Seong-Jin Cho | Crítica Del virtuosismo y de la poesía

Seong-Jin Cho.

Seong-Jin Cho. / Fermín Rodríguez (Festival de Música y Danza de Granada)

Tercer premio en el Concurso Chaikovski de Moscú a los 17 años y en el Rubinstein de Tel Aviv a los 20, ganador absoluto del Premio Chopin de Varsovia a los 21, Seong-Jin Cho (Seúl, 1994) pertenece a esa generación de pianistas orientales que en las últimas décadas se ha aupado a un puesto de honor en los escenarios internacionales. Él es en su país un auténtico héroe nacional, con un impacto social equiparable al que Lang Lang o Yuja Wang tienen en China. El tópico los quiere ágiles, virtuosos, pero fríos, un punto extravagantes y atrevidos en el vestir y encumbrados gracias al márquetin de las grandes compañías de discos. Cho es desde 2015 artista exclusivo de Deutsche Grammophon, donde deja casi un disco al año, evita la etiqueta más clásica, pero viste de negro riguroso y su virtuosismo queda fuera de toda duda al ver la aparente facilidad con la que resolvió el tremendo programa que trajo a Granada.

Ese otro tópico, el de la frialdad, el de la falta de hondura espiritual, se deshizo enseguida, nada más oír su asalto al Schumann pianístico más libérrimo, el de la Humoreske Op.20, obra que parece hecha a jirones, pues se construye mediante episodios que, más allá de las inesperadas repeticiones y la amalgama de una armonía unificadora, pasan del encanto melódico (ese arranque de una sencillez casi infantil) al humor gamberro, de la risa gozosa al llanto, de la elegancia al arrebato, y todo ello envuelto en ese brío rítmico tan schumanniano que Cho reprodujo a la perfección. Su visión fue la de un romántico elocuente y seductor, atento sobre todo a la expresión cambiante de las emociones, juguetón con los escorzos que le permite la partitura y que, a través de una gran variedad de matices agógicos y de un imponente relieve dinámico, le permitió crear un auténtico caleidoscopio sonoro que es casi más poético que musical.

Considerada una de las obras más virtuosas de la literatura pianística, Gaspard de la nuit se ha convertido en un auténtico hit parade de los últimos años. Su continua programación en recitales y grabaciones deja ver el progreso enorme de la técnica de los pianistas en las últimas décadas. La magna obra de Ravel parece funcionar ahora como piedra de toque para los jóvenes, como un rito de paso para entrar en la hermandad pianística internacional. Cho brindó de la obra una versión impecable en lo técnico, volcada del lado más romántico y colorista, el que sigue con pretensiones de pintura programática los fantasiosos y medio surrealistas poemas en prosa de Aloysius Bertrand en que se basa el tríptico, quizás algo más ajena a los signos modernistas que Ravel plantó en su partitura. Su Ondine fue pura agua fluyendo, cayendo en torrente, cantando; Le Gibet, un cuadro siniestro, con ese si bemol en ostinato de las campanas siempre en muy primer plano, algo más difusa la rica progresión armónica de la pieza; Scarbo, un prodigio de claridad, de energía rítmica y de matización dinámica con un final sugerente y misterioso.

Y quedaba Chopin, que en los primeros años de carrera parecía ser la auténtica especialidad de Cho. Lo confirmó de sobra con una integral espectacular de los Scherzi. Fue el suyo un Chopin de detalles finamente cincelados sobre una sólida línea general, lleno de claroscuros, de escarpado relieve (otra vez un tratamiento variadísimo de las dinámicas, con un fabuloso control sobre las gamas por debajo del mezzoforte), profundo, claro, poderoso, con el canto siempre bien destacado y enriquecido por un color armónico por momentos visionario y sustentado en buena medida en el uso sutil del pedal de resonancia, un Chopin de fraseo flexible, pero nunca amanerado por el recurso excesivo al rubato, un Chopin vibrante, fogoso, pero también lírico y poético, una poesía que alcanzó su exquisitez suprema en la sección central del Scherzo nº4 y que el pianista coreano extendió luego en la propina con un inefable Nocturno Op.9 nº2 de tan seductora como hiriente intimidad.

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