1907 en la provincia de Lugo pero se hizo “pauleño” por su matrimonio con la joven farmacéutica Antonia Rejón. Antes de llegar a Granada el inquieto Benito pasó lo suyo. Hombre comprometido, de ideas revolucionarias, simpatizante del anarquismo, fue detenido y encarcelado en el año 36. Pero encontró su consuelo en la pintura y fueron sus oraciones los Cristos crucificados, humillados, sangrantes y torturados; símbolos de persecución, rebeldía, humildad y pobreza.

Dicen sus biógrafos que este Cristo en la Cruz (1964) fue dedicado al presidente de los Estados Unidos J. F. Kennedy que había sido recientemente asesinado (1963), razón por la que también se conoce popularmente la obra como el Cristo de Kennedy.

Benito Prieto, Hijo adoptivo del Padul en 2011. Benito Prieto, Hijo adoptivo del Padul en 2011.

Benito Prieto, Hijo adoptivo del Padul en 2011.

La figura del presidente americano aparece a los pies del crucificado. Ya pintó varias veces un Crucificado de similares características y ahora de nuevo retoma el tema con el singular patetismo que siempre le caracterizó. En sus Cristos hay recuerdos de los horrores de una guerra civil, de destrucción y encarcelamientos que pretenden ser simbolizados por ese otro dramático Cristo que quiere ser de la Paz (Cristo de la Paz).

Un Cristo crucificado, coronado de espinas, con el cuerpo sangrante, retorcido y descoyuntado, atado al patibulum y a horcajadas sobre el sedile, de postura estremecedora. Desconozco la fuente que inspiró al pintor y si conocía la tremenda descripción que nos dejó Santa Brígida en Las Revelaciones IV, cuando decía: "Estaba coronado de espinas, la sangre le corría por los ojos, orejas y barba; tenía las mandíbulas distendidas, la boca abierta, la lengua sanguinolenta; el vientre le tocaba la espalda como si no tuviese intestinos".

Dicen que su modelo pudo ser un paisano del pueblo al que el pintor hizo caer de un madero para copiar la postura desplomada. No se libró el autor de las críticas de algunos que, ante tan deformada figura, preferían el crucificado tradicional, idealizado, dulce, de mirada angelical y con apenas una heridita en el pecho.

Tal vez la más dolorosa crítica le llegó desde la propia autoridad eclesiástica del momento, cuando regía el arzobispado el Cardenal Parrado. No era bien visto un Cristo en la cruz tan dramáticamente tremendista, descoyuntado y cuyo cuerpo, retorcido y ensangrentado, solo parecía inspirar tragedia humana y ni siquiera compasión divina.

Benito Prieto. Benito Prieto.

Benito Prieto.

Leemos en su biografía que el cuadro fue premiado por parte de la crítica en una exposición nacional en 1948; premio al que el autor renunció para mantener su propiedad.

Un Cristo crucificado sin colorines, salvo el rastro de la sangre o el morado cardenal, porque, según él mismo decía, hubiera sido una frivolidad “para pintar colores hubiera escogido a un torero o a una bailarina”.

De hecho, otras de sus más populares obras fueron los retratos que dedicó a los toreros Antonio Bienvenida y a Manuel Benítez, El Cordobés.

Era Benito Prieto “el pintor de la soledad reflexiva”, en palabras del compositor García Román, presidente de la Real Academia de Bellas Artes, dictadas cuando en 1983 el pintor gallego ingresa como académico numerario en dicha prestigiosa academia, ocupando el sillón que dejara el también pintor granadino Gabriel Morcillo.

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