Oficios callejeros
'Busconas', hojalateros, serenos, barberos, cañeros, aguadores: casi todos desaparecieron. Se cambia la calle por el internet o por ese inoportuno que llama por teléfono y te habla de tú a la hora de comer
HABRÍA que empezar hablando del oficio más antiguo, que en las calles de Granada tenía sus puntos claves en el barrio de la Manigua y, luego, entre Piedra Santa y San Matías o en San Juan de los Reyes, calles todas de alusiones santas para que los pecadores fueran indultados. Merodeaban por el centro, eran las 'busconas' y parece ser que siempre encontraban.
De gran utilidad eran los cañeros. Portaban sobre un hombro cubierto con la chaqueta, largas lanzas de caña empalmadas con alambres; el otro hombro descubierto y arremangado permitía dejar un brazo libre para ser introducido en la cañería que había que desatrancar.
En los calurosos veranos era un lujo pasar junto al aguador bajito, de aspecto agitanado, pregonando su agua fresca del Avellano. Lanzaba una repentina exclamación, a modo de toque de atención, y luego su mercancía: "¡Eeehhý el agua!". Era un artista llenando aquel vaso desde la garrafa sobre la espalda sin derramar una gota; diseñaba un gesto muy taurino y, con el gracejo de una chicuelina, hacía coincidir al milímetro la boca de la garrafa con el vaso a medio metro y al estilo de los grandes tiradores de la sidra asturiana. Lo veía por la plaza de Bibarrambla y Mesones. Era para mí un misterio saber cómo fregaba el vaso al cambiar de cliente; pero lo que sí estaba claro es que el agua de aquella garrafa, tapizada de esparto y hojas de hiedra, estaba buenísima, a pesar de no ser del Avellano sino del Pilar del Toro, que estaba más cerca. Si Ángel Ganivet lo llega a conocer no se hubiera ido ni tan lejos ni tan rápido.
maleteros y peinadoras
Junto a la Estación se arremolinaban los maleteros en horas de llegada de los trenes de Moreda; con sus gruesas maromas al hombro esperaban apilar tres o cuatro maletas que cargaban con diligencia hasta la pensión. En las horas libres aliviaban sus dolores con aquellas cutres putillas del llamado Campillo de los Maleteros; expertas en trabajos manuales, veteranas profesoras de iniciación sexual de no pocos adolescentes de la época y 'refugio pecatorum' de los catetos de la Vega, que recalaban en el tranvía de los jardinillos del Triunfo.
Más finos eran los profesionales de la estética y el cuidado personal; se les veía por la calle portando un prudente hatillo con los útiles imprescindibles: peinadoras y barberos para señoras y caballeros. Cómplices de la imagen, las peinadoras, además de conocer la vida y milagros de todo el vecindario, se convertían en consejeras de la alta peluquería; marcaban si era mejor el moño con crepé o el rodete, las ondas o la permanente con rulos metálicos; el tinte, la brillantina o la 'sargatona' (querían decir la 'zaragatona', una hierba de la familia de las plantagináceas de la que se extraía una sustancia semejante a la laca), aunque algunas preferían los huesos de membrillo hervidos; peroý eso sí: dejaban a las señoras perfectamente peinadas y envidiadas por el resto del vecindario, sobre todo si lograban mantener intacto el peinado, empleando por la noche una buena redecilla.
Los barberos domésticos eran capaces de pelar a toda la familia de una sola tacada y con la misma maquinilla; hablaban sin parar y conseguían, no sabemos cómo, darle la razón a todos aunque las opiniones fueran contrarias; rara habilidad que parece haber sido bien heredada por algunos políticos modernos.
limpiabotas y silleros
En las plazas céntricas estaban fijos los betuneros limpiabotas, artistas del dandi y el betún. Todavía queda Miguelillo junto al café Fútbol. Sea por muchos años. Por cualquier calle veías a los arrieros con la arena del Darro camino de la obra. Y en las plazoletas al sol o en los portales de las casas de vecinos trabajaban hojalateros ambulantes, reparadores de ollas desportilladas, lañadores de lebrillos y aquellos silleros trenzando las aneas para dejar los culos como nuevos sin cirugía plástica. Nuestros vigilantes nocturnos eran los serenos; velaban sueños y abrían los portales a los trasnochadores trastornados.
Casi todos han desaparecido. Hoy se prefieren otros portales, los de internet; se cambia la calle por el teléfono con oficios servidos a domicilio por un desconocido que sabe tu nombre, te habla de tú, se empeña en que cambies el móvil y no sé cómo se las arregla pero siempre te llama a la hora de comer.
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