Festival de Música y Danza de Granada, crítica

Una lección de elegancia en torno a Mozart

  • Josep Pons visita este año el Festival como titular de la Orquesta Nacional de España

  • Lo hace con un magnífico programa y acompañado por la pianista Elisabeth Leonskaja

Una lección de elegancia en torno a Mozart Una lección de elegancia en torno a Mozart

Una lección de elegancia en torno a Mozart

Sin duda, la llegada al Festival de Granada de Antonio Moral ha sido muy bien acogida, y muy particularmente en esta edición tan complicada en la que la emergencia sanitaria del COVID-19 ha obligado a posponer las fechas de celebración de este evento granadino y amoldar su oferta a una temporada de transición en la que ha sido necesario prescindir de grandes conjuntos internacionales. Pero si alguien podía adaptar con tanta premura una programación tan importante como la del Festival granadino y sacar adelante una edición con conciertos estivales sugerentes y de gran calidad pese a las limitaciones es precisamente el nuevo director, una persona de gran experiencia tanto en la programación como en el mundo de la crítica musical.

Entre los aciertos de Antonio Moral de este año hemos de agradecerle la presencia en Granada de nuevo del binomio Josep Pons-Elisabeth Leonskaja. Ambos artistas son todavía recordados por la magnífica integral de los conciertos para piano y orquesta que ofrecieron junto a la OCG, pese a que ha llovido ya mucho desde entonces. Hoy es Mozart quien les une, bajo una estrellada noche estival en la que la suave brisa tornó amable el patio de butacas del Palacio de Carlos V. El genio de Salzburgo fue el eje conductor de esta velada, que se inició con la interpretación de la Sinfonía núm. 27 en sol mayor K. 199. Esta obra, todavía de juventud, anticipa lo que va a ser el sinfonismo maduro de Mozart, y sirvió a la Orquesta Nacional de España y a Josep Pons para templar atriles en una correctísima versión de la misma, dentro de estilo y con sonoridades frescas y dinámicas.

Pero sin duda uno de los momentos esperados de la velada, y yo diría que del Festival de este año, fue la presencia en el escenario de la gran Elisabeth Leonskaja, cuya actitud y semblante siguen despertando la misma dulzura y elegancia que en los inicios de su prologada y exitosa carrera. Con aparente sencillez y una bella sonrisa intuida en sus ojos (la obligada mascarilla no nos dejaba ver mas) ocupó su lugar preferente al piano, junto a Josep Pons, y con una mirada cómplice apenas imperceptible ambos dieron luz verde a la interpretación del Concierto para piano y orquesta núm. 20 en re menor K. 466.

El arrebato de la orquesta en los primeros compases, exponiendo la unidad temática principal del primer movimiento, fue recuperado con fuerza expresiva por la Leonskaja, en un ejercicio de discreto y perfectamente ensamblado diálogo entre ambas unidades sonoras. El virtuosismo de gran elegancia de la pianista se hace casi imperceptible en su interpretación, siempre equilibrada y aparentemente ajena a todo esfuerzo físico; sin embargo, el oído percibe precisos y exactos los sonidos que emanan del teclado con un balance y musicalidad dignos de una maestra de la interpretación.

Es por esta cualidad, la de hacer fácil lo complejo, por lo que el que escribe siempre ha apreciado sobremanera la interpretación de Elisabeth Leonskaja, una pianista con clase, maestría y una capacidad sublime de adaptación al repertorio, que demostró en todo el primer movimiento y muy especialmente en las cadencias, eligiendo para la ocasión las que Beethoven escribiera para este concierto. Si el primer movimiento fue impresionante por su fuerza y dinamismo, no menos efectista fue su interpretación del Romance, en el que su entrega a sus bellas melodías al teclado la convirtieron en protagonista principal. Leonskaja y Pons construyeron un Rondó-Allegro assai ágil y muy expresivo dentro del intenso y bello diálogo entre orquesta y solista, en una dialéctica muy propia del Sturm und Drung mozartiano que despertó nada más terminar los aplausos y bravos del público asistente, reducido al 60% del aforo en la edición de este año.

La pianista, visiblemente emocionada y satisfecha con la interpretación propia y de la orquesta, salió varias veces a saludar ante una audiencia que no acalló su ovación hasta verla sentarse en al piano, en el que ofreció como obra fuera de programa el preludio La puerta del vino de Claude Debussy, que el compositor impresionista conoció gracias a una postal enviada por Manuel de Falla.

La velada concluyó con otra obra mozartiana de gran expresividad, la Sinfonía núm. 40 en sol menor K. 550. Sin duda, la puesta en atriles que esta noche ofreció Josep Pons de la más conocida sinfonía mozartiana ha sido una de las mejores versiones que ha vivido el Festival de Granada. Desde los primeros acordes el pulso del director fue dinámico y rotundo, ofreciendo la necesaria fuerza y emotividad requeridas por la partitura. Es difícil ofrecer en una obra tan interpretada una visión fresca, pero Pons y la Orquesta Nacional lo consiguieron, compensando los efectivos tímbricos en cada movimiento y resaltando sus bellos y diáfanos discursos melódicos. La maestría del director, el buen hacer de la concertino Lina Tur Bonet y la técnica depurada de los profesores y profesoras de la ONE fueron el secreto del éxito en esta velada, en la que las pinceladas sonoras y la importancia del juego tímbrico fueron notas de genialidad que contribuyeron a construir una estupenda interpretación de la obra. Director y orquesta recibieron una prolongada ovación, que hizo vibrar el Palacio de Carlos V con calidad y calidez.

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