Del quirófano a una fragata de guerra: la vida militar de dos médicos de Granada como reservistas voluntarios
Ángel Ortiz y Miguel Ángel Ochoa-Hortal compaginan su especialidad sanitaria en dos hospitales granadinos con misiones militares como la que lucha contra la piratería en el Cuerno de África
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Bajo las batas blancas que visten a diario en los hospitales granadinos late también el pulso firme del compromiso militar. Ángel Ortiz y Miguel Ángel Ochoa-Hortal son traumatólogos de profesión pero también reservistas voluntarios del Ejército español. Alternan los quirófanos con las maniobras, la formación castrense y las misiones de apoyo. En sus historias se cruzan la precisión médica con la disciplina militar, una dualidad que los lleva a servir a la sociedad desde dos frentes distintos, pero complementarios.
En los pasillos luminosos del Hospital Virgen de las Nieves, Ángel Ortiz, traumatólogo, docente y hombre tranquilo, se mueve con la determinación de quien está acostumbrado a reconstruir huesos y calmar urgencias. Pero hay otra vida que vibra en paralelo: la del mar, la de los camarotes estrechos donde no caben las rodillas, la del zumbido constante de las máquinas, y la del olor metálico de un buque militar. Su vida como reservista voluntario.
Urgencias en alta mar
Su historia empieza mucho antes, cuando aún no era médico. "Yo soy un viejuno", bromea. Como tantos de su generación, hizo el servicio militar obligatorio, una experiencia que todos consideraban un trámite. Pero a él le ocurrió algo inesperado: "Me di cuenta de que me adaptaba muy bien y que me gustaba". Fue el teniente ATS de cuando hacía la mili, el que llevaba el botiquín, quien le sugirió que se hiciera militar profesional. Sin embargo, de entrada, la vida lo llevó por otros caminos: primero Farmacia, luego, por fin, Medicina. "Era mi vocación. Estudiarla ha sido la mejor decisión de mi vida", afirma. Cuando, ya con estabilidad laboral, descubrió la figura del reservista voluntario, la espina militar volvió a moverse. No dudó en enrolarse.
Habla con serenidad y una ética casi clásica del castrense: "Si alguien quiere ser reservista por ponerse un uniforme o jurar bandera, que no lo haga. Si vas al Ejército es para aportar algo, con vocación de servicio". Ese sentido de responsabilidad marca toda su trayectoria.
Desde 2024 ha participado en dos grandes misiones: la Operación Atalanta, en el océano Índico, y que tiene como objetivo combatir la piratería en el Cuerno de África; y el Grupo de Combate Expedicionario (GCE), Dédalo, una fuerza naval de la Armada española que combina buques de guerra, helicópteros, aeronaves y unidades de Infantería de Marina, navegando en el buque Galicia, con más de mil personas a bordo. Allí, como parte del equipo sanitario Rol 2, compartía espacio con cirujanos, anestesistas, intensivistas y enfermería especializada: "La gente piensa que un barco es un crucero… Pero allí hay golpes, caídas, lesiones en máquinas, fracturas. Es un ambiente hostil".
En una ocasión, un simple trozo de carne que se quedó en el esófago de un paciente en el barco (en jerga médica una "impactación"), obligó a desviar el rumbo por no tener endoscopio a bordo. En otra, un soldado con rotura de bíceps tuvo que ser evacuado a España. La traumatología fue el tercer motivo de consulta de la embarcación y Ortiz era el único en su especialidad "me hinché", ríe.
"¿Qué hago aquí?"
Su papel en la Fuerza Naval tuvo también un componente formativo: "Una de las cosas que hacíamos cuando estábamos en uno de estos despliegues era dar formación a los sanitarios de la Fuerza de Guerra Naval. Entonces les explicamos desde cursos de reducción de fracturas, luxaciones, suturas, o el uso de analgesia. Ellos, por otra parte, me enseñaban manejo de armas dentro de lo que yo podía aprender". Y allí descubrió una voluntad de aprendizaje gratificante. "Ojalá mis alumnos de Medicina tuvieran la motivación que tenían ellos", confiesa.
Cuando piensa en el Ángel que está a punto de embarcar en la Fragata Numancia, tan solo le diría "que no se asuste, que va a ser una experiencia magnífica". Y eso que fue un viaje con un comienzo "un poco accidentado" recuerda: "Lo primero que dije es, ¿qué coño hago aquí?" Debían llegar al puerto de Djibouti para iniciar la navegación. Doce horas de viaje, burocracia enrevesada y un aire caliente que parecía pegarse a la piel recibieron al traumatólogo granadino en su primera misión. "Es un choque cuando llegas", recuerda. "Ves la pobreza, gente tirada en el suelo, otros masticando droga… Y, de repente, en mitad de ese paisaje, un puerto militar, un buque de guerra. Piensas: "madre mía, me voy a meter aquí tres meses"", relata.
Aunque sus caminos nunca se cruzaron, Ortiz y Miguel Ángel Ochoa-Hortal comparten la misma revelación: Djibouti no solo es un destino militar, sino un espejo crudo y poderoso que cambia para siempre a quien lo mira de frente. Y es en ese punto, donde la experiencia de Ortiz se apaga lentamente, donde surge otra voz marcada por el mismo país: la de Miguel Ángel Ochoa-Hortal. No coincidieron en tiempo de despliegue, pero Djibouti dejó en ambos una huella similar, tan brutal como inolvidable.
Del aula a combatir piratas
Ochoa-Hortal ejerce como traumatólogo en el Hospital de Baza, una labor que alterna con su compromiso como reservista voluntario, al que se incorporó en 2012, cuando aún cursaba el último año de Medicina. También él conoció ese impacto inicial que descoloca y, a la vez, despierta. A pesar de su estratégica ubicación en el Cuerno de África, Djibouti sigue siendo uno de los países más pobres del mundo, y eso, dice, se nota primero "en los ojos de la gente". "Hablar con un padre de seis hijos", recuerda, "y que te diga que su mayor ilusión del día es volver a casa, tener algo para comer y ver que todos sus hijos habían regresado… Eso te marca". Porque allí, añade, a veces "un niño no vuelve: se pierde, se marcha, o incluso muere".
Pero las sombras de su experiencia no se limitaron al terreno africano. Durante su despliegue con el Equipo de Operaciones Especiales en la base de Alicante vivió uno de los episodios que más le marcaron. Encontrándose en plena maniobra en Cádiz, recibió una llamada: uno de sus compañeros había muerto al dispararse accidentalmente mientras limpiaba su arma. "Entonces te das cuenta de lo duro que es todo", reflexiona. "Los ejercicios tienen que continuar, el plan no se detiene. No puedes parar, aunque todos lo sientan. Sabes que debes seguir trabajando, porque así es. Ha pasado, te golpea… Pero la maquinaria sigue en marcha. Fue una situación realmente difícil", concluye.
La vida castrense exige, además de disciplina, un temple dispuesto a convivir con el riesgo. Durante la navegación en la Operación Atalanta, la tensión podía surgir en cuestión de minutos. Bastaba con que un barco de procedencia incierta apareciera en el radar para que se activara el llamado Friendly Approach: una maniobra en la que un equipo de Operaciones Especiales abandona el buque militar y se aproxima al navío sospechoso, solicitando permiso para inspeccionarlo. La reacción de la tripulación marca entonces el rumbo de la intervención. En aquellas aguas, la frontera entre un pesquero legítimo y un barco pirata es tenue, casi imperceptible. Muchos pescadores cargan armas y dinero para protegerse, y es cuando ese límite se sobrepasa, cuando las intenciones dejan de ser defensivas, cuando emerge la piratería.
Estar donde se necesita
Miguel Ángel Ochoa-Hortal recuerda bien la primera vez que subió a uno de esos barcos. "La situación me impresionó", confiesa. Primero, por las condiciones en las que vivían esas personas, donde "el olor era completamente nauseabundo". Durante la inspección encontró a uno de los tripulantes con una lesión que requería cirugía. El paciente fue trasladado al buque de guerra,donde fue tratado por Ochoa-Hortal. "No era nada que no hubiera hecho en el hospital". Pero en medio del océano, rodeado de incertidumbre y salitre, aquel acto médico adquiría otra dimensión: la de un gesto de humanidad en un escenario crudo y fronterizo.
Al final, lo que une a Ángel Ortiz y a Miguel Ángel Ochoa-Hortal no es solo la Medicina ni el uniforme, sino la certeza de que el servicio adopta muchas formas. Djibouti, el Índico o un quirófano de Granada les han enseñado que incluso en los escenarios más duros siempre hay espacio para la humanidad. Ambos regresaron con la misma convicción: que salvar, acompañar o aliviar es un gesto que trasciende fronteras. Y que, ya sea en la calma luminosa de un hospital o en la cubierta vibrante de un buque militar, su labor responde a un mismo impulso: estar donde se les necesita.
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