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El Bruckner más artesano

Programa: 'Sinfonía 1 en Do menor' (versión Linz), 'Sinfonía núm. 2 en Do menor', de Anton Bruckner. Director: Daniel Barenboim. Lugar: Palacio de Carlos V. Fecha: 9 de julio de 2011. Aforo: lleno.

El primer concierto del ciclo Bruckner con el que Daniel Barenboim y la Staatskapelle Berlín se despiden del Festival, por ahora, tuvo un doble sello artesano: el de la Primera sinfonía del austriaco y, también, el de la dirección de Barenboim, con sendas partituras sobre el atril para guardar la máxima fidelidad a la escritura del compositor. De todas formas, cuenta con un conjunto tan sólido y compenetrado con el director, como es la Staatskapelle Berlin, que apenas necesita una mano para marcar los tiempos, señalar ciertos énfasis y atender a la dimensión sonora en su conjunto. Porque los magníficos músicos con que cuenta la Staatskapelle conocen a la perfección no sólo, lógicamente, su papel y los papeles que manejan, sino el espíritu que quiere imbuir el director a la interpretación propiamente dicha. Así el papel de Barenboim, aunque parezca menos lucido, es más cercano a la fidelidad.

En cualquier caso, la lectura de la Sinfonía núm. 1 en Do menor no es demasiado complicada. Es una obra eminente artesanal, siguiendo los patrones marcados por el propio Beethoven, pero sin acercarse ni de lejos a su poder y genio. Copia de una forma clásica sinfónica que, salvo algunos rasgos interesantes -el Adagio formal, algo del Finale- dice poco de la personalidad creadora posterior del vienés, si no es por sus propias dudas que le duraron toda su vida. No hay mucho que destacar anímicamente en la partitura, así que con seguirla correctamente es suficiente. La orquesta conoce perfectamente su cometido y el director puede meterse una mano en el bolsillo, si lo desea, para marcar con la otra lo que está mirando en la partitura, que es poco, en cuanto a pruebas extraordinarias de capacidad orquestal o de profundidades expresivas. Los tres, correctos -autor, director y orquesta-, pero los tres, también, en un tono puramente artesanal y discreto. No da más de sí la obra primeriza de Bruckner.

Otra cosa es la Sinfonía núm. 2 en Do menor. Ya en el sugerente Moderato el pulso se acentúa, empieza la cuerda a tomar el protagonismo que tiene en casi toda la sinfonía, se abisma en el Andante que se acerca a la intención oratoria que están en todos los movimientos lentos de Bruckner y que culminan en el último de su inacaba Novena, donde ya revela la estremecedora intensidad de su oración interna, para buscar la gracia y elocuencia del Scherzo, tránsito para los finales ampulosos, donde se empieza a poner en juego todos los recursos orquestales, subrayando, sobre la cuerda, los contrastes de metales y percusión, que se acercan a ese concepto un tanto o un mucho wagneriano que hay en la obra del austriaco.

Aquí Barenboim, aunque siguiendo escrupulosamente la partitura, tuvo más ocasión de resaltar matices, sonoridades, contrastes, intimidades, efectos grandilocuentes que son vitales en la obra de Bruckner y que tanto gustan a los directores que descubrieron en ellos -descubrimiento relativamente reciente- resortes de lucimiento para los grupos orquestales y para el propio director. La concentración de todos fue mayor, los efectos se atendieron de forma rigurosa y comunicativa y el resultado general fue notable, como así lo apreció el público ovacionando a director y orquesta. Es verdad que Barenboim ha hecho el ciclo al revés, colocando lo más fundamental del mundo sinfónico de Bruckner -Séptima, Octava y Novena- al comienzo y dejando para el final, al más balbuceante e impersonal, al más dubitativo, aunque, también el que refleja el inmenso esfuerzo por crear una obra propia, con personal acento, partiendo de una concepción de la sinfonía que era muy difícil siquiera de igualar, caso de la forma en que Beethoven dejó este campo, con su inigualable Novena, donde, por ese camino, nadie podía superarlo, ni siquiera acercarse a él. Por eso hasta Mahler -con la excepción de Resurrección, escuchada magistralmente hace unos días en el Festival- nadie se atrevió a escribir una sinfonía coral.

Al crítico le queda ya sólo mencionar la impresión del concierto de despedida de Barenboim, en su doble condición de pianista y director, con el piano de Mozart y la Tercera sinfonía, la más wagneriana, de Bruckner, cerrando un ciclo que estará marcado, como he repetido en diferentes ocasiones, con letras de oro en el Festival granadino, sobre todo si miramos al propio 'Festival Barenboim' a lo largo de su dilatada presencia en el certamen.

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