Pasado con presente incluido

Dolores Montijano, la pintora que le habla a las plantas

  • Su innata modestia le impide reconocer que ha sido una mujer clave en la pintura y el grabado en Granada 

  • Conoció a Picasso en un homenaje a Rusiñol en París, en donde expuso uno de sus cuadros

  • Por su taller han pasado cientos de jóvenes sedientos de creatividad

Dolores Montijano, en su taller de pintura Dolores Montijano, en su taller de pintura

Dolores Montijano, en su taller de pintura / A. Cárdenas

Hace poco la pintora Dolores Montijano fue ingresada en la UCI por una rotura de costillas y, como consecuencia, por un encharcamiento de pulmones. Dice que estando allí, entubada en la cama, pasaba el rato pintando con la imaginación las radiografías que miraban los médicos o cualquier detalle del cuerpo humano por el que se interesaban los galenos. Otro día se entretuvo describiendo con la mente el mobiliario de la habitación para pasarlo a un texto. También se imaginaba la vida de los enfermos con los que compartía sufrimiento.

Dice que aquellos duros momentos los pudo soportar gracias a la imaginación. La misma imaginación que utilizaba cuando era niña y se tendía en una caja de cartón para ver llover para arriba o para observar a un Cristo de Martínez Montañés que, colgado sobre su cama, le mojaba la cara de sangre que le salía de su costado. La misma imaginación que ha utilizado a lo largo de toda su vida para interrogar al entorno en el que ha vivido y conseguir con su obra una poética de lo no visible en que lo real se ha aproximado a lo asombroso.

Se necesitan muchas jornadas de pincel y miles de horas de tórculo para que una pintora y grabadora acabe confundiéndose con la obra que ha imaginado. “¿Sabes mi último autorretrato lo que es? Una alcantarilla. Las personas somos un poco como las alcantarillas. Por nosotros pueden fluir tanto las aguas fecales como las aguas limpias de la lluvia. Hace poco me asomé al balcón y vi una alcantarilla en la que entraba agua. Enseguida me vi reflejada en ella”.

En realidad se llama Dolores Serrano Ruiz y nació en Alcalá la Real en 1934

Y es que la pintora elige un detalle, un destello, una sombra irrepetible y elabora con esos condimentos una acepción nueva de la realidad. Cuando le pregunto si tiene una idea de los que cuadros que ha pintado en su vida, su boca emite un ¡uf! que suena a despreocupación y hartazgo.

Una foto en su juventud Una foto en su juventud

Una foto en su juventud / A. Cárdenas

Sin embargo, cualquier biografía apurada de las que se leen en Intenet te dice que ha presentado obras en más de 23 exposiciones individuales y más de 300 colectivas en muchas capitales de España y del mundo. Y que tiene obras colgadas en el Museo Español de Arte Contemporáneo, en la Galería de Arte Contemporáneo de Santo Domingo o en el Ermitage de San Petersburgo, por decir algunas pinacotecas importantes.

También los premios le han perseguido, aunque su modestia es tal que ni siquiera los recuerda. Original y rompedora de cánones establecidos, apasionada del arte y de la creación como tal, ha ido cerrando etapas artísticas en su vida hasta llegar a verse reflejada en una alcantarilla.

En la calle Molinos

Dolores Montijano se llama en realidad Dolores Serrano Ruiz (se me olvidó preguntarle por qué lo de Montijano, pero lo haré la próxima vez que hable con ella). Nació en Alcalá la Real en 1934.

Durante la guerra se quedó huérfana porque a su padre lo mataron los republicanos. Dice que fue asesinado simplemente porque en su casa había un pequeño refectorio donde oía misa todos los días y porque era muy amigo del párroco. De su padre solo le queda el recuerdo de tomarla en su brazos o verlo sentado en el sofá de casa diciéndole que le sacara del bolsillo la petaca que, por mucho que la cambiara de su sitio, ella siempre sabía dónde estaba.

–Mis dos hermanos y yo crecimos al amparo de mi madre, que con 16 años ya era maestra, algo muy impropio en aquella época. Recuerdo que mi madre no hablaba siempre con metáforas y como si estuviera contándonos cuentos. Yo creo que fue ella la que despertó en mí esa innata curiosidad que tenía por todo. Me gustaba la pintura, la música, la escritura… De niña mi madre me puso a dar clases de piano con Clotilde Pulido, que tocaba nada menos que en la Orquesta Nacional. Lo que ella, mi madre, quería era que aprendiéramos muchas cosas, pero nunca pensaba en la recompensa de un título.

Con sus dos hermanos. Dolores es la de la izquierda. Con sus dos hermanos. Dolores es la de la izquierda.

Con sus dos hermanos. Dolores es la de la izquierda. / A. Cárdenas

Dolores me cuenta todo esto en su piso de la calle Molinos, donde vive desde hace muchos años. Estamos en el salón de la vivienda, que bien pudiera pasar por la sala de un museo porque mires por donde mires te encuentras arte: cuadros de amigos, grabados de su primera época, bustos escultóricos moldeados por ella... Dolores ha venido hacia mí apoyada en un andador y se ha sentado en una butaca a mi lado. Tiene nariz griega, los mofletes fofos por la edad y unos ojos profundos y vivos en los que anidan lo colores con los que ve la vida.

Tiene obras colgadas en el Museo Español de Arte Contemporaneo, en la Galería de Arte Contemporáneo de Santo Domingo o en el Ermitage de San Petersburgo

En la conversación está presente el marido de Dolores, Tomás de Córdoba, con el que lleva casada 64 años. Afuera está lloviendo pero nosotros atemperamos las inclemencias del tiempo con un té con leche caliente y unas tortas de Inés Rosales que ha sacado Tomás.

Dolores habla con voz rotunda y segura, una voz que a veces se quiebra cuando hay de por medio un recuerdo luctuoso o un episodio de su vida que prefiere olvidar. Su marido mete baza de vez en cuando para precisar cualquier detalle, fecha o personaje, con lo que se gana el reproche moderado de ella y la mirada benevolete del interrumpido. Me cuenta que su infancia fue feliz a pesar de los condicionantes de la guerra. Ya se sabe, aquel tiempo de comer algarrobas que te dejaban la boca llena de llagas; el tiempo de misas, rosarios, velatorios y lutos interminables; el tiempo en el que las mujeres se escandalizaban si veían una reproducción de la Venus de Milo y el tiempo en que las madres huían de las bombas con sus hijos en brazos en busca de un escondite.

Dice que ya por entonces pasaba el tiempo mezclando los productos que encontraba para sacar colores con los que pintar sus primeros dibujos. Los juegos con sus hermanos eran permanentes y ella era capaz de estar horas perdida porque su imaginación la llevaba a cualquier parte que no fuera la realidad. Hasta que llegó el gran cambio en su vida. Fue cuando su madre se casó de nuevo y el consejo familiar, por llamarlo de alguna forma, decidió separar a los hermanos.

Todo esto lo cuenta en un libro autobiográfico que escribió y que se titula La Casa, en la que narra de manera novelada su vida en aquella mansión solariega alcalaína con sus tías. Ahora lo recuerda con un punto de tristeza en su mirada.

–La separación de mis hermanos fue muy dolorosa. Como mi madre se casó por segunda vez, la familia decidió que los hermanos debíamos separarnos. Una locura. Para las gentes de aquella época, casarse, como lo hizo mi madre, en segundas nupcias, aunque hubiera enviudado, no tenía perdón de Dios.Después Dolores viviría temporadas en Granada y Sevilla. Y ya como adolescente pensaba que su vida pasaría irremediablemente por la creación. Dice que su mente ya notaba el enorme deseo de aprender cosas nuevas, distintas. Fue cuando contactó con varios artistas que le dejaron una imborrable huella en su espíritu de creadora.

–Conocí a Carlota Leontina Malafant, que había sido profesora de la Escuela de Bellas Artes de Buenos Aires. Recuerdo que fuimos un día al campo y propuso pintar algo. Le dije que no tenía nada con qué pintar y me contestó que no hacía falta, que había papel de estraza. Las espigas quemadas y machacadas las utilizamos como carboncillo y los colores los sacamos de las florecillas silvestres. ¡Y fue así como pinté seguramente el mejor cuadro de mi vida!

Taller de grabado

En 1955 Dolores se casa con su novio de toda la vida, Tomás De Córdoba, y en 1969 viaja a París donde conoce al mismísimo Picasso en un homenaje a Rusiñol en el que expuso una de sus obras.

En 1971 el matrimonio y sus cuatro hijos –aún no había nacido su hija Alejandra– se instalan en el piso de la calle Molinos, el mismo en el que se desarrolla esta charla. Ese mismo año ingresa en el mítico taller de grabado de la Fundación Rodríguez Acosta, que estaba dirigido por José García de Lomas.

–Pepe Lomas, como lo llamábamos, era un gran artista. De él aprendí mucho. Por aquel taller pasaron Manuel Maldonado, Teiko Mori, Miguel Rodríguez Acosta, Manuel Ángeles Ortiz, Manuel Kaiser, Pepe Guerrero… Allí estudié las técnicas clásicas y modernas del grabado y me aficioné a este arte, que ya nunca he abandonado.

En la exposición '50 en tertulia', con Carmen Juan En la exposición '50 en tertulia', con Carmen Juan

En la exposición '50 en tertulia', con Carmen Juan / A. Cárdenas

Dolores se adelanta así a su tiempo y consigue entrar en el olimpo en el que moran los dioses masculinos que se dedican al arte. Ya no es una desconocida, ya es una artista de pies a cabeza que funda su propio taller en el que da clases a jóvenes sedientos de creación. Además funda grupos y movimientos artísticos que serán referencia en el panorama cultural de Andalucía.

Su obra comienza a ser valorada y no hay exposición colectiva que se precie de importante si no va en ella alguno de sus cuadros. Su manera de grabar en cualquier material del que puede sacar partido estético y artístico es reconocida en el siempre difícil mundo del arte.

–He sido siempre muy inquieta. Cuando conseguía dominar una técnica me iba a otra. Y luego a otra. A veces he visto cosas que he hecho de una determinada manera y me he preguntado por qué no he seguido por ese camino y he preferido ir por otro. Pero soy así, qué se le va a hacer.

Está ya entrada la noche cuando Dolores me propone visitar su taller, que está en el piso de enfrente. Allí no cabe un alfiler que caiga de punta. Los cuadros, las pinturas, los grabados, el tórculo… En cualquier pequeño espacio hay una muestra de su actividad como pintora y grabadora.

También hay libros y álbumes de fotografía. Le pregunto qué pasó con aquella famosa serie titulada 50 en tertulia que se inauguró con gran éxito primero en la Casa de los Tiros y luego en Alcalá la Real. Se trata de 50 retratos en diseño vertical en los que los personajes parecen entablar un diálogo con la pintora. Por si ustedes no se acuerdan, es una serie en la que hay pintados desde artistas universales u hombres de la cultura española como Pío Baroja, Manuel de Falla, Picasso o García Lorca, hasta alcalaínos como la bibliotecaria Carmen Juan Lovera, pasando por artistas granadinos como Elena Vivaldi, Carlos Cano o Luis García Montero.

–Esa serie se quedó el Ayuntamiento de Alcalá la Real con ella y está expuesta en el Teatro Martínez Montañés. La verdad es que me quedó bien y estoy orgullosa de ese trabajo. Resultó original pintar a tantas personas que he admirado y admiro.

Ahora los días de Dolores son tranquilos. Dice que se levanta a las doce porque tiene que estar algunas horas de la mañana atada a una máquina que le proporciona el oxígeno que a sus pulmones les faltan. (“Esto es consecuencia del fumeteo”, me dice con los dedos índice y corazón sujetando un cigarrillo imaginario). Después de desayunar sale al balcón de su casa a dar un paseo y a hablar con las plantas.

–Me confieso con ellas. Las acaricio y les hablo. Veo el verde de la vegetación y el sol reflejarse en las ventanas y le doy gracias a Dios por haber vivido un día más. Me siento una privilegiada porque abro un grifo y veo que cae agua. Amo la comida, aunque ahora la tenga que tomar muy hervida y sin sal.

Lo único que echo en falta es no poder salir y relacionarme con jóvenes artistas, saber qué piensan y en qué campos están trabajando. Pero esto es así, dejas de estar en los sitios y de relacionarte con gente y te hundes en el olvido. Para mis hijos soy ya una anciana que necesita muchos cuidados, pero me niego a la inactividad absoluta. Mi mente está muy activa aún y ya he dicho que cuando esté mejor me pongo a pintar de nuevo.

–¿Todo eso les dices a las plantas, Dolores?

–Todo eso.

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