• Granada, prolífica en tabernas y lugares dedicados al bebercio, tiene una nómina interesante de famosos borrachines y pintorescos ajumados

  • En Granada, Malcom Lowry pergeñó, entre los claros de sus borracheras, lo que luego sería su obra maestra: ‘Bajo el volcán’

Cosas de Granada

Queridísimos borrachos (1)

Los borrachos, de Velázquez Los borrachos, de Velázquez

Los borrachos, de Velázquez

Escrito por

Andrés Cárdenas

EL borracho siempre ha tenido un lugar privilegiado en la literatura porque, entre otras cosas, muchos escritores han conseguido escribir obras maestras estando hasta arriba de alcohol. Ya hablé hace poco en una de mis columnas que O. Henry consiguió escribir uno de los cuentos considerados más bellos de la literatura –Los tres Reyes Magos– en solo tres horas y totalmente borracho.

Dicen de Faulkner, el gran renovador de la literatura americana y premio nobel, que no escribió ni un solo día de su vida estando sobrio. Fernando Pessoa se ponía ciego de aguardiente antes de ponerse a juntar versos. De lo más orgulloso que se sentía Dylan Thomas era de haber batido el récord por beber 30 pintas de cerveza de una sentada. Rimbaud y Verlaine se bebían la absenta como el agua. Los existencialistas franceses soplaban calvados por un tubo. Hemingway, Scott Fitzgerald y Bukowski no eran capaces de ponerse delante de un folio en blanco si no estaban piripis.

Malcom Lowry vivió en Granada a comienzo de los años treinta Malcom Lowry vivió en Granada a comienzo de los años treinta

Malcom Lowry vivió en Granada a comienzo de los años treinta

En 1933 vino a Granada el escritor inglés Malcom Lowry, famoso por la novela Bajo el volcán y por las enormes cogorzas que pillaba. Aquí se alojó en una pensión llamada Villa Carmona, muy cerca de la Alhambra. Lo trajo a Granada su amigo y tutor literario Conrad Aiken y fue en las tascas granadinas y en el Sacromonte donde descubrió el Anís del Mono, mucho mejor, según él, que la absenta a la que estaba acostumbrado. Recorría las calles de Granada con un aspecto que descubría su verdadera afición: la de la botella. No llevaba calcetines ni cordones en los zapatos porque difícilmente podría atárselos y por cinturón usaba una corbata, algo mucho más práctico y fácil de abrochar. Por lo visto este hombre se metía en líos allá donde iba y su amigo Conrad solicitó al gobernador que el escritor fuera acompañado por una pareja de guardias civiles. Tenía el escritor los ojos claros y helados, el bigote fino y era aficionado al tenis, al ukelele y a la botella. Y a pesar de ir siempre de bolinga en bolinga, escribió una de las novelas considerada como obra maestra de la literatura. Lowry, de padre inmensamente rico, conoció en la Alhambra a Jan Gabrial, aspirante a actriz y escritora y que se convertiría el gran amor de su vida. Sabemos de la estancia de ambos en Granada por un texto que escribió Antonio Muñoz Molina sobre ellos. Cuenta el escritor ubetense que nombres de Granada brillan en las páginas sombrías de la novela: la Alhambra, el Generalife, un bar llamado Hollywood. Los personajes inventados, Yvonne, el cónsul Geoffrey Firmin, comparten los recuerdos de Malcolm Lowry y Gabrial, que en la mañana del 20 de mayo dieron por primera vez un paseo juntos por los jardines del Generalife. Después de estar en Granada, se casaron, pero el matrimonio duró poco porque Lowry, además de ponerle los cuernos continuamente, no era lo que se dice un hacha en la cama. Cuando murió el famoso dipsómano, Gabrial publicó unas memorias en las que recordaba su paso por la pensión Carmona de Granada. Dice que una noche Malcolm Lowry irrumpió en su cuarto borracho perdido y se echó sobre ella diciéndole que estaba enamorado y unos segundos después se quedó quieto y aturdido, abochornado por una eyaculación precoz. Lo dicho, genial como escritor, pero un desastre de hombre. Fue en Granada donde empezó a escribir Bajo el volcán.

El caso es que cada borracho lleva siempre dentro de sí una historia digna de ser contada. Y cada ciudad ha tenido el ejemplo de un vecino (o vecina) en casi permanente estado de embriaguez, un beodo que ha formado parte del paisanaje y del decorado humano de sus calles. En mi pueblo me acuerdo de uno que llamaban Antonaya que era un hombre muy popular y un gran bebedor, tanto que raro era el día que no pillaba una jumera. Un día le fue a hacer una entrevista un periodista del diario Jaén que le preguntó si podía aventurar una cifra de litros de vino que había consumido. "No sé, unas dos mil arrobas". Aclaro para quien no lo sepa que una arroba son 16 litros. O sea, que el hombre decía que se había bebido unos 32.000 litros de vino en toda su vida. Cuando oyó eso la sobrina que andaba por allí, le dijo al periodista.

–Diga usted que no, que han sido más.

Y otro que recuerdo es a un tal Perico Guerrero, al que todos llamaban Periquito Ponche y que se paseaba por el pueblo con bombín y una chaqueta muy larga. Era asiduo de tabernas y garitos de mala muerte y lo que se ganaba escribiendo cartas a los que no sabían leer ni escribir se lo gastaba en vino. Cobraba a diez céntimos la cara de la carta. Como su familia había sido importante en el pueblo, a veces alzaba el dedo índice y pomposamente decía: "Soy don Pedro Guerrero Sáenz Blanco y Pretel Butibamba y Butibarrena". Contaban de él que un día que estaba sentado en un banco con varios amigos, se levantó de pronto y les dijo que se iba a su casa a morirse. Al día siguiente se lo encontraron de cuerpo presente tumbado en la cama dispuesto a ser amortajado.

En Granada, como en todos sitios, pues el bebercio no tiene patria ni sabe de ocupaciones, ha habido grandes aficionados al trinquis y de variada catadura que, al menos, han dejado en la gente el recuerdo de una época. Prolífica en tabernas y pintorescos borrachines, nunca ha faltado en la ciudad de la Alhambra personas que han tenido en la bebida una razón para vivir. Así de triste, pero así de real.

En estos capítulos hablaremos de algunos beodos que han dejado un poso en la memoria de los granadinos por sus circunstancias personales, su locura o su ingenio. Personas que bien pudieran haber servido de modelo a Velázquez para su famoso cuadro y que el alcohol tuvo arrinconadas en una penuria en algunos casos no muy alejada de la locura o la mendicidad.

Diligencia que salía de la Acera del Casino conducida por El Reeves. Diligencia que salía de la Acera del Casino conducida por El Reeves.

Diligencia que salía de la Acera del Casino conducida por El Reeves.

García Lorca nos hablaba de El Reeves, el mayoral que tenía una diligencia que cubría el trayecto desde Fuente Vaqueros a Granada. Decía que era muy aficionado al vino y que hacía múltiples paradas en las tabernas que había en el camino. Los viajeros se quejaban de las frecuentes interrupciones en el trayecto porque hacía que el viaje durara mucho. Así que, para evitar protestas, El Reeves se hizo imprimir unas octavillas que distribuía entre los pasajeros y que decían: "Se pone en conocimiento del público de la diligencia que hará cuantas paradas disponga su conductor en los ventorrillos del camino". El Reeves, cuenta García Lorca, tenía una trompeta de azófar que soplaba cuando salía o llegaba a su destino.

–Ya está aquí el Revees –decían lo que oían su trompeta.

–Sin duda. Huele a vino –le contestaban.

Es a él al que le atribuyen la famosa anécdota que tanto ha sido difundida de aquella pasajera no muy agraciada físicamente que en una de sus paradas le reprochó la melopea que llevaba.

–¿No le da vergüenza ir así borracho? –le dijo la pasajera.

–Señora ¡hip!, a mí esto se me quita mañana, pero usted seguirá siendo fea. ¡Hip!

Enrique Padial, en su libro 5 de enero, nos habla de Angel Melgarejo, un viejo menudito que daba vítores a don Juan de Borbón, el conde de Barcelona. Para él era el verdadero rey de España y no dudaba en dar vivas por allí por donde pasaba al abuelo del rey Felipe VI. Y de paso a la Virgen de las Angustias.

–¡Viva el conde de Barcelona! ¡Viva don Juan de Borbón! ¡Viva la Virgen de las Angustias!

Angel Melgarejo no pasó ni un día de su ajetreada vida totalmente sobrio. Dice Enrique Padial que paraba a los coches para enseñarles a los conductores el retrato del conde de Barcelona y exclamar:

–¡Este es el verdadero rey!.

Mariano y el monárquico

Era Ángel Melgarejo uno de aquellos felices mortales de disposición fácil y un tanto bobalicona cuyo mundo era del tamaño de una botella de vino y que odiaban la comida si no iba trasegada por un caldo manchego, a ser posible. En el forro de su chaqueta llevaba siempre innumerables estampas de cristos y vírgenes para enseñárselas a los viandantes. A los que le caían mal, los miraba con casi rencor y les señaba con el dedo índice extendido. "Melgarejo, mariano y monárquico, no faltaba jamás a la solemne procesión de Nuestra Señora de las Angustias el último domingo de septiembre. Cuando las bandas militares comenzaban a hacer sonar el himno nacional, rindiendo honores a la Virgen en el momento en que salía por la Carrera, Melgarejo se cuadraba y saludaba militarmente. Era emotivo todo: el momento y Melgarejo, quien seguidamente buscaba un lugar apartado, humilde, pero lo más próximo posible a la Virgen de las Angustias".

Padial también habla de Juanito 'Pocarropa', a quien tildaba de un "amojamado que se quedó a medio camino entre Alonso Quijano y el pícaro Guzmán de Alfarache, refrito de Séneca y don Nicolasillo". Por lo visto Juanito Pocarropa siempre estaba en una taberna explicando, delante de un vaso de vino, las reformas que había hecho a un bajo que tenía en la calle Elvira. Dice Padial que cuando no tenía ni un duro, filosofaba apoyado en el mostrador de cualquier taberna:

–¡Esto es la hostia! No hay trabajo pa nadie. Vamos a acabar tós en el Auxilio Social. Estos fascistas hijoputas no van más que pa ellos. Y mientras, toós esmayaos.

Pero si le iban bien las cosas, como cuando consiguió alquilar el bajo de la calle Elvira, el discurso era totalmente distinto. Apoyado en cualquier mostrador y con una cerveza delante, daba su mensaje:

–¡Esto zí que es vida! La servesita, la tapilla y… a vivir que son dos días. ¡Y que le den por culo a los obreros, que son toós unos rojos!

Máscaras borrachas, cuadro de Enrique Padial. Máscaras borrachas, cuadro de Enrique Padial.

Máscaras borrachas, cuadro de Enrique Padial.

Los borrachos siempre han dado carácter a una ciudad. Padial se dedicó durante un tiempo a pintar beodos. Incluso tiene un cuadro que se llama Máscaras borrachas donde juntó a unos cuantos aficionados a los vinos peleones y aguardientes de garrafa para elaborar su lienzo. Y lo hizo en el Carnaval porque, según Padial, era la época en que el borracho se redimía de sus penurias y calamidades vestido de cualquier manera.

Cambiaba cuadros por vino

Uno de esos ajumados que le dio carácter a esta ciudad fue Jacobo Calera, un artista muy cachondo e imaginativo que vivió hasta mediados del siglo pasado. Cuenta Antonina Rodrigo que lo conocía todo el mundo y estaba perpetuamente borracho. Jacobo Calera pintaba cuadros de los rincones típicos de la ciudad. "Los hacía por docenas, en serie, ponía los lienzos en hilera e iba pintando los balcones, las macetas, los tejados… Esta clase de pintura era su medio de vida, que hacía por encargo o los cambiaba por vino en las tabernas".

El pintor Manuel Ángeles Ortiz también se acordaba de Jacobo Calera, que estuvo a punto de ser su profesor de pintura porque sus respectivas familias eran muy amigas. Calera, por lo visto, era un tipo con chispa y mucha imaginación. Solía decir que sus borracheras eran muy dignas, que él no era de los de quedarse tirados en la calle porque conservaba siempre una "dignidad vertical".

Cuando juntaba un grupo de amigos dispuestos a oírle, le soltaba su famosa anécdota:

–Yo soy el mejor pintor de Graná, mi realismo es tal que una vez pinté un cuadro imitando un trozo de mármol, lo eché a la fuente de Plaza Nueva y se fue al fondo.

Manuel Ángeles Ortiz contaba otra anécdota sobre él. El día en que el dueño de los almacenes de tejidos El León, de la calle Mesones, le encargó que le pintara en un panel un león que pondría en el tranvía y que serviría de publicidad para su negocio. Calera le preguntó:

–¿El león lo quiere usted suelto o atado?

–Como sea más barato –le respondió el dueño de los almacenes.

–Pues entonces, suelto –concluyó el pintor.

Resulta que a los pocos días de poner el panel en el tranvía, un golpe de aire se lo llevó por delante, pues era de poca calidad. Fue el dueño a quejarse por tal negligencia y Calera le respondió:

–Ya se lo dije. El león se ha visto libre y se ha ido a la selva.

Antonina Rodrigo también habla en sus memorias de Eladio Pericás, un librero y hombre muy culto que era el alma de una tertulia de bebedores muy famosa en Granada llamada la 'Oración de la tarde'. Cuando venía el ocaso del día se juntaban hasta veinte tertulianos en una casa del barrio de la Magdalena a ponerse ciegos de vino. Antonina dice de Pericás que era el "camarlengo de la tertulia no solo por su edad, sino por la gran cantidad de toneladas de vino que había ingerido a lo largo de su vida". Y Manuel Ángeles Ortiz cuenta la anécdota de cuando un día iba con García Lorca paseando por Puerta Real y Pericás, que estaba en la puerta de su librería, le dijo: "Niño, ya sé que has triunfado en Madrid… pero… ¿oficialmente?". Aquello le hizo tanta gracia al poeta que cada vez que tenía éxito en un sitio resaltaba eso de "he triunfado oficialmente".

Y la semana que viene, más.

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