Crítica del Festival de Música y Danza de Granada

Jóvenes promesas del siglo XXI

  • Klaus Mäkelä y Daniel Lozakovich deslumbran junto a la Orquesta de París

Jóvenes promesas del siglo XXI

Jóvenes promesas del siglo XXI / Diego Sevilla / Photographers (Granada)

El Festival Internacional de Música y Danza despidió la pasada noche a Klaus Mäkelä, director residente en esta edición que ha dejado tras de sí tres magníficos conciertos y una espléndida imagen de su capacidad interpretativa. Para su despedida contó con la Orchestre de Paris, de la cual es asesor artístico y será principal director a partir de septiembre de 2022. Juntos ofrecieron un programa con obras de Ravel, Bruch y Dvorak.

Ya hablé en un artículo anterior de cómo Klaus Mäkelä se perfila como uno de los directores más prometedores del siglo XXI, pero es digno de mencionar igualmente la participación en este concierto del joven violinista sueco Daniel Lozakovich, que por sustitución de última hora ocupó el puesto de solista en el concierto de violín de Max Bruch. Verdaderamente, fue todo un descubrimiento y un acierto del Festival, que además refleja el buen nivel que tiene la música europea en estos momentos.

El concierto se abrió con Le tombeau de Couperin de Maurice Ravel, en la versión orquestal que el propio compositor escribiera a partir de cuatro de los números originalmente escritos para piano. Esta joya de la música francesa, a caballo entre el impresionismo y el neoclasicismo (Ravel nunca gustó de que se etiquetara su música, y jugó a voluntad con los estilos de su tiempo), sirvió para tomar el pulso a la orquesta, que desplegó una riqueza de sonidos y dinámicas muy a propósito para la partitura; especial mención tienen los vientos, y muy particularmente las maderas, a cuyo cálido color el autor reserva pasajes de cierta importancia. Mäkelä y la Orchestre de Paris describieron cada uno de estos cuatro cuadros sonoros con delicadeza y belleza contenida.

Le siguió el virtuosístico Concierto para violín núm. 1 en sol menor op. 26 de Max Bruch, compuesto en 1886 por un ya maduro compositor que se había dado a conocer sobre todo por su música vocal. Daniel Lozakovich abordó la obra con seguridad y brío, además de una madurez interpretativa digna de mención. La obra se caracteriza por abundancia melódica y un virtuosismo que exige al solista un dominio perfecto de la técnica del violín. Desde el primer movimiento, una forma sonata reducida a la exposición temática pero con abundante diálogo entre solista y orquesta, Lozakovich desplegó una sonoridad potente y muy ágil, atento al necesario entendimiento con Mäkelä. El lirismo del violinista fue espléndido en el adagio central, con un único tema adornado y modificado varias veces tanto en la parte solista como en la orquestal. Y para concluir, un vivo Allegro con ritmos y acentos zíngaros, un final brillante y muy animado, que confirmó la destreza y musicalidad de Daniel Lozakovich, quien ofreció fuera de programa una emotiva versión del primer movimiento de la Sonata para violín solo núm. 1 de Johann Sebastian Bach.

La segunda parte del programa la ocupó la Sinfonía núm. 9 en mi menor op. 95 “Del nuevo mundo” de Antonin Dvorak, inspirada durante su estancia en América entre 1892 y 1895. El tema de inspiración americana es utilizado de forma cíclica en los cuatro movimientos, modificando su ritmo o carácter en función de cada uno. La introducción del primer movimiento, con un bello juego entre cuerdas y vientos, da súbitamente paso al tema principal del Allegro molto, vigoroso y muy melódico. Mäkelä supo sacar el máximo partido a la que pronto será su orquesta, que ya conocía previamente, y describió un trabajo motívico en el que destacó los múltiples timbres de la escritura de Dvorak. Las cuerdas de la Orchestre de Paris sonaron empastadas y expresivas, mientras que los vientos estuvieron oportunos en sus múltiples intervenciones tanto para dar color como para glosar el material temático, destacando cómo no el sobresaliente papel del oboe solista. Como ya decíamos en noches anteriores, la dirección de Klaus Mäkelä es precisa y muy efectiva, por lo que no sorprende que extrajera a la orquesta un sonido excepcional.

En el segundo movimiento las trompas, solemnes y poderosas, dieron paso al canto del oboe, que magistralmente expuso el tema de gran belleza que centra todo el discurso; de mayor lirismo y más ligero, esta melodía fue pasando por los distintos timbres, como si un juego de colores se tratara. Klaus Mäkelä abordó el Scherzo desplegando un vivo juego rítmico, y casi sin solución de continuidad dio paso al Allegro con fuoco final con un decisivo attacca. El director mantuvo en todo momento el tempo justo, compensando cada línea del discurso melódico con la precisión de un delineante sobre el papel y describiendo junto a la orquesta una versión magnífica de la sinfonía de Dvorak, que hizo explotar en una prolongada ovación al público congregado en el Palacio de Carlos V. Sin lugar a dudas, Mäkelä ha dejado una impronta poderosa en el Festival de este año, y muy probablemente su meteórica carrera lo vuelva a traer a nuestra ciudad. Hasta entonces, enhorabuena por un trabajo bien hecho.

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