Crónicas electorosas | Elecciones municipales Granada 2019

La Sierra cierra

  • Se cumplen cuarenta años de la crisis que durante varias semanas tuvo en jaque a la estación de Pradollano, que estuvo a punto de ser clausurada

La estación de Sierra Nevada, en los ochenta. La estación de Sierra Nevada, en los ochenta.

La estación de Sierra Nevada, en los ochenta.

Antonio Jara, alcalde de Granada, no jugaba al Monopoly la tarde en que un banquero ‘de los de antes’, Manuel Escámez, le espetó en su despacho la terminante sentencia para una una de las mayores y potenciales fuentes de riqueza de la provincia. En el escenario de crisis que a comienzos de 1979 atravesó al Banco de Granada, principal accionista de Cetursa, empresa de gestión de las pistas de Sierra Nevada, la estación acababa de superar la misma sentencia de muerte para la temporada de invierno de 1980, cuando Corporación Financiera -una especie de ‘hospital de bancos’ o fondo de garantía de depósitos- adonde había ido a parar el Banco de Granada, decretó la clausura de Pradollano.

A aquella situación se llegaba en ese contexto de la crisis del Banco de Granada. Durante varios días de enero de 1979, los impositores guardaban largas colas ante el edificio de la Gran Vía, donde retiraban su dinero ante los rumores que avisaban de una inminente intervención por el Banco de España, lo que agravaba aun más la ya de por sí dificultosa situación de la entidad granadina.

La crisis del Banco de Granada era una más de las muchas que atravesó la banca española que afectó sobre todo a los de tamaño medio en los finales de los 70 y primeros 80, una recomposición general ante los nuevos tiempos, después de una época acomodaticia, de competencia pactada y sobreprotección de las autoridades, en un contexto de gestión escasamente profesionalizada.

En el panorama de una crisis industrial generalizada en España, una estrategia equivocada -por ejemplo, una de las empresas del banco granadino construía escalerillas para aviones en unos tiempos en que se imponían los ‘fingers’ en los aeropuertos europeos-, el Banco de España había detectado la excesiva concentración de créditos en las empresas participadas por el de Granada. Se generaban así dificultades en la fluidez de entradas de dinero ante los retrasos en la devolución de los créditos.  

El Banco de Granada, como otros varios, terminó intervenido por la Corporación Bancaria, un ‘hospital de bancos’ donde el Gobierno residenció a las entidades en dificultades con el fin de sanearlas y ofrecerlas a los bancos de mayor entidad. El de Granada, así, acabó en la órbita del Banco Central. Y con el Banco de Granada, sus empresas participadas, entre ellas Cetursa.

La estación de Pradollano, ‘Sol y Nieve’ como denominación comercial, se resentía igualmente por la crisis del banco. Necesitaba, además, de inversiones que modernizasen y mejorasen la explotación de sus pistas y medios mecánicos. Pero la gestión y los centros de decisión, ahora lejos de Granada, no favorecían el momento. La estación, así, no abriría instalaciones en 1980.

Contra esa sentencia de muerte se rebelaron las autoridades municipales. Antonio Jara, un alcalde que todavía no había cumplido un año al frente del Ayuntamiento, fue el que se plantó tanto ante Escámez como ante la terminante decisión de la Corporación Financiera, al frente de la cual actuaba Aristóbulo de Juan, un ejecutivo de nombre imposible que pasados los años alcanzaría la dirección general del Banco de España y con el que tuvieron que lidiar los representantes municipales, principalmente Jara y el entonces joven concejal José Olea.

Y en ese escenario es en el que Jara apuesta por un rescate de Sierra Nevada de las manos de una iniciativa privada que, si bien desde la entrada del Banco de Granada en el capital de Cetursa, en 1974, había experimentado cierto crecimiento en medios mecánicos, con la Corporación Financiera y después el Banco Central estaba condenada al desinterés de ambas entidades, que miraban a la estación granadina como un elemento externo a las líneas de sus funciones, en el primer caso, y su negocio, en el otro.  

El envite comprador de Jara, en cualquier caso, frenó la sentencia del Banco Central, que se mostró dispuesto a abrir la participación en el capital de Cetursa. A la iniciativa del  Ayuntamiento se sumaría tres años después la Junta y las dos instituciones convencieron a su vez a la Diputación Provincial. Ayuntamiento, Junta y Diputación dejaron un margen de participación a la iniciativa privada, al que respondió el constructor José Ávila Rojas.

Los cuatro constituyeron la nueva Cetursa en las primeras semanas de 1985. Y la empresa refundada pronto puso a prueba su capacidad de organización de la mano de Jerónimo Páez, la persona deignada para afrontar retos deportivos y económicos de gran repercusión nacional e internacional.

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