Festival de música y danza | Crítica

Varas de nardos a la orilla del río

Carmen Linares, en su actuación de anoche en los Córdova. Carmen Linares, en su actuación de anoche en los Córdova.

Carmen Linares, en su actuación de anoche en los Córdova. / Festival Granada / Fermín Rodríguez

La gran dama del cante, la cantaora enciclopédica (como decía nuestro desaparecido Juan Bustos), la del sonido irremplazable, la de las personalidades y las acumulaciones, la todoterreno, la única sobre la que pesa la palabra “maestra”, dueña, dama y señora de las lindes del cante de nuestro tiempo, estuvo en Granada. Y vino a desplegar su generosa espuerta de creaciones sobre una tierra que la quiere, ataviada con traje negro y un mantón rojo que, a juego con el verde de los cipreses, emulaba a la bandera granadina que ondeaba tras los muros de aquel palacio. Con un público de escucha fría pero atenta, la de Linares, arropada por un séquito de primeros espadas, detuvo las aguas del río Darro cantándole a la noche bajo una galaxia de luceros.

El recital de Carmen Linares fue un canto a la vida, un canto al optimismo, un simposio de energía positiva con un repertorio pulcro y de textos minuciosamente seleccionados con altísimo sentido poético. (Para que muchas y muchos tomen nota). Sus antológicas cantiñas de Cádiz continuaron el recital. Aquí, se recreó en los aires de las grandes creadoras que homenajeó en su magna antología del 1996, más las rosas, más los coros de las dos voces femeninas, ajustadas a los cánones sonoros de la maestra, que espolearon con gracia un cante redondo. Carmen se rebusca en los tonos medios y bajos, quiebra dulcemente su dolorosa voz y ajusta su afinación milimétrica a las armonías de dos guitarras de postín, que elevaron la noche a la altura de los palacios nazaríes.

Carmen Linares. Carmen Linares.

Carmen Linares. / Festival de Granada / Fermín Rodríguez

La corte de músicos de gran altura que arropaba a la cantaora, consiguió un sonido cálido y un ambiente íntimo que resultó delicioso. Turno ahora para el poeta Miguel Hernández, sobre una base melódica donde cobraron vida propia el piano y el contrabajo. El himno de su provincia, Jaén, dicho por Miguel, y versionado por esta jienense universal sobre los aires de las antiguas peteneras y un remate tarantero al estilo del Frutos de Linares. De poeta a poeta, bajo la mirada atenta de la Torre de la Vela, la cantaora de tierras mineras dio vida a los versos de Federico y las músicas de su compadre Enrique Morente en la Leyenda del tiempo que, resuelta por el piano de Pablo Suárez, conformó uno de los momentos más sublimes de la noche.

En aires de Tonás sonaron los versos de Juan Ramón Jiménez y José Ángel Valente, con la añadidura del baile de Vanesa Aybar que, vertido en las aguas de una seguiriya mansa, memorable y evocadora, alcanzó su mayor plenitud en la intensa subida final. Los músicos se quedan solos en el escenario para que Salvador Gutiérrez abriera la reliquia de su toque solista rememorando a Paco de Lucía en un tema lanzado directo al alma de los oyentes con los jipíos de ‘Canción de amor’ y una bulería de cosecha propia. Tras la ovación y un silencio que se diluyó en la oscuridad, Carmen Linares da paso a Miguel Ángel Cortés y Marina Heredia que la acompañarían para abordar una sugestiva soleá que meció en los dulces ecos de la Serneta, con guiños chaconianos, y que Marina llevaría por Alcalá, Triana y Cádiz.

El mástil de la guitarra de Miguel Ángel Cortés apuntaba para la cueva del Sacromonte en la que nació, y presentimos que se acercaba otro de los hermosos momentos de la noche: el acometimiento de los cantes por tangos. Carmen Linares tuvo unas emotivas palabras para un artista granadino sentado en primera fila: “Este cante va dedicado al rey de los tangos de Granada, Curro Albayzín, que nos los ha enseñado a todos”. Y con ese preludio, Miguel Ángel Cortés, lince de los trastes y las falsetas imposibles, aportó todo el sabor del Camino del Monte. Carmen se recrea en algunos de sus tangos más conocidos y registrados en sus primeros discos. Después se acuerda de la de los Peines y entra de lleno en Granada, para dar paso a Marina Heredia. Arrebatada por la pasión, Marina se rompe en los tercios valientes y se desenvuelve en distintos estilos sacromontanos. Marina jugó un papel discreto y respetuoso con la maestra linarense, aportando con serenidad un regusto de peroles a la apacible noche.

Viraje a Huelva, hacia Moguer, con Juan Ramón Jiménez y los cantes fandangueros de aquella tierra en los que Carmen da el sitio a Ana González y Rosario Amador, que interpretan uno cada una. Pone el broche de oro la maestra con unos tanguillos de Cádiz y unos cantes por alegrías que serían bailados nuevamente por una exultante Vanesa Aybar, ataviada con bata de cola roja. Miguel Hernández de nuevo presente en esta versión de Las vendimiaoras. La ovación del público lleva a la de Linares a acometer un bis de remate lorquiano con la Baladilla de los tres ríos y el Anda Jaleo, donde brillaron los diálogos entre las dos guitarras (Gutiérrez y Espín) y la voz de la gran dama alcanzaba el clímax de la noche. Con ese buen gusto a varas de nardos, una de las flores favoritas del poeta de Fuente Vaqueros, nos despidió la de Linares a la orilla del Darro.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios