Ayer y hoy

La otra dama de Baza era 'enfermera'

  • La cantinera Ignacia Martínez, citada por Pedro A. de Alarcón y por Pérez Galdós en sus 'Episodios Nacionales', es menos conocida que las pioneras de la enfermería Mary Seacole y Florence Nightingale

Ignacia Martínez. Ignacia Martínez.

Ignacia Martínez.

El colectivo sanitario, que siempre está al pie de la cama, se pone más de moda en tiempos de guerras y epidemias. Muchos aplausos reciben ahora los sanitarios con motivo de la pandemia dichosa; aplausos que debieran estar recibiendo día y noche, de enero a diciembre, en la salud y en la enfermedad. Aplausos que serían mejor recibidos si estuvieran mejor protegidos. Con este modesto escrito resulta imposible agradecerles su labor, por mucho que yo lo intente.

Fue la Guerra de Crimea de mediados del siglo XIX (1855) la que puso en las primeras páginas de los periódicos a dos figuras femeninas consideradas como las pioneras de la enfermería moderna: la negra jamaicana Mary J. Seacole, cuya labor quedó algo oscurecida tal vez por el oscuro color de su piel, o tal vez por la sombra que le hizo otra gran señora, la italo-británica Florence Nightingale “la dama de la lámpara”, nacida en Florencia.

María Bellido, Bailen, (1808) e Irene Morales (1865). Chile. María Bellido, Bailen, (1808) e Irene Morales (1865). Chile.

María Bellido, Bailen, (1808) e Irene Morales (1865). Chile.

Antes de que en España apareciera la figura de Carmen Angoloti, duquesa de la Victoria, dama de la Cruz Roja, pionera de la enfermería española y símbolo de la solidaridad a raíz de su intervención en la Guerra de Melilla (1920), conocemos a la Señá Ignacia Martínez a través de lo escrito por Pedro Antonio de Alarcón, testigo y cronista que fue de la Guerra de África (1859-61) en donde nuestra paisana prestó sus generosos servicios como cantinera del Batallón de Cazadores Baza, fundado en 1808 cuando la Guerra de la Independencia contra los franceses, compuesto por soldados de Granada. El Batallón se disolvió en 1899 tras el desastre de Cuba.

A raíz de la toma de Tetuán nos dice Alarcón que, extenuado y malherido el ejército español por la lucha y por el frío, apareció la cantinera de Baza Ignacia Martínez “con su rostro noble y hermoso, tostado por el sol”. Se dedicaba a repartir entre los enfermos agua, aguardiente, tabaco y lumbre mientras enjugaba con su delantal las frentes de los soldados bañadas en sudor, infundiendo ánimo, respeto y entusiasmo yejercitando la más bella cualidad del sexo compasivo, de la misericordia de la mujer, de la piadosa compañera de pesares y alegrías, caridad y consuelo.”  Sigue contando Alarcón que hizo un ramillete de flores silvestres cogidas en el camino y se lo regaló a la de Baza. ¡Hermosos jazmines, aunque manchados de sangre! Exclamó la cantinera antes de colocarlos en su pecho y en claro gesto de desprecio a los horrores de la guerra.

Enfermeras Mary Seacole y Florence Nightingale. Siglo XIX. Enfermeras  Mary Seacole y Florence Nightingale. Siglo XIX.

Enfermeras Mary Seacole y Florence Nightingale. Siglo XIX.

Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales (Aitta Tettauen), también nos deja un entrañable recuerdo de la generosidad de la Señá Ignacia, cantinera del Tercer Cuerpo del Ejército de África (1860). Nos cuenta que, habiendo caído herido el soldado Leoncio Ansúrez en la Toma de Tetuán, pidió a un compañero: “Mira, Juan, búscame a la señá Ignacia, una mujer muy buena y socorrida, y le dices que tengo la pata hecha cisco y que me traiga aquel aguardiente de caña que alegra y cría sangre”.

En otro pasaje de los mismos episodios cita Galdós a la de Baza en estos términos: “Al regresar a los Castillejos encontró Santiuste a su amigo Ferrer en un corro de oficiales que rodeaba a la sin par Ignacia que vendía en su despacho bebidas, castañas de Ceuta y cigarros puros…”.

Monumento a la Duquesa de la Victoria. Madrid. Monumento a la Duquesa de la Victoria. Madrid.

Monumento a la Duquesa de la Victoria. Madrid.

No era nueva la figura de las cantineras en las guerras como únicas representantes de la mujer en tan complicados escenarios; pero sus principales papeles se ceñían a la venta de agua y algunos alimentos; solían cocinar, lavar ropa y en muchas ocasiones acompañar a los enfermos restañando heridas físicas y morales. Empiezan de cantineras y acaban de enfermeras. Vaya nuestro infinito reconocimiento a este precioso colectivo, hoy tan preparado, tan solidario y tan necesario que tuvo como “enfermera” de carne y hueso a otra noble Dama de Baza, la Señá Ignacia.

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