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Crítica de la 71 edición del Festival de Música y Danza de Granada

Dos generaciones al alimón

Dos generaciones al alimón

Dos generaciones al alimón / Antonio L. Juárez/ Photographers (Granada)

En el mismo sitio y a la misma hora los duendes del cante fueron convocados para celebrar la gran fiesta del cante jondo. Hace un siglo hubo un motivo cuya justificación basada en el rescate y supervivencia del cante primitivo andaluz movilizó a toda la intelectualidad de nuestro país y traspasó fronteras. Cien años después, rememorar aquel gran evento no ha querido sino servir de homenaje sincero y sin pretensiones a los impulsores del aquel primer Concurso de Cante Jondo de 1922. Y tuvo que ser Granada. En Granada. Aquí vinieron los más grandes de su generación: Chacón, Torres, La Macarrona, Manolo de Huelva o Montoya. Los hubo de menor calado pero gran personalidad como Frasquito Yerbabuena o Las Gazpachas que, a pesar de la reiteración infundada de que ganaron un premio, nunca fueron concursantes y sí acompañantes de Juana Vargas 'La Macarrona', o lo que es lo mismo, el cuadro de Los Amaya.

En las mentes de los aficionados, todo apuntaba a la búsqueda de similitudes y acordes comparativos entre lo pasado y lo presente. Diego Bermúdez 'Tenazas de Morón' representó la añada vieja cuyo caldo cantaor representaba la vieja escuela y, por contra, Manuel Ortega Juárez 'Caracol' se erigió estandarte de la generación futura del siglo pasado. Para la conmemoración centenaria también se buscó la convergencia en este sentido dividiendo el programa en dos generaciones flamencas o lo que es lo mismo: 100 años de gloria flamenca.

En ese paralelismo intencionado la primera impresión nos llevó a ver al maestro de ceremonias, el cantaor Juan Pinilla, embutido en un traje de la época con sombrero a juego haciendo las veces de Ramón Gómez de la Serna cuando principió su discurso que recortó por mor de las peticiones del público. Una presentación impecable, adornada con sentimiento y enjundia dio paso al primer gran artífice de la noche. Pepe Habichuela, heredero del toque ancestral de la ciudad, discípulo de 'Los Ovejillas', inauguró la velada en el Patio de los Aljibes. Fue parco en filigranas acudiendo a lo que García Lorca llamó 'herencia en la sangre' para mostrarse por granainas y soleá. Con muy poco lo hizo todo. Porque el pellizco no está en la técnica sino en el poder de transmisión. Quiso dirigirse al público agradecido por estar allí y recordó con nostalgia su participación allá por 1972 en el cincuentenario del concurso.

Juan Pinilla, elegantemente vestido al estilo de la época, durante su presentación. Juan Pinilla, elegantemente vestido al estilo de la época, durante su presentación.

Juan Pinilla, elegantemente vestido al estilo de la época, durante su presentación. / Antonio L. Juárez/ Photographers (Granada)

El elenco artístico estuvo organizado por generaciones: Pepe Habichuela, Vicente Soto 'Sordera', José 'De la Tomasa', 'Rancapino' y Juan Villar son los ecos ancestrales de aquella hazaña. Todos ellos concentrados figurativamente en la leyenda en que se convirtió 'El Tenazas': una representación de las voces del pasado en contraposición de lo que representó Manolo Caracol: el futuro del cante. Y aquí entran Antonio Reyes, Antonio Campos, Kiki Morente y Jesús Méndez. En esa imagen comparativa, dos guitarras granadinas emularon las de José Cuéllar y Manolo de Huelva: Miguel Ángel Cortés y Miguel Ochando. Se da la casualidad que Cortés remanece directamente de una de las participantes en el legendario concurso: su abuela participó en el mismo cantándole a 'La Macarrona': Paca Amaya Fajardo 'La Gazpacha'.

El diseño del espectáculo, por otro lado, nada tuvo que ver con lo sucedido un siglo atrás. Hubiera ganado enteros recordar y ejecutar las letras que cantaran antaño y que conocemos gracias a la prensa de la época. Aún sin saber los estilos asociados a cada cante salvo la serrana del 'Tenazas', pudo engrandecerse más la noche buscando sinergia literaria entre el pasado y el presente. El espacio físico sí recordó al escenario primitivo al igual que la disposición del público. Cabe destacar los continuos fallos de sonido durante toda la noche. Excesivo reverb en las guitarras, en las voces, a destiempo, micros sin sonido, disonancias en la ecualización de voces y guitarras y un sinfín de molestos pitidos persistentes que deslucieron la noche.

El equipo de veteranos, que alternó en el escenario con jóvenes consagrados, y los guitarristas granadinos. El equipo de veteranos, que alternó en el escenario con jóvenes consagrados, y los guitarristas granadinos.

El equipo de veteranos, que alternó en el escenario con jóvenes consagrados, y los guitarristas granadinos.

Tras la inauguración en solitario de Habichuela, Pinilla dio paso a dos leyendas vivas del cante. El uno, emparentado con Manuel Torres, el otro, descendiente de la saga de Paco la Luz: Jose 'De la Tomasa' y Vicente Soto respectivamente. Quiso 'Tomasa' acordarse de la conocida letra de Francisco de Icaza: "Dále limosna mujer/que no hay en la vida/como la pena de ser/ciego en Granada/", a la que el cantaor adornó adaptando a su antojo para dar paso a la soleá por bulería. Ambos artistas se acordaron de Antonio La Peña, de Frijones y de La Moreno en el desarrollo estilístico bebiendo de las fuentes de las que nacen sus conocimientos cantaores.

El contrapunto generacional apareció por seguiriyas: el trío Campos-Morente-Méndez fundieron los metales de bronce de sus gargantas viajando a Jerez, acordándose de Manuel Torres, de Paco la Luz, de Curro Durse, de Manuel Molina y de Joaquín Lacherna (versión Tomás Pavón por parte de Méndez) en la música trágica y telúrica que emulan las letras del cante. Sin duda, esta generación afronta con responsabilidad el encargo de mantener el cante vivo y dejarlo al servicio del clasicismo estético.

Manolo Caracol fue gaditano, heredero de una de las sagas más prolijas de cantaores y toreros. Y de esa gaditanía hubo también representación generacional: de un extremo Juan Villar y Rancapino y del contrario Antonio Reyes. Se encomendaron a los duendes por soleá, detenida en Alcalá y mirando a Joaquín de la Paula. Reyes es la voz dulce almibarada que contrarresta la voz rota y frágil de Rancapino. En el centro de la balanza Juan Villar como eslabón entre ambos, que acabó llorando cuando Rancapino apenas hizo el primer tercio de su cante. Y no es para menos. El hilo frágil de su voz perdurará entre la arboleda de la Alhambra durante siglos.

Una nota discordante desde el punto de vista musical vino por fandangos. Aún entendiendo que no es óbice comparar el concurso y su conmemoración, este cante fue lo más alejado de todo cuanto representaba la pureza del cante que reivindicaban Falla, Cerón, Lorca y el resto de compromisarios intelectuales. Empero, viajar al cante de Antonio 'de la Calzá' en la garganta profunda de Rancapino, al del Rubio en la voz de Tomasa o Villar en una versión personal del aquel fandango que popularizara 'Agujetas de Jerez' bien valdría el jaleo histórico de la Macarrona: ¡¡L´apoteosi!!

El fin de fiesta vino por bulerías. Deslucidas y desorganizadas, hubo que pararlas a cada cantaor para ajustar el tono y la cejilla a cada uno de los cantaores, salvo Rancapino que tuvo que abandonar el escenario al comienzo. Nos quedamos con las creaciones personales de los protagonistas que acudieron a su repertorio más popular para sentar cátedra. Villar con su 'Amanecer en el campo' y 'Bella'; Tomasa con 'la gallinita en medio del prado'; Méndez acordándose de La Paquera con letras propias, Antonio Campos viró a Jerez en su repertorio y Kiki Morente a las creaciones de su disco y a D. Antonio Chacón, introduciendo la media granaina por bulerías.

En 1922 el duende lorquiano no parece que hiciera acto de presencia a tenor de los resultados. Cien años después, siguió jugando al despiste. Algo similar pasaba cuando cantaba Manuel Torres: podías encontrarte lo mejor o lo peor. En esta ocasión, sí hay que anotar que si en algún momento apareció, lo hizo acompañando a Antonio Campos y Jesús Méndez que no lo dejaron escapar.

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