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Houria (Libertad) | Crítica

Bailar en la jaula argelina

Lyna Khoudri en una imagen del filme.

Lyna Khoudri en una imagen del filme.

Puede uno imaginarse que las cosas no han sido ni son fáciles para las mujeres argelinas. Especialmente después de ver una película como Houria, co-producción con Francia protagonizada por la emergente Lyna Khoudri (La Crónica Francesa, Alta costura, Noviembre) que pone el dedo en la llaga del colectivo marginado y oprimido a propósito de los muchos pesares de una joven bailarina aspirante a formar parte del cuadro clásico mientras se gana la vida como camarera de hotel e intenta ahorrar dinero para ella y su madre apostando en peleas ilegales de carneros.

Como en la anterior Papicha, sueños de libertad, Mounia Meddour dibuja un panorama plagado de osbtáculos para la felicidad y la realización de nuestra protagonista, una joven de espíritu libre que se resiste a formar parte de ese sistema social marcado por las normas del patriarcado, la tradición y el eco reciente de la violencia o el terrorismo.

El problema es que, entre sus ensayos de azotea, sus bailes por Beyoncé y sus sueños de prosperidad europea junto a su mejor amiga, todo lo que le rodea conspira sospechosamente contra ella en forma de metáforas obvias (el pájaro en la jaula, el grupo de mujeres en terapia, la imposibilidad de bailar y la pérdida de la voz tras el trauma de una agresión anunciada) y constantes torceduras dramáticas que hacen de Houria un filme demasiado didáctico y simplificador en sus intenciones críticas y denunciatorias.