15 de octubre de 2018, el día que el Kiki mató al agente Arcos

Dos años de recuerdo de una huella imborrable y de espera para hacer justicia por el agente Arcos

  • El Kiki será juzgado por un jurado popular el próximo mes de noviembre por el asesinato del guardia civil José Manuel Arcos al que arrebató la vida de un disparo el 15 de octubre de 2018

La despedida durante el funeral del agente Arcos tras su último servicio. La despedida durante el funeral del agente Arcos tras su último servicio.

La despedida durante el funeral del agente Arcos tras su último servicio.

Eran poco antes de las cuatro de la mañana cuando sonó la radio en el coche patrulla. El deber llamaba tras un robo y una fuga. A priori era un servicio más -otro de tantos-, que finamente hizo que todo cambiase. Que tres horas después todo se detuviese por completo y que ahora, dos años más tarde y a expensas de que se celebre el juicio, aquello aún siga fresco en la memoria, no solo de la Guardia Civil, o de la agente que vio cómo dejaban gravemente herido a su compañero y que supo cómo horas después fallecía en el hospital sin que ella hubiese podido hacer nada, o de la familia y amigos de la víctima, sino de todos los granadinos. El 15 de octubre de 2018, el agente Arcos fue asesinado de un disparo en Huétor Vega por el Kiki, un conocido delincuente que el próximo mes de noviembre tendrá que enfrentarse a la justicia.

José Manuel Arcos fue una persona de las que lo daban todo por quienes tenían alrededor. Era un veinteañero, aún no sabía bien qué iba a ser de él en el futuro y ya esperaba a su primer hijo con la que luego sería su mujer, Raquel, cuando su suegro, agente de la Guardia Civil, le dio una solicitud para que se postulase a ingresar en el Instituto Armado. Esa decisión cambió su vida por completo, puesto que descubrió su verdadera vocación: ayudar a los demás.

Sin ayuda -ni siquiera de academias-, se preparó la oposición por sí solo y con 23 años ya vestía de verde y comenzaban a vislumbrarse aquellos tres pilares a los que dedicaría su vida: su trabajo, su familia y su amor por el deporte. El primero, lo hizo estar de aquí para allá, desde La Calahorra hasta La Zubia, donde estaba destinado, pasando por Tarragona y Jérez del Marquesado; el segundo, fue su apoyo fundamental -Raquel lo siguió allá por donde fue, al igual que sus hijos-; y el tercero, concretamente el ciclismo -aunque también era amante del fútbol como buen culé-, fue el hobby al que dedicaba su tiempo libre.

"Era un enamorado de su profesión y siempre estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para ayudar a un compañero", comentan quienes tuvieron el "honor" de patrullar con él alguna vez y empaparse de ese sentimiento vocacional por llevar el tricornio que todos los agentes en prácticas miraban con admiración. Y es que José Manuel Arcos era el guardia civil con el que todos los que llegaban nuevos querían servir. Precisamente su último servicio, que nunca caerá en el olvido, fue con una agente en prácticas a la que le tocó vivir aquella experiencia en la que todo se volvió negro.

Un aviso por la radio que alertaba de un robo en un bar de Las Gabias en el que se había visto implicado un Ford Escort color blanco, que luego se había fugado del lugar; un vehículo de las mismas características que cruzaba por Huétor Vega, donde patrullaban el agente Arcos y su compañera, que hacía una maniobra extraña; un alto policial ignorado; una persecución; una colisión del fugado, conocido como el Kiki, con otro vehículo aparcado; y una huida a pie en la que se desencadenó todo.

El agente Arcos realizó dos disparos intimidatorios al aire mientras el Kiki entraba en la calle Tempranillo de la localidad. Allí, el agente sacó su defensa extensible y dio indicaciones al presunto homicida para que se tirara al suelo, mientras su compañera "como podía le sujetaba". El agente Arcos logró golpearle en la pierna pero no cayó al suelo y continuó su huida, momento en el que se inició de nuevo otra persecución. Sin embargo, a la agente se le cayó el portófono al suelo, lo que hizo que perdiera distancia respecto a él y empezó a guiarse por las voces de ambos.

Fue entonces cuando el agente Arcos logró alcanzar al acusado e iniciaron un forcejeo en el que el Kiki logró hacerse con su arma reglamentaria y dispararle en la zona entre el abdomen y la ingle, una herida que horas después haría que su vida se apagase.

Ante ello, la agente desenfundó, montó su arma y salió hacia el individuo que le llevaba unos 20 metros de distancia y efectuó un disparo intimidatorio al aire a la vez que gritaba alto. En ese momento, el homicida se dirigió hacia ella y supuestamente le disparó sin llegar a alcanzarla, tras lo que logró huir con el arma del agente Arcos hasta un cortijo donde se escondió, se cambió la ropa y se hizo con otro vehículo. Sin embargo, la eficacia policial hizo lo propio y cinco horas después, sobre las 10:00 horas, fue detenido en un control montado para darle caza durante la operación Jaula, dos horas después de que el agente Arcos falleciera en el hospital.

Después llegaron las medallas y el ascenso a título póstumo a un agente que, como dicen sus allegados, mereció más reconocimiento en vida y demostró estar dispuesto a dar la suya por los demás. Así, la madrugada de aquel lunes sigue presente para la familia Arcos Pérez, la cual sigue esperando una justicia que se espera que llegue entre el 23 y el 27 de noviembre, fechas en las que está fijado un juicio que debió haberse celebrado en junio y que la pandemia obligó a posponer cuando todas las partes se encontraban ya en una Audiencia Provincial en la que los familiares de la víctima tuvieron que encontrarse con el asesino del agente José Manuel Arcos. "Es muy duro. No es agradable ni para mí, ni para nadie que pueda pasar por esta situación. Espero que se haga justicia. Cuanto antes pase, mejor", aseguró la viuda del agente, Raquel Pérez, a las puertas de aquella vista que no llegó a celebrarse y que queda pendiente para el mes que viene.

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