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Distrito Beiro: El río sobre el último muro de Granada

  • La heterogeneidad de los barrios de Beiro marca su día a día, con aspectos singulares y compartidos con Albaicín, Norte y PTS

Una estudiante camina en paralelo al muro del antiguo cuartel militar de Los Mondragones Una estudiante camina en paralelo al muro del antiguo cuartel militar de Los Mondragones

Una estudiante camina en paralelo al muro del antiguo cuartel militar de Los Mondragones / Carlos Gil

El Beiro es el río más triste del mundo. Hay quienes aún se preguntan qué río es ese que pone en la Circunvalación, allá por La Chana. Nacido en la Acequia de Aynadamar, hace años perdió su hilo de agua y pasó a ser una molestia. Su ribera pervive en el trazo de la calle que lleva ese mismo nombre, y que cruza la ciudad de norte a oeste. Desde el aire se ve perfectamente: por aquí pasaba un río.

Ahora, Beiro es más nombre de barrio que de regato. Bajo su denominación se extiende el distrito más difícil de homogeneizar de la ciudad. Mezcla rasgos de Norte y Albaicín, en Joaquina Eguaras y San Ildefonso, con elementos genuinos como Plaza de Toros o Pajaritos. El barrio de La Cruz resume la paradoja del distrito. Su matriz, entre Trauma y Los Mondragones, guarda casas pequeñas, bajas, absorbidas en su día por la ciudad; sus confines son Albayda, joven, residencial y aún en expansión.

Son dos mundos opuestos. Callejuelas frente a pistas de pádel. “No hay sentimiento de barrio” porque “vivimos gente muy joven”, dice Lidia, una psicóloga que vive en los edificios de la Avenida García Lorca, y a la que acompaña su hija. Es la imagen de esta zona: padres llevando o recogiendo a su prole del polideportivo o de las clases de refuerzo de inglés.

Mientras aquí piden espacios para que jueguen los niños, en el núcleo original solicitan limpieza y, de una vez por todas, acabar con el muro de Los Mondragones. Lo quieren en La Cruz y en Doctores. “Para ver a mi hijo tengo que dar toda la vuelta”, cuenta Manuel, de 84 años, mientras observa desde la plaza López Neira lo lejos que parece estar la casa de su vástago. A mitad de camino, la mirada choca con la pared del viejo cuartel.

Edificios de los años 60 del barrio de Plaza de Toros-Doctores-San Lázaro Edificios de los años 60 del barrio de Plaza de Toros-Doctores-San Lázaro

Edificios de los años 60 del barrio de Plaza de Toros-Doctores-San Lázaro / Carlos Gil

Los edificios del Clínico, el Virgen de las Nieves, y el rascacielos de San Lázaro se levantan sobre la población de Plaza de Toros como la torre de Babel de Metrópolis. A su sombra se desarrolla una vida inusitada. Los estudiantes contrastan con los mayores. El tráfico, caótico, recuerda a tiempos pretéritos. La falta de aparcamiento es una reivindicación general y los aparcacoches se han convertido en un problema.

“Se pelean entre ellos, entran en los bares y crean bronca, no dejan trabajar a los negocios...”, describe el día a día José, trabajador de la zona. Su compañero, que rehúsa dar su nombre, lamenta que “la Policía Local venga, se los lleve a Caleta, y al rato vuelvan a estar aquí”. “Se meten con mis clientes y hacen sus necesidades al lado de mi terraza”, recita otro José.

Ya cayeron los muros de Automovilismo y Renfe, y ahora queda el de Los Mondragones

Físicamente, Pajaritos se parece mucho a Doctores. Pero los decibelios dibujan una rampa descendente. El barrio ha recuperado luz. Con el derribo de la tapia de Renfe, el más reciente del Cuartel de Automovilismo, y la entrada del Metro, hasta la Avenida Andaluces tiene otra vida. Las persianas se han vuelto a subir.

“Está un 10% mejor que hace unos años”, cuenta la panadera Miriam. Pero sigue habiendo problemas. Como el del aparcamiento o las comunicaciones con la ciudad. “Un taxi debe dar muchas vueltas si viene desde el centro”, relata María, una prejubilada a la que le cuesta acostumbrarse al ruido de la estación de tren. Y eso que hay pocos trenes.

Nicolás y Pedro, uno profesor de instituto y otro también, aunque en sus primeros días de retiro, mantienen una conversación sobre su hábitat urbano. “Se ve que va muriendo poco a poco”, cuenta con pesar el primero. “Las administraciones se están yendo y la pérdida del Clínico se está notando”, añade mientras se queja del “ambiente tóxico” que generan los bares con los humos de las cocinas. Pedro, por su parte, muestra expectación ante las actuaciones que se harán en Automovilismo. “Dicen que van a hacer una residencia de estudiantes”, apunta con una risa de incredulidad.

Comercios cerrados en el barrio de La Cruz Comercios cerrados en el barrio de La Cruz

Comercios cerrados en el barrio de La Cruz / Carlos Gil

Mientras tanto, en Joaquina Eguaras se abre otra dimensión del Distrito Beiro. La cercanía del polígono marca los silencios y las peticiones vecinales. En un bar de desayunos, su dependiente se sorprende por los clientes que vienen “de más arriba” con fajos de billetes que “él nunca ha visto”. Pese a ello, salda cuentas con su sitio de trabajo: “Cuando me instalé creía que iba a ser peor, pero ha mejorado con los años. Aunque algo más de seguridad siempre viene bien”.

Carmelo, Cristóbal y Encarni tienen entre 55 y 61 años y no esconden que preocupa el envejecimiento del barrio. “Mira de aquí para la rotonda”, anima el primero. Y de repente Eguaras se tiñó de sepia. “Desde hace meses no pasa ningún barrendero. Sólo lo hacen cuando viene el Corpus”, se queja Marcelo. ¿Y la seguridad, qué? “No se puede salir por las noches”, se angustia Encarni, quien resume otro sentir: “Nos sentimos olvidados”.

Mientras la vida discurre, el Beiro aguarda que el agua vuelva a murmullar sobre su cauce. El progreso hizo que la ciudad se perdiera esa espera bajo una bóveda de cemento y asfalto.

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