La voluntad mudable de un solo hombre

Tribuna. El autor incide en que el retorno a las capacidades militares de los estados para resolver, de forma inmediata, problemas concretos; ésas de las que hemos abominado durante años

Un joven sostiene una bandera de Venezuela en una manifestación en México en favor de la libertad en el país caribeño tras la operación militar de EEUU.
Un joven sostiene una bandera de Venezuela en una manifestación en México en favor de la libertad en el país caribeño tras la operación militar de EEUU. / Alonso Cupul / Efe
Pedro Rivas

06 de enero 2026 - 06:01

Cuentan las crónicas de estas últimas horas que la libertad ha llegado, a lomos de aeronaves de asalto, a Venezuela. Y que fascistas angloparlantes han violado el derecho internacional para establecer una suerte de protectorado dirigido con mando a distancia desde Washington. Y que el destino de América –la que habla en español– pende de un hilo y de la voluntad mudable de un solo hombre. Como todo lo anterior, a la vez, no puede ser, se diría que días después de la intervención de fuerzas especiales de los EEUU en Caracas para llevarse a Maduro esposado como a un vulgar pandillero apenas tenemos información fidedigna para llegar a conclusiones claras.

Lo que sí podemos afirmar son dos o tres ideas que acaso parezca que incurren en contradicción, sin hacerlo. La primera es que retornan las capacidades militares de los estados para resolver, de forma inmediata, problemas concretos. Me refiero a esas de las que hemos abominado durante años, mirándolas por encima del hombro. Ciento cincuenta aeronaves entraron y salieron de Venezuela con la misión cumplida quizá porque la defensa aérea venezolana –de origen ruso y mala copia de la iraní, como saben los analistas militares– ofreció poca resistencia y probablemente porque la traición, junto con la ayuda interna –esa que no mencionaron ni Trump, ni Hegseth, ni el general Caine, en la rueda de prensa de Mar-a-Lago, como si los hechos no existiesen por no nombrarlos– hacen milagros. Pero también porque el sistema de adiestramiento escrupuloso de las fuerzas armadas permite estar en condiciones de actuar cuando la ocasión lo requiere, y lo permite. Los ejércitos bien preparados marcan la diferencia entre la victoria y la derrota. Es algo que los europeos debiéramos tener en cuenta en estos tiempos, visto cómo las veleidades del señor Trump han debilitado hasta el borde de la ruptura las clásicas alianzas de los viejos camaradas de armas.

La segunda es que, por mucho que alegre a las gentes de buena voluntad, y a las de raigambre democrática, la detención de un bandido como Maduro –bandido, sí, y no sólo tirano, habida cuenta de su ligazón personal y la del régimen bolivariano con el narcotráfico, entre otros delitos transnacionales– pensar que es el comienzo del fin de la satrapía venezolana es aún una conclusión audaz. Trump ha dicho que su país ha ejecutado una orden de detención contra el capo de una banda de narcotraficantes, no que ha intervenido manu militari en un país extranjero para derrocar a un régimen corrupto y restablecer las libertades y la democracia que las permite. Es más, ha dejado claro –es una de las escasas virtudes que tiene su forma de expresarse– que desde los Estados Unidos se dirigirá el país hasta que él mismo decida quién debe dirigirlo. Es decir, que las legitimidades –de origen, de ejercicio, o cualesquiera otras si las hubiera–, le preocupan poco si no convienen a sus intereses. Que sea Delcy Rodríguez, o María Corina Machado, quien ostente el poder le da igual, o incluso le incomoda más la segunda que la primera, vista la nueva oportunidad que, de momento, vuelve a tener el régimen bolivariano frente a la oposición. Trump, que contradice los valores morales en los que se fundó la república que preside, no salva a nadie en su forma de hacer política.

Eso nos lleva al tercer elemento. A los lectores de este diario que frecuenten, sin anteojeras ideológicas, a Maquiavelo y a Hobbes, no se les escapa que, en el mundo en que vamos a habitar, los débiles van a tener cada vez menos protección ante los fuertes. Como ha escrito Ignatieff no es Trump quien ha dado un “golpe de gracia” a la soberanía, porque viene de antes. Y si la estabilidad se va a construir sobre un relativismo moral puro y duro, de escasos matices, más nos vale que nos vayamos preparando para el mundo que viene. Porque nadie se va a llevar a Xi Jinping, o a Vladimir Putin, si les da por tomar Taiwán o irse de excursión con artillería pesada hacia el Oeste europeo, esposados como si fueran vulgares pandilleros.

Pedro Rivas es profesor de la Loyola y vicedecano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas

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