Historias de Granada
  • En 1960 un avión americano con 24 pasajeros aterrizó inesperadamente en la nieve del Picón de Jérez sin que hubiera víctimas mortales

  • Los americanos les regalaron el aparato a los vecinos del pueblo y les enviaron víveres y cargamentos de ropa en gratitud por su participación en el rescate

Un aterrizaje de película en Sierra Nevada

Avión accidentado dos meses después del suceso Avión accidentado dos meses después del suceso

Avión accidentado dos meses después del suceso

A. Cárdenas

Escrito por

Andrés Cárdenas

Muchos de ustedes se acordarán. En 2009 se habló mucho de un avión averiado que pudo aterrizar en el río Hudson gracias a las pericias de un capitán de vuelo llamado Chesley Sullenberger. Su hazaña permitió que todos los pasajeros del avión resultasen ilesos. De él hasta se ha hecho una película. En 1960 pasó algo parecido cuando un comandante que pilotaba en avión americano consiguió un aterrizaje forzoso y totalmente inesperado en las nieves de un paraje del Picón de Jérez, en el macizo de Sierra Nevada. Podrían haber muerto los 24 pasajeros, marines americanos que se dirigían a la base de Rota, pero nadie murió. La tragedia solo se consumó para uno de los tripulantes que quedó inválido y para un vecino que fue herido por un disparo accidental de un guardia civil nervioso mientras se preparaban para ir al rescate de los tripulantes del avión.

Y ya que hablamos de accidentes aéreos que merecen una película, figúrense ustedes la siguiente escena. Está anocheciendo cuando llegan dos tipos desarrapados y casi exhaustos a la casa cuartel de la Guardia Civil de Jérez del Marquesado (o de Jeres del Marquesado). Los vecinos y los parroquianos de un bar que los han visto entrar en el pueblo creen que pueden ser dos montañeros perdidos. Otros se aventuran a decir que son ‘maquis’ porque uno de ellos lleva una pistola atada al cinto. Los tipos entran al cuartel haciendo aspavientos y gritando en inglés. Ninguno de los guardias civiles logra entender lo que están diciendo. De pronto uno de los intrusos coge una hoja de periódico que hay encima de una mesa y hace un avión de papel. Lo tira y cuando el avión toca el suelo un guardia civil consigue descifrar el recado. “Quieren decir que se ha estrellado un avión”, comenta. Inmediatamente la gente intenta organizarse para ir al lugar del suceso. Aquel accidente fue llamado algunos años después 'el ¡Viven! español' porque los pasajeros que iban en el avión lograron sobrevivir en medio de la nieve y a unos 2.600 metros de altura. En esta tragedia no hubo casos de canibalismo como en el ¡Viven! de la película porque los equipos de salvamento llegaron antes. Así comienza un rescate histórico que modificó la intrahistoria de Jérez del Marquesado y que nadie por allí ha olvidado 61 años después.

Militares bajan uno de los heridos Militares bajan uno de los heridos

Militares bajan uno de los heridos / A. C.

Según Carlos Jaldo, principal cronista de aquel suceso, nunca en toda la historia de la aviación se ha estrellado un avión a 2.600 metros de altura y se han salvado todos sus pasajeros. En el pueblo hasta se improvisaron canciones con letras aludiendo al suceso: Al pie de Sierra Nevada/un aparato cayó/eran todos americanos/que pedían salvación. Ocurrió el 8 de marzo de 1960, cuando un cuatrimotor norteamericano tuvo que aterrizar de emergencia en el citado lugar. La espesa niebla y una fuerte ventisca habían tenido mucho que ver. En el impacto el avión perdió un ala y los pasajeros quedaron todos heridos de distinta consideración, aunque la mayoría leves. Y todo eso en mitad de un paisaje nevado desconocido y sin equipamiento. Fue entonces cuando los dos pilotos intentaron bajar por la nieve hasta el pueblo y conseguir que el personal supiera que había personas heridas esperando a ser rescatadas.

El cincuentenario

Cuando se celebró el cincuentenario del heroico rescate en el Picón de Jerez, fui a al pueblo a hacer el correspondiente reportaje. Había muchos vecinos que me decían que ellos habían participado en el salvamento, pero al parecer fueron al principio muy pocos los que se animaron a subir a ver lo que había pasado, sobre todo porque una gran tormenta azotaba Sierra Nevada. Me contaron que subieron seis y que tuvieron que luchar durante horas contra la oscuridad y la ventisca, pero conocían la montaña como su casa y sabían dónde podía haber sido. Me contaron también que de los seis hombres que llegaron arriba a donde estaba el avión, tres se quedaron a pasar la noche con los heridos y los otros tres bajaron al pueblo para indicar la posición del aparato siniestrado. Y que los demás días, hasta tres, estuvieron subiendo vecinos de Jerez y de Lanteira en unas condiciones de frío extremas para bajar a todos los heridos. Así lo escribí, resaltando el valor y la abnegación de los vecinos por salvar a los americanos. Incidí en la historia de superación y fortaleza de un pueblo granadino perdido en el mapa que, de repente, se veía en la obligación de realizar un acto de heroicidad.

Vecinos de Jérez se disponen a subir a la Sierra para rescatar a los heridos Vecinos de Jérez se disponen a subir a la Sierra para rescatar a los heridos

Vecinos de Jérez se disponen a subir a la Sierra para rescatar a los heridos / A. C.

Cuando salió publicado mi reportaje, se dirigieron a mí tres montañeros granadinos que me dijeron que no deseaban protagonismo en la historia del rescate, pero querían al menos un poco de reconocimiento. Decían que sistemáticamente habían sido ninguneados en este suceso, pero que no querían irse al otro mundo sin haber dicho la verdad. Tampoco querían que su reivindicación entrara en ese posible laberinto en el que entran todas las polémicas, pero les dolía que hasta ese momento nadie hubiera reconocido su labor en dicho rescate. “Fuimos nosotros los que sacamos de allí a los accidentados. Hasta ahora el reconocimiento se lo han llevado los vecinos de Jérez del Marquesado y el Ejército, pero ni unos ni otros estaban preparados para hacer el rescate. Fuimos los montañeros los que llegamos al lugar del accidente y bajamos a los heridos”, me dijeron como una sola voz Manuel Fernández Linares, Enrique Perea y Juan Espinosa, tres miembros de la expedición montañera que salió a la cumbre del Picón de Jérez a salvar a los heridos. No sé lo que habrá sido de ellos, pero aún recuerdo su emoción y sus ganas de ofrecer su versión de los hechos al enseñarme mapas y relatarme como había pasado todo. Uno de los que participó en el rescate, Eduardo Valenzuela Casas, médico de la Cruz Roja y montañero, había escrito un relato del recuerdo de aquel día. Me comentó que los habitantes del pueblo intentaron subir, pero dado que carecían de equipo adecuado y debido a las inclemencias del tiempo, tuvieron que regresar y solo consiguieron algunos indicios de congelación de manos y una conjuntivitis de la que fueron asistidos por el médico de Alquife. Una vez comprobado el fracaso de este intento, se avisó a un equipo de los marines de Cartagena, que fueron trasladados urgentemente a Jérez. Su intento de subir también fracasó dado la profundidad de la nieve y las tremendas condiciones meteorológicas. “Andaban por allí derrengados diciendo que era imposible”, recordaba Eduardo Valenzuela.

Visita del embajador americano a Jérez del Marquesado Visita del embajador americano a Jérez del Marquesado

Visita del embajador americano a Jérez del Marquesado / A. C.

Fue entonces cuando el coronel Ferrer, de Capitanía, se puso en contacto con el médico montañero, que a su vez llamó a los integrantes de la Sociedad Sierra Nevada, todos buenos conocedores de la montaña. Se juntaron en Capitanía y desde allí se fueron a Jérez del Marquesado, donde llegaron a las seis de la tarde. Les dieron una especie de tabardos militares, por lo que los vecinos creyeron que eran soldados enviados por el Ejército. Emprendieron la marcha hacia el Posterillo con material sanitario que llevaban en sus mochilas. Allí pasaron la noche con varios guardias civiles y algún oficial del Ejército. Al final se juntaron casi unas cuarenta personas en un desvencijado refugio, sin puertas ni ventanas y que servía para guardar ovejas. Algunos eran partidarios de salir inmediatamente hacia las cumbres, pero los montañeros consiguieron convencerles de que a esa hora, serían las nueve de la noche, con niebla y ventisca, podrían perderse en la nieve o caer por algún tajo. Así que tuvieron que atrasar su salida hasta las seis de la mañana. Apenas tenían comida. Solo la Guardia Civil tenía unos botes de una especie de carne picada que ofrecieron generosamente a todos los miembros de la expedición. El médico de la Cruz Roja recordaba que la ventisca no cedía y que la nieve estaba muy profunda. Los rescatadores se hundían hasta las rodillas. La marcha duró tres horas. “A las nueve divisamos el avión. Estaba situado en una ladera, cerca del Picón de Jérez. Estaba medio hundido en la nieve y con las alas rotas. Los motores se habían desprendido y habían ido a caer por un tajo de cincuenta metros. Dentro del avión había unos veinte hombres, algunos malheridos. Uno de ellos se había fracturado los dos brazos y las dos piernas, por lo que era imposible cualquier movimiento. Otro tenía una fractura de columna vertebral, pero sin lesión medular. Y los demás tenían heridas de distinta consideración”, añadía al relato el médico de la Cruz Roja.

El equipo de rescate había transportado varias camillas y material para curas y vendaje. “Procedimos a la evacuación del avión. Los que no podían andar fueron acompañados por montañeros hacia abajo, siguiendo las huellas que habíamos dejado al subir. A algunos les hicimos andar a la fuerza porque todos querían ir en camilla, cosa que era imposible porque solo teníamos seis y tampoco había tantos porteadores”.

Vecinos que participaron en el rescate Vecinos que participaron en el rescate

Vecinos que participaron en el rescate / A. C.

El descenso tampoco fue fácil, recordaban los montañeros, pues bajar las camillas en esas condiciones nos acarreaba muchos problemas. La expedición salvadora llegó a las tres de la tarde al Posterillo, donde ya había desaparecido la niebla y había dejado de nevar. “Allí encontramos gran cantidad de militares americanos a los que hicimos entrega de los heridos. Los más graves fueron subidos a los helicópteros y trasladados a la base de Armilla, en donde nos esperaba un reactor de las fuerzas americanas que los trasladó a los Estados Unidos. Los menos graves fueron transportados en mulos hasta el pueblo de Jérez y desde allí en ambulancias al Hospital Militar de Granada. Nosotros, a pie, emprendimos la bajada hasta el pueblo, donde al fin nos dieron unos bocadillos y regresamos a Granada en furgoneta”, contaba Eduardo Valenzuela.

La ruta solidaria 

Los americanos, siempre tan patriotas y dispuestos a corresponder por lo que se hace por la nación, agradecieron a Jérez del Marquesado y a sus vecinos el comportamiento que habían tenido con los marines heridos. Pocas semanas después empezaron a llegar al pueblo cargamentos de viveres y de ropa donados por Estados Unidos como gratificación por los esfuerzos vecinales. Hasta el embajador de EE. UU. Jhon Devis Lodge visitó el pueblo con una delegación de compatriotas. Los habitantes de Jérez se compoetaron como tenían previsto hacerlo los vecinos de Villar del Río en la película de Bienvenido Míster Marshall. Tanta simbiosis hubo entre los jerezanos y el embajador que cuando éste se fue, ya tenía su nombre adaptado al español: Don Juan.

Don Juan permitió que los vecinos se quedaran con el avión accidentado y el municipio lo vendió al Gobierno por un total de 1.180.000 pesetas. Con ese dinero el pueblo arregló el campanario y permitió la traída del agua corriente. Lo que nunca se aclaró es para qué quería el Gobierno español tanta chatarra americana. En el año 2010, como he señalado antes, se celebró el cincuentenario del suceso. Para tal ocasión visitó la localidad granadina el embajador americano Allan D. Salomont y dos supervivientes del avión, que aludieron al milagro que ocurrió aquel lejano día en Sierra Nevada. Durante ocho o diez años existió un pub en la localidad que se llamó El Avión, abierto como homenaje al accidente aéreo en el que no había muerto nadie.

Juan Espinosa, Enrique Perez y Manuel Fernandez, montañeros granadinos Juan Espinosa, Enrique Perez y Manuel Fernandez, montañeros granadinos

Juan Espinosa, Enrique Perez y Manuel Fernandez, montañeros granadinos / A. C.

Uno de sus dueños, Atanasio Sánchez, recopiló fotografías, recortes de prensa y algunos utensilios del mismo avión y convirtió el local en una especie de museo. Una caja de herramientas del aparato, una maleta, un cuadro de mando y hasta una escotilla se metieron en vitrinas de cristal para que los visitantes del pub pudieran admirar esos objetos convertidos en material museístico. Y es que durante un año y pico que permaneció el avión en la Sierra hasta ser desguazado, muchas personas iban allí (desde Jérez hay unas cinco o seis horas en condiciones normales) a contemplar el inmenso pájaro de hierro tendido en suelo. Hubo quien utilizó los cinturones de seguridad del avión como ataduras de bestias y quien contempló que el cableado podría ser utilizado en las instalaciones eléctricas de su vivienda. Y hasta los mozalbetes tuvieron el avión como lugar ideal para sus juegos.

Desde 2010 en que se celebró el cincuentenario, unos montañeros organizan una ruta solidaria en la que los senderistas van hacia el lugar en una jornada lúdica. Se celebra el primer domingo de septiembre. Un buen momento para recordar aquel aterrizaje de película, un milagro en Sierra Nevada.

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