Daniel Oyarzabal | Crítica Un paseo dominical por Europa

Daniel Oyarzabal en el órgano de San Jerónimo.

Daniel Oyarzabal en el órgano de San Jerónimo. / Fermín Rodríguez

Aunque es sobre todo un musico versátil, que lo mismo hace el continuo en el clave con algunos de los grandes grupos barrocos españoles, toca el Fender Rhodes en una sesión de jazz o monta un conjunto y se sienta al piano para interpretar tangos, Daniel Oyarzabal (Vitoria, 1972) se confiesa enamorado del universo del órgano y, en consecuencia, se define como organista. San Jerónimo tiene dos bellísimos órganos en la nave de su iglesia que están inutilizados y un pequeño instrumento conventual que Fray Francisco Alejo Muñoz construyera en 1727 para el Convento de Santa Paula, desde donde, mediada la década de 1980, fue trasladado a su actual emplazamiento en el crucero de este imponente templo barroco granadino.

Con algunos cambios en el programa que no fueron anunciados (desapareció la prevista Partita de Fux y cambiaron de orden algunas piezas), Oyarzabal mostró dos virtudes esenciales en sus maneras organísticas: agilidad y fantasía. Agilidad virtuosística que se desprendió a chorros en los tempi rápidos  con que tocó la mayor parte de las obras, en la perfecta distinción de cada nota y en la claridad de las texturas; fantasía en el manejo del color que le permitió la registración (modesta, no es un gran órgano de iglesia) del instrumento de San Jerónimo, pero sobre todo en el fraseo, de una flexibilidad que nunca cayó en el capricho ni el mal gusto.

En algo menos de una hora, Oyarzabal se paseó por distintas escuelas europeas, contrastando estilos, géneros y épocas. Las viejas danzas renacentistas estuvieron representadas en el Ballo del Granduca de Sweelinck y el Ballo della Battaglia de Storace, que arrancó marcial en el pedalero y creció imponente en la corneta y la trompeta. Lástima que la supresión de la suite de Fux impidiera el contraste con las binarias danzas barrocas, aunque sí hubo dos magníficas chaconas, destacando especialmente los contornos melódicos de la de Johann Bernhard Bach y las sutiles y hermosas disonancias en la de Louis Couperin. La parada en España sirvió para contrastar la Sonata galante de Albero, tocada con una admirable brillantez, con el severo contrapunto de Correa.

Más pausado y riguroso en el ritmo se mostró Oyarzabal con el complejo Voluntary de Purcell, aunque lo mejor posiblemente estuvo en la forma de mezclar los pasajes virtuosos en estilo toccata del Preludio de Buxtehude con las fugas, de absoluta transparencia y grandiosa majestuosidad. Bach se avizora ya en el horizonte y su arreglo sobre el famoso Adagio de un concierto de oboe de Alessandro Marcello sonó sugerente y ligero, sin impostada trascendencia. Algo irregular resultó en cambio el final, con una Sonata de Scarlatti que no terminó de encontrar su sitio en el instrumento. En este recorrido, el disonante Capricho de Foccroulle, organista belga nacido en 1953, tocado en el centro del programa en registros leves (flautados un tanto nasales), jugó el papel de las extravagancias y durezas tan típicas de la escuela napolitana del primer Barroco, su punto indiscutible de referencia.

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