La venganza del Arroyo del Vilano: cuando el agua reclamó lo que es suyo en Huétor Tájar

La población granadina, sobre todo los más jóvenes, se vuelcan en ayudar a achicar agua y limpiar las casas de los vecinos afectados por la crecida del Genil y los arroyos del pueblo

Juanma Moreno cifra en más de 500 millones los daños del río atmosférico y prevé que la situación mejore el miércoles

Un voluntario achica agua en un cubo de una casa de Huétor Tájar / Antonio L. Juárez / PicWild

En la casa de Antonia Pérez y José Jiménez han contratado a manuel, un instalador del pueblo para que les ponga una barrera. El agua les subió un palmo y les empezó a cubrir parte del coche. Pero duermen tranquilos. A la parte alta de la casa no les llega el agua y abajo no tienen cosas de gran valor. Pero están mayores. A ella le duele la espalda y puede cargar poco peso y a él le operaron de cataratas el mismo lunes, antes de que Leonardo dijera de descargar en Huétor Tájar. Quieren recordar alguna inundación del estilo, "en el 63" rememora él, pero es su esposa quien sienta la cátedra que dan los años. "Cuando hicieron el tren desviaron los arroyos, y claro, el agua busca su sitio, salta la vía y viene a donde estaba", cuenta. Se refiere a los arroyos del Guantero y del Vilano, que se han tomado su particular venganza con el ser humano y le han venido a recordar que, cuando la naturaleza quiere, reclama lo suyo.

Huétor Tájar está delimitada por los arroyos del Guantero (o del Pino) y el Vilano, que desembocan en el Genil. El primero, situado más al oeste, desaparece prácticamente al llegar al casco urbano. El segundo es el que ha causado más problemas, y fue el que se desvió cuando se construyó el ferrocarril en la primera mitad del siglo XX, y al que se refería Antonia. Efectivamente, el arroyo del Vilano se desvió casi un kilómetro más al norte. Su antiguo cauce queda reflejado en mapas antiguos como el MTN50, consultable en la web del Instituto Geográfico Nacional, y de este solo queda como mancha un camino agrícola a pocos metros de la Venta Cuatro Caminos. Por donde transcurría el arroyo del Vilano no solo pasa la vía del tren, sino que la ribera desapareció para convertirla en campos de cultivo. Su antigua traza, al norte del Huétor Tájar, lo marca la calle Redonda. No queda ni rastro. Como tampoco de la Acequia Gorda, que partía también al norte del Vilanos y cuya traza se corresponde con la actual calle Doctor López Peña. Justo en la afluencia con el Genil: la zona que se inunda cuando vienen borrascas como Leonardo.

Juanma Moreno y el alcalde de Huétor Tájar felicitan a un grupo de jóvenes por la ayuda / Antonio L. Juárez / PicWild

En el corazón de la capital del espárrago se mira con recelo al río. "Nunca lo hemos visto tan alto, ayer es que llegaba hasta ahí", señalaba una vecina a un periodista. Y han visto muchas inundaciones. Hace cerca de veinte años una avenida del estilo obligó a acelerar la construcción del puente nuevo y la Ronda Sur del pueblo. En el centro neurálgico de la riada, nada más que se escucha maquinaria y el ruido de los motores y las autobombas expulsando agua. Juanma Moreno, presidente de la Junta, visita la zona y arma revuelo. Un chaval, con chándal del Paris Saint-Germain y en pantalón corto, pero lleno de barro, mira en la distancia. Francis Rodríguez, presidente de la Diputación, se percata y le pregunta si es de ese equipo. "Y del Barça", contesta. Moreno bromea con el pequeño, de unos 8 años. "Estás para meterte en la lavadora". "Sí", le confirma el chico, que se gira y se va sonriendo.

Adrián, Paula, Lucía y Carlos apenas pasan los veinte años. Ha salido el sol y, aunque embarrados, se van a las huertas junto al nuevo puente. Aún llevan un cepillo en la mano. "Nuestras familias están bien pero estamos ayudando a los amigos. Algunos han perdido casi todo", aciertan a contestar casi al unísono. Como largatijas cierra Paula los ojos para que le dé el sol de cara, que alivia el frío viento que corre Genil arriba. Ellos serían los primeros en ser saludados por Juanma Moreno en su visita. Los jóvenes hueteños son los que más han arrimado el hombro. "Por el pueblo, lo que sea", se motivan.

Recuerdos de una vida en un frigorífico afectado por la avenida en Huétor Tájar / Antonio L. Juárez / PicWild

Los patos del Genil no saben a dónde ir, pero tienen claro que al agua no pueden ir porque se los lleva la corriente. Empieza a jarrear agua sobre las dos y ellos se quedan al borde del río parados, como si fueran atrezzo. Adiós al tímido sol y Moustapha mira al río. "No descansa", dice con acento senegalés mientras se protege en un techado. Está aquí para trabajar en el campo, pero teme lo que pase con él. "Estamos limpiando mucho porque queremos seguir trabajando", expresa. El espárrago es por lo que Huétor Tájar come. Y vive. La esperanza es que el agua no se haya llevado la cepa. Cuando se recolecta, el tallo se corta y se queda el brote bajo tierra. Si el agua no se lo ha llevado, puede volver a crecer. El problema es que ahora haga calor, porque sino la cepa "se puede cocer", y ahí se pierde el espárrago. La esperanza es siga haciendo frío.

Escampa, pero el trabajo sigue. José, de los Bomberos de Loja, explica que no tienen tanto material, pero que en tres días han actuado en más de 115 ocasiones, incluidos rescates de personas en ascensores o en coches atrapados. Como no hay bombas para todo, se prioriza. "Disponemos de siete motobombas y un vehículo de grandes achiques que estuvo en el DANA de Valencia. También autobombas rurales y urbanas". Pero aun así, "vamos discriminando: si está en zona inundable no actuamos y nos centramos en donde ya podemos saber que no hay tanta posibilidad de que se pueda volver a llenar un garaje".

Dos mujeres limpian un local comercial en Huétor Tájar / Antonio L. Juárez / PicWild

En ese momento les tocaba actuar en la calle Félix Rodríguez de la Fuente. Cerca de una decena de casas tenían a sus dueños, amigos y vecinos ayudando a sacar enseres de los bajos de los garajes. En una de las viviendas diez personas se organizan. "Dos para los vacíos y cuatro con los llenos", hablaba uno de ellos, que a la vez recordaba a la gente que "no echéis el barro a la calle, mejor a la era, que luego se atascan los cauchiles". Pero lo cierto es que no se ve barro en la calle. Solo en las botas, los chalecos y los pantalones de los vecinos. Adela salvó su casa porque pusieron barreras y además toallas.

Aun así "mi marido y yo estuvimos sacando agua con el recogedor tres horas". Ahora ayuda a una vecina, que tiene a los nietos y a sus hijos sacando cosas del bajo. Un somier, decenas de cajas con CD's y DVD's, libros, cajas, juegos de mesa. Asomarse al interior era vez una piscina con olor a fango. El agua estaba baja, pero se acercó a los dos metros de alto. "Mi hija llegó a sacarme el coche cuando le llegaba el agua casi a las rodillas. Pero lo material se arregla, lo demás, es más difícil", cuenta la dueña mientras no deja de limpiar lo que el agua ha querido reclamar como suyo.

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