Homenajes con sucios recuerdos
Clama al cielo la falta de un buen lavado con agua clara en las placas homenaje a nuestros granadinos preclaros. Álvaro de Bazán, Alonso Cano, Álvarez de Castro, Ángel Ganivet, Ruiz Carnero
EL agua de Granada es muy útil para limpiar las mil pintadas inoportunas y groseras, los chiclosos lamparones que chonis y colegas dejan estampados en las aceras, las asquerosas vomiteras del botellón dominguero o los malolientes orines de los incontinentes bebedores del vino peleón, pero también gusta presumir de una verdadera Granada limpia que recuerda a sus hijos preclaros lavándoles la cara con agua clara y buen jabón.
Los granadinos que a veces ejercemos de eventuales cicerones ante nuestros visitantes pasamos verdadera vergüenza cuando en plena vía pública nos tropezamos con esas mugrientas placas fijadas en las fachadas de aquellos lugares vinculados a ilustres granadinos, a los que nuestras autoridades rindieron homenaje.
Van a ser verdad las palabras de Manuel Machado cuando dijo aquellos de "Granada, agua oculta que llora". Y tan oculta. La ciudad del agua, la de Sierra Nevada, la de los mil veneros, arroyos y manantiales; la de la Cofradía del Avellano, de las fuentes y los surtidores. La ciudad de los aljibes y pilares, la que presume de la fuente de los Leones y de las Batallas, de las Granadas y los Gigantones, no encuentra un buen caldero de agua limpia para fregar con esmero la memoria de nuestro pasado ya olvidado en esas elegibles placas conmemorativas que se encuentran en emblemáticos rincones del callejero más transitado. Es bueno que hable el agua. Hablan las aguas y lloran bajo las adelfas blancas... lloran las aguas, dejó escrito Juan Ramón Jiménez en el Generalife.
Vengan conmigo a la calle San Isidro, a la Plaza del general Emilio Herrera, a Reyes Católicos, calle Gracia, Afán de Ribera, o a la del Maestro Alonso. Son muchas y aquí no caben todas. Granada entera está salpicada de cartelas que un día sirvieron de homenaje agradecido a la memoria de insignes personajes de nuestra historia local, cuyas fronteras algunos traspasaron y hoy se esconden avergonzadas en percudidas leyendas de ilegibles caracteres que dan grima mirarlas. No es tan caro un balde de agua limpia, una buena pastilla de jabón Lagarto y un hermoso "reondelillo" de esparto. Hagamos que el agua deje de llorar en Granada. Démosle la oportunidad de que limpie, fije y dé esplendor a la memoria de los que fueron ilustres, para que aquellos homenajes dejen de aparecer como cochambrosos recuerdos mantenidos sucios por incultos y tercos herederos más cercanos al abrevadero que al lavadero.
Imposible leer la placa dedicada al pintor Bertuchi en la calle Escutia; no hay quien entienda la sucia cartela de Ángel Ganivet en la Cuesta de los Molinos a pesar de estar a dos metros de un pilar de agua limpia; apenas se lee por ridícula y lejana la de Martín Recuerda en la Plaza de Bib-rambla; pero peor lo tiene la leyenda dedicada al periodista Ruiz Carnero en la calle San Matías; la han puesto en el pie del pedestal tan a ras de suelo que sus letras se "adornan" con la mohosa orina canina. Y algo parecido pasa con el maltratado monumento al general Emilio Herrera, o el de Ibn Tibón en Pavaneras. Hemos visto al Padre Suárez rodeado de chorizos a la brasa; espectaculares chorreones decoran la dedicada a Alonso Cano en la calle Santa Paula; la palma se la lleva la de Fortuny en el Realejo, queda horrendamente orlada con tubos y cables de mil conducciones eléctricas; y no digamos nada del vergonzoso marco metálico de la céntrica cartela dedicada a don Álvaro de Bazán en plena plaza de Isabel la Católica; el metal aparece percudido en violento contraste con el brillante oro del recién embellecido banco "bvecino". Ambos metales están separados por 10 centímetros, pero…ahí se acabó el jabón. Y además… no es cosa mía, que lo haga otro. Y mugriento se queda porque en Granada, aunque el agua abunda, escasea el jabón, falta sensibilidad y falla la memoria.
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