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Calidad y emoción sinfónica

Programa: Prélude à l'après-midi d'un faune y La mer, de Claude Debussy ; Sinfonía núm. 5 en Mi menor, op. 64, de Piotr Ilich Chaikovski. Director : Charles Dutoit. Lugar y fecha:Palacio de Carlos V, 30 de junio de 2012.Aforo: Lleno..

Al crítico le satisface abrir la ficha de un concierto con las cinco estrellas aleatorias que no son más que un juicio personal, como todas las valoraciones que hacemos en la vida de las cosas que, de alguna forma, tenemos que juzgar. Pero en este caso, cuando tan dados somos a las supervaloraciones, creo que están perfectamente justificadas. En primer lugar por el programa de auténtica prueba ofrecido por la Royal Philharmonic, con la delicadeza, no exenta en ningún momento, de firmeza y, sobre todo elocuencia, del Debussy del Preludio a la siesta de un fauno, o el vigor sugestivo de La mer, al poder de la emoción pura de ese dramatismo eslavo que despliega Chaikovsky en su Quinta sinfonía y que culminaría en la Patética. Y, naturalmente, en el vehículo utilizado para poder dar vida, color, latido a obras distintas. El vehículo magistral de esta orquesta británica, tan conocida en el festival, donde nos ha dejado prueba de su calidad, firmeza y, sobre todo, del tesoro que define a las grandes agrupaciones sinfónicas: que sean capaces, en su enorme variedad y complejidad del entramado de los distintos grupos, de sonar como si se tratase de un único instrumento polifónico, o, si se prefiere, de esa sensación coral que se transmite como oleadas de sonidos envolventes, donde, siendo todos protagonistas, pueden apoyarse mutuamente para surgir como líderes en cualquier momento, según lo indica la partitura.

Lo que define a una gran orquesta de otras mediocres, medianas o simplemente 'funcionariales' es el entusiasmo con que se aferran a sus máquinas de hacer música colectiva cada uno de los integrantes. Emociona ver a músicos veteranos, junto a otros muy jóvenes -la renovación constante de las orquestas es fundamental- desmelenarse, ellos y ellas, moviendo trepidantes los arcos sobre violines, violas, violonchelos, contrabajos, creando los milagros de una cuerda compacta, sutil también, pero siempre comunicativa, mientras los potentes grupos de metal, madera, percusión y demás o se amansan con el sonido de una flauta o surgen retadores y pletóricos para imponer su mensaje dramático o misterioso.

Claro que es muy importante contar con un director que sepa aunar tantos esfuerzos y desentrañar los misterios de la música, como es el caso de Charles Dutoit. Al veterano crítico que se atrevió a censurar la frialdad que puso el propio Karajan el año glorioso -1973- en que apareció la Filarmónica de Berlín en el Festival, en un anodino Preludio a la siesta de un fauno, y que tantas veces se ha sentido defraudado con el Debussy de orquestas españolas y extranjeras, le es grato señalar la pulcritud, belleza y onírica intimidad con el que interpretó esta página que abre las puertas de la música contemporánea, por sus hallazgos tímbricos y sus posibilidades sonoras. Muy distinta, como decía en el análisis del viernes sobre 'El universo Debussy', de La Mer: Para Debussy cada obra tenía que ser un hallazgo distinto, nuevo, donde el público se sintiese sorprendido y hasta aturdido. Me refería a la riqueza monumental de los ritmos multiplicados y hasta opuestos, la sucesión de temas unidos por hilos invisibles, la originalidad de timbres de estas impresiones sonoras -Del alba al mediodía sobre el mar, Juego de olas y Diálogo del viento y del mar- que necesitan una orquesta y un director embarcados en esa cabalgata sobre el mar, ora plácida, ora vigorosa y potente, pero siempre mecidos por el movimiento de una orquesta que con infinitos resortes se convierte en una ola que nos arrastra. Captar esa riqueza no está siempre al alcance de todos los conjuntos orquestales y directores.

Terminó el concierto con la Quinta sinfonía en Mi menor, op. 64, de Chaikovski. Obra muy prodigada,por su efectismo y fuerza en los programas de conciertos y en el propio Festival -el crítico recuerda, por ejemplo, versiones memorables de un octogenario Evgueni Mrawinsky, sentado en un taburete en el podium, con la Orquesta Filarmónica de Leningrado, en 1982, o a Serge Celidache, con la Filarmónica de Munich, en 1993-, constituye otra enorme prueba para orquesta y director. La agrupación británica y Dutoit supieron extraer la emoción dramática de la partitura, con prístina limpieza, donde suenan las trompetas del segundo movimiento, en contraste con la matizada cuerda, con esos violines apasionados, la belleza y profundidad de chelos y contrabajos que exponen y subrayan los temas principales que se repiten y entrelazan en un encaje perfecto y admirable, desde ese inicial Andante majestuoso y sombrío que envuelve la obra. Una obra que, desde sus primeras audiciones, demostró que exigía interpretaciones creadoras y sólidas y no vulgares que la destrozan en su esencia y espíritu. Por eso hay que alabar el esfuerzo, la fogosidad y la dinámica que exigen estas páginas y que convenció plenamente al público que aplaudió generosamente la lección de entrega de unos músicos espléndidos y de un director capaz de hacer revivir momentos y elocuencias tan dispares y difíciles como el universo genial y oculto para muchos, de Debussy, y el arrebato dramático del Chaikovski sinfónico que a tanta distancia está del Chaikovski convencional de sus ballets, aunque en ellos luchara por rebasar las dimensiones menores que existía por la tiranía propia del espectáculo de danza.

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