Gente que viene y bah | crítica Karma mediterráneo

Se nota, y mucho, que Gente que viene y bah adapta una novela de Laura Morton (No culpes al karma), a saber, no hay en ella, a pesar de su carácter coral y de sus localizaciones entre Barcelona y la Costa Brava, el más mínimo asomo de realidad o aire local que nos despiste de su previsible fórmula cerrada de comedia romántica con apuntes dramáticos y lecciones de vida para almas de cántaro.

Se trata aquí de desdoblar y pespuntear los enredos sentimentales entre los diferentes miembros de una de esas familias excéntricas y entrañables en las que la muerte, la homosexualidad, la infidelidad, los cuernos u otros accidentes de la vida se sortean con buen humor, chupitos de vodka y bailes en el porche al son de canciones de Baccara o de covers salidos de la banda sonora del programa de Bertín Osborne.

Una excentricidad blanca, calculada y medida a la talla (desigual) de sus intérpretes, donde una Clara Lago eternamente aniñada ha de pasar (con muchas estrecheces) por una arquitecta en plena crisis sentimental y profesional junto a una Alexandra Jiménez en modo tenso, un Álex García con rebaja de testosterona, una Paula Malia al borde de un ataque de nervios (lo mejor de la función) o una Carmen Maura bastante mustia a la que ni siquiera podemos salvar de su esclerotizado personaje.

Casi como una versión larga de uno de esos anuncios veraniegos y mediterráneos de Estrella Damm, Gente que viene y bah circula con piloto automático por la senda del buenrollismo en un guion de cálculo melodramático, gags respiratorios, empoderamiento light y repliegue familiar al que hay que agradecer al menos el leve atrevimiento de convertir a un enano streaper en un cómico hallazgo inclusivo.