Ya no se ponen ceros
Si acumulabas ceros ibas a la Escuela de Maestría, de botones al Banco Hispano o de dependienta en Galerías. Los ceros debían ser para los torpes que dictan leyes de quitaipón
Oestudias o te pongo un cero, decían los profesores. Si uno llegaba a la casa diciendo que ésa era su nota en Lengua o Matemáticas se encendían las alarmas, porque al niño había que quitarlo de estudiar y ponerlo de aprendiz en Los Vázquez, de camarero en el Coimbra o de botones en el Banco Hispano. Y si el padre tenía algunas pretensiones lo matriculaba en la Escuela de Maestría de la calle Pavaneras, en la de Arte y Oficios o en la formación profesional del Virgen de las Nieves. Y la niña, de peluquera o a vender ropa en Galerías. No tenía mucha gracia, la verdad.
El cero era sinónimo de ignorancia absoluta porque el niño no tenía ni idea o era torpe o simplemente no le dio la gana de estudiarse el verbo sum. Alguien pensó que el torpe o el vago merecían un respeto y se inventó cambiar el cero por un insuficiente. Se buscó otra palabra más bonica, de distinto sonido aunque de igual significado y ya el niño era feliz y los papás estaban encantados de la vida. Gracias a Dios nadie saca un cero y así el nivel cultural varía sustancialmente; ya nadie se traumatiza porque la riqueza musical de nuestra lengua es tal que no suena igual cero que insuficiente.
La suma de ceros le daba al alumno la calificación de suspenso y eso era todavía peor, porque podría sumirlo en tal depresión que había que inventar algo rápidamente. No se sabe qué hacer con el angelico y, aunque lo suyo era repetir curso, se pensó en dejarlo seguir, seguir y seguir y pedirle por favor que, ya que no sabía hacer los exámenes de sus asignaturas, hiciera al menos examen de conciencia y propósito de la enmienda. El invento no prospera, como todo lo que se cocina sin los aliños necesarios y por pinches ineptos.
HIPERACTIVOS Y SUPERDOTADOS Se decide deprisa ponerle en los papeles que no progresaba adecuadamente para no herirlo demasiado. Pero resulta que el niño podía ser hiperactivo, que viene a ser sinónimo de algo inquieto, que se mueve mucho, que lo quiere tocar todo, incluidas las trenzas de la compañera y entonces hay que tomar especiales precauciones ya que tampoco es culpable y no conviene molestarlo demasiado, porque la hiperactividad es una cosa muy seria. Aparece muy unida a deficiencias mentales, fisiológicas y/o afectivas y no es cosa de tomarla a broma. Pero el maestro no sabe qué hacer.
Menos mal que están los orientadores y psicólogos que todo lo arreglan con sus milagrosas baterías de encuestas y sus meticulosas entrevistas copiadas a veces de estudiosos anglosajones que parecen conocer perfectamente la problemática de nuestros barrios granadinos, el Zaidín, La Chana, El Polígamo, etcétera. Pero si a final de curso el niño sigue sin saber, se le proyecta al curso siguiente sin un solo cero y tiro porque me toca.
Lo mejor era que el niño nos saliera superdotado y así se evitaban los ceros, los suspensos y lo demás. Pero entonces apareció el no apto por aburrimiento. Es decir, el niño sabe tanto que se aburre en clase, no hace lo que se le dice porque lo tiene más que sabido; el maestro se enfada, el niño bosteza y lo único que hace es molestar al de atrás.
Cuando quisimos acordar, echamos una mirada a nuestros países vecinos y resultaba que en Holanda sabían más de Cervantes que en Ciudad Real y en San Petersburgo conocían a García Lorca mejor que los vecinos de la Huerta de San Vicente. Y un maldito informe que los entendidos nominan PISA aplicado a valorar los resultados de los alumnos de la ESO nos sitúa allá en el rancho grande. Ahora los listos de corbata y moqueta piensan que lo mejor es que los profesores hagan un máster en técnicas pedagógicas y en organización escolar para que los niños aprendan a leer y a entender lo que leen. Curiosamente esos mismos niños son capaces de aprender en dos minutos las letras de las canciones de Alejandro Sanz y hasta las tonterías del Chiquilicuatre gracias al culturón televisivo que tienen.
Encima se ufanan las autoridades educativas porque, aunque en el PISA estamos a años luz de Finlandia, hemos progresado adecuadamente, tanto que hasta vivimos en pisos y no en las Cuevas de Altamira, fíjate.
A lo mejor la culpa no es de alumnos, ni de padres, ni de profesores y lo que faltan son ceros absolutos pero para los que dictan tantas leyes de quitaipón y luego mandan a sus niños a lejanas escuelas de pago.
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